Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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25 de Agosto de 2026 11:06
Dominic Díaz Herrera tiene nueve años y un horario que pocos adultos estarían dispuestos a mantener. De lunes a viernes estudia en un colegio de Guaymaral, pero sus sábados y domingos no son para descansar, sino para entrenar ocho horas diarias en su moto. Desde los cinco años, este pequeño piloto de la academia Ospina Racing busca el equilibrio entre su educación y las pistas de motocross, enfrentando el reto de querer ser profesional en un país donde el sistema educativo no siempre facilita el camino a los jóvenes deportistas.
Mientras la mayoría de los niños de nueve años esperan el sábado para dormir hasta tarde, jugar videojuegos o salir al parque en familia, Dominic ya se está preparando para iniciar su entrenamiento. A las 7:00 a. m., En Ospina Racing, empieza su verdadera jornada con una rutina que le exige disciplina, constancia y dedicación.
Dominic no es un niño común, es una promesa del motocross enduro que, a su corta edad, ya entiende que los grandes sueños exigen grandes sacrificios. Desde los cinco años sigue los pasos de su padre, y ya con cuatro años de experiencia este pequeño deportista ha convertido la pista y la velocidad en su salón de clases más exigente.
¿Un niño puede conducir una moto, pero no un carro?
Es una duda común, pero la respuesta es sencilla: sí, aunque bajo condiciones totalmente distintas. Mientras que la legislación colombiana exige tener al menos 16 años para obtener una licencia de conducción de vehículos y circular en vías públicas, el motocross es una disciplina deportiva regulada por la Federación colombiana de Motociclismo (FEDEMOTO).
En este deporte existen categorías infantiles legales que permiten a pilotos como Dominic competir desde los cuatro o cinco años en escenarios deportivos controlados y bajo reglamentos específicos. Para ello, se utilizan motocicletas con cilindradas adecuadas para su edad, como las de 50 cc o 65 cc.
El motocross es una exigente disciplina del motociclismo que se desarrolla en circuitos de tierra con terrenos accidentados y rutas claramente marcadas. A diferencia de conducir por la calle, este deporte pone a prueba la velocidad y la habilidad del piloto para maniobrar ante saltos, curvas cerradas y colinas en pistas que suelen medir entre 1.5 y 5 kilómetros.
Es una actividad que demanda una gran resistencia física, ya que las motos están diseñadas para ser conducidas mayormente de pie, lo que exige un esfuerzo constante de los músculos de la espalda y los brazos para recibir los impactos del terreno.
El equilibrio entre el tablero y el manubrio
La vida de Dominic es un ejercicio constante de equilibrio: de lunes a viernes su mundo transcurre en un colegio por el sector de Guaymaral, enfrentando tareas y exámenes. “Trato de hacer primero las tareas para después poder entrenar tranquilo”, comenta Dominic, quien reconoce que la organización es clave para no fallar en ninguna de sus dos facetas. Sin embargo, el sistema educativo tradicional en Colombia suele ser un obstáculo para talentos como el suyo. Aunque sus profesores lo felicitan por sus logros, el colegio no le permite la flexibilidad necesaria para entrenar todos los días. Esto lo obliga a concentrar toda su preparación los sábados y domingos, dedicando ocho horas diarias (de 7:00 a.m. a 3:00 p.m.) a perfeccionar sus saltos y velocidad.
Sacrificios que forman carácter
Practicar un deporte de alto impacto o cualquier otra disciplina implica hacer sacrificios y, para Dominic, eso también significa aprender a decir “no” a algunas invitaciones de amigos y familiares para cumplir con sus entrenamientos y competencias. “A veces me pongo triste, pero me gusta mucho entrenar”, confiesa. A las exigencias del deporte se suman las caídas, que él ha aprendido a convertir en lecciones: “Uno aprende de las caídas; me levanto y sigo”. Este nivel de compromiso le ha enseñado valores que van más allá de la pista. El motocross le ha dado responsabilidad, disciplina y la capacidad de no rendirse cuando algo no sale a la primera, aprendizajes que también lleva consigo en su vida escolar.
El vacío en el apoyo institucional
El caso de Dominic pone sobre la mesa una realidad compleja en la educación colombiana. Aunque la Ley 181 de 1995 (Ley del Deporte) y el Decreto 1075 de 2015 mencionan la importancia de la formación integral, en la práctica, muchos estudiantes y deportistas no cuentan con modelos de “educación flexible” que les permitan alternar la academia con el alto rendimiento. En Colombia, los deportistas suelen depender de la voluntad individual de cada institución educativa o deben migrar hacia modelos de educación virtual o validación para poder profesionalizarse, un camino que Dominic ya está construyendo, soñando llegar a grandes ligas como piloto profesional.
Un sueño familiar
Detrás de su casco y sus guantes está el apoyo incondicional de sus padres, quienes reconocen que el motocross representa un desafío tanto para Dominic como para ellos. Las caídas, los percances y las exigencias de este deporte no siempre han sido fáciles, pero también han encontrado en ellos una oportunidad para acompañarlo y verlo crecer. “Son desafíos muy bonitos”, consideran sus padres.
A pesar de las dificultades, Dominic encuentra en la pista aquello que más disfruta. Los saltos y las curvas son sus momentos favoritos, incluso cuando representan un reto: donde más le cuesta, también está lo que más le apasiona. Recuerda con emoción su primera experiencia: “Amanecí con las patas vueltas, nada, me caí dos veces y el corazón me latió mucho que no sentí nada”.
Empezar a los cinco años no es una excepción en el motocross infantil. En Colombia, las categorías oficiales de FEDEMOTO contemplan pilotos desde los cuatro años en 50 cc y, entre los ocho y diez años, la categoría 65 cc. A nivel internacional, la Federación Internacional de Motociclismo (FIM) también cuenta con categorías junior para acompañar la formación de jóvenes pilotos desde edades tempranas.
Para Dominic, la meta no está únicamente en competir. Cada entrenamiento, caída y fin de semana en la pista hacen parte de un proceso que combina aprendizaje, disciplina y pasión. Mientras aprende a controlar una moto, también aprende a organizar su tiempo y asumir responsabilidades. Por ahora, sus grandes pistas siguen siendo el motocross y el colegio. Entre ambas construye desde los nueve años, un sueño que todavía tiene muchos kilómetros por recorrer. Y aunque el camino hacia ser un piloto profesional apenas comienza, Dominic ya sabe algo esencial: para llegar a la meta, primero hay que aprender a no rendirse.
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