Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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30 de Septiembre de 2026 16:00
Durante 20 meses, Raimundo Malagón habló con guacamayas: Todas las tardes, aproximadamente a las 5 pm un grupo de esas aves llegaba hasta el árbol donde permanecía amarrado por las manos y el cuello; él les hablaba como si pudieran responder. “Hay cosas que ayudan al ser humano a mantener la resiliencia; así aprendí a encontrarme conmigo mismo, a pensar en el pasado, en el presente, en el futuro, a trazarme metas”.
Estar inmovilizado en el tronco de un árbol era el castigo por haberse fugado una vez: 20 meses aislado, contando los baños de miércoles y sábado para no perder la noción del tiempo. “De pronto Dios existe”, pensaba Malagón en esos momentos. Diez años después, esa misma fe lo sacaría vivo de la selva.
Hoy, cuando camina por Bogotá o por los pueblos de Boyacá, la gente lo reconoce y lo saluda igual: "¡Hola, mi coronel!"
Pero el hombre que responde ya no lleva uniforme, y surge la pregunta: ¿quién es Raimundo Malagón cuando se lo quita?
Nació en 1972 en un municipio del occidente de Boyacá, a unas cuatro horas al norte de la capital, llamado Santa Sofía, pero se crió en Moniquirá junto con diez hermanos siendo el noveno de ellos. Su padre, finquero y cafetero de Moniquirá sacó adelante a la familia entre la tierra y una cigarrería que después montaron en Bogotá. Quería que su hijo fuera sacerdote, pero que fuera militar, jamás se lo habría imaginado.
La vocación no siempre se hereda, a veces se enciende de un momento a otro. Malagón prestó servicio militar en Bogotá en 1991 y, aunque decidió tomarse un año sabático, hizo el primer semestre de una carrera técnica en la Corporación Unificada Nacional de Educación Superior (CUN). “Me iba muy bien, era el número uno en contabilidad, pero no me adapté”.
Un buen día, por azares del destino, Malagón vio una propaganda en la televisión. Decía “Incorpórate al Ejército Nacional”, con gente saltando en paracaídas; esto terminó de convencerlo de que el ejército era lo suyo, le gustó, y las ganas de servir a la institución y a la patria lo llenaron de valor. Inició sus exámenes e ingresó en 1994 para comenzar su trayectoria.
El ambiente en el municipio del Líbano, en el norte del Tolima, ya olía a pólvora. Los primeros roces contra el frente “Bolcheviques” de la guerrilla Ejército de Liberación Nacional (ELN) se escuchaban como un constante eco de las ráfagas de bala. La tensión estaba en el ambiente y la compartía Malagón junto a un sargento en la base en la que se refugiaban. La guerrilla les había arrebatado unos fusiles, y junto al sargento montaron una operación para recuperarlos y salir sanos y salvos entre los hostigamientos y la violencia.
En el mundo militar las cartas se mueven rápido y por esas jugadas del destino a las que en el ejército llaman “el cajón” (una reasignación de su puesto, casi siempre sin mayor explicación), Malagón terminó siendo apartado del puesto que alguien más quería para ser trasladado al Meta. Allí, bajo el calor denso de los llanos llegaría, su primer combate real.
Se encontraba con el soldado Rodríguez, su radio operador. Eran apenas las 5 de la mañana, pero en lugar de escuchar el amanecer y los pájaros, se escuchó a lo lejos la primera explosión.
Esa fue la alerta, debían iniciarse los combates por toda el área. Habían sido atacados con cilindros bomba.
Rápidamente salió de su “cambuche” y corrió con su chaleco a dirigir la tropa; allí empezó todo. Fue atrapado en la esquina de una zanja, con el soldado Rodríguez; se lanzó al suelo con su fusil y con la otra mano soltó una granada, ahí finalmente, fueron secuestrados en una completa indefensión, les amarraron las manos y los llevaron por un infame camino entre la selva.
La comida era casi siempre arroz con pasta, sin fruta ni legumbre, a veces con insectos flotando en el agua que hacía de sopa. Se enfermó de paludismo, que lo tiró al piso con fiebre y escalofríos, y más tarde de leishmaniasis, una infección que le dejó una pequeña marca visible en el rostro y que a otros compañeros les destruyó la piel “como un cáncer que come por dentro”. Un capitán, recuerda, murió de tuberculosis porque nunca le llevaron un médico.
Al mes de estar secuestrado, Malagón se fugó por primera vez: desató un nudo mientras el guerrillero de guardia cabeceaba de sueño. El militar corrió en zigzag, mientras su secuestrador gritaba: “¡Se voló el teniente!”. Lo capturaron dos días después, y el castigo fueron los anteriormente mencionados veinte meses de aislamiento atado a un árbol. Años más tarde lo intentó de nuevo con un compañero de cautiverio y una brújula improvisada con un imán casero hecho con piezas de un radio, icopor y una aguja. La fuga se frustró cuando su compañero tropezó con unas tablas en la oscuridad y el ruido los delató.
El 2 de julio de 2008, la Operación Jaque lo liberó en unos pocos minutos de sorpresa. Tras el grito de libertad en el helicóptero, la llegada a tierra fue un choque con una realidad acelerada. El primer contacto tras el descenso fue con su sobrina Daisy y su hermano Omar, en medio del desfile de una familia que terminó ocupando un piso entero del Hotel Colón en Bogotá.
Quien mejor puede hablar de él antes y después de la selva es su hermano mayor, Omar, tercero de diez hermanos; fue Omar quien le compró el equipo y lo matriculó en la escuela militar, una decisión de la que llegó a sentirse culpable durante los diez años de cautiverio. Con la familia organizaron marchas en Chiquinquirá, Tunja y Bogotá, y en una ocasión, junto con cerca de veinte familiares de otros secuestrados, se tomaron por una noche la Casa de Nariño; los atendió el entonces Alto Comisionado para la Paz, pero no hubo resultados. También viajaron hasta las montañas del Caquetá en busca de un diálogo directo con la guerrilla, que solo repetía una respuesta; pedir el canje al gobierno.
Cada mañana, a las cinco, Omar sintonizaba el programa radial Voces del Secuestro con la esperanza de enviar o recibir una señal de vida, en diez años, solo llegaron dos. En las reuniones familiares dejaban, siempre, una silla vacía en la mesa.
El día de la Operación Jaque, Omar estaba en un restaurante de Bogotá cuando saltó la noticia y supo antes de que se confirmara, que su hermano estaría entre los liberados. Cuando por fin lo abrazó, casi no lo reconoció, solo el bigote seguía siendo el mismo. Fue también Omar quien tuvo que darle la noticia más dura del regreso, la de la muerte de su madre, consumida, según él, por la angustia del secuestro. Hoy lo describe como una persona positiva, que no quiere quedarse atrás y busca sobresalir cada día.
La libertad no borró fácilmente las cicatrices de aquellas épocas del encierro.
Hoy, retirado del Ejército, Malagón construye su marca personal, @soymalagoncol, un espacio desde el que ha encontrado otra forma de seguir sirviendo: recorrer colegios, empresas y auditorios del país como conferencista, contando su historia de resiliencia y liderazgo. Esa misma vocación de servicio lo empuja ahora hacia la política de Boyacá, aunque aún no ha precisado en qué cargo o colectividad buscará representar a su departamento.
Después de la liberación viajó por el mundo (entre esos viajes, uno a Francia que según su hermano Omar, le ayudó a asimilar lo vivido y a reconstruirse), y hoy disfruta de su libertad casado y con dos hijos. Convive, sin embargo, con los ecos de su pasado en la dinámica familiar. Entre partidos de golf, natación, charlas y libros, el coronel retirado busca mantenerse activo, consciente de que la prueba más dura no fue sobrevivir a la violencia, sino aprender a quitarse la coraza del uniforme para volver a habitar la vida, perdonar y seguir adelante.
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