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7 de Octubre de 2026 11:00
El 9 de marzo de 2022, el Cañón del Micay, en El Plateado, Cauca. Tras tres días de combates contra la “Jaime Martinez” un grupo de disidencias de las FARC, un grupo de soldados, entre ellos el capitán Daniel Hernández Martínez realizaban una infiltración táctica. Hernández, un oficial del arma de infantería de 34 años con 16 años de servicio, marchaba en un área sembrada con cultivos ilícitos y artefactos explosivos, “machucando barro”. Como lo llama el capitán.
Al entrar al campamento, el suelo estalló.
Sonaron tres detonaciones consecutivas; la última alcanzó a Hernández, que se encontraba junto al puntero y al radio operador. El artefacto era un “tatuco”, un cilindro de gas utilizado como arma de ataque artesanal y cargado con explosivos, pólvora y metralla. La explosión le causó la pérdida de la pierna izquierda y lesiones en la otra. También hirió a sus compañeros: el puntero perdió una pierna y un ojo, mientras que los demás resultaron afectados.
Tendido entre el humo, Hernández creyó que le quedaban pocos minutos de vida. Mientras el tiempo avanzaba rápidamente, pensó en su madre, su esposa y su infancia en Mariquita, Tolima. En aquellos minutos, sus pensamientos no se quedaron en el miedo: se fueron hacia las personas que amaba, hacia los recuerdos de su casa y hacía todo lo que todavía quería vivir.
—Lo que vivimos los soldados víctimas del conflicto es un atentado terrorista, no un accidente —recalca hoy Hernández.
Lo que siguió fue un combate en el hospital. Hernández pasó nueve meses en silla de ruedas, enfrentó dificultades para dormir y tuvo que acostumbrarse a las limitaciones que dejó la lesión. Su recuperación no fue únicamente física: también atravesó una crisis emocional que le hizo sentir que la carrera que tanto amaba había quedado atrás. Su traslado al Batallón de Sanidad (BASAN), en Bogotá, le devolvió el propósito. Allí vio a otros soldados con lesiones graves que, aun así, sonreían y buscaban continuar.
Esa imagen le cambió la perspectiva. Si ellos podían seguir adelante, él también podía encontrar una nueva manera de servir.
El mayor Aldemar Cataño Gómez, segundo comandante del BASAN, lo confirma:
—El daño puede ser físico, pero es mayor el daño psicológico.
El batallón, que en los años más duros del conflicto llegó a atender a más de 1.000 pacientes y hoy alberga hasta 600, ofrece rehabilitación física y psicológica, controles médicos, prótesis y acompañamiento. En un país donde el conflicto ha causado 262.197 muertes, entre ellas 49.265 combatientes, el BASAN representa un espacio para reconstruir la vida de quienes regresan de la guerra con lesiones que no siempre son visibles.
Después de trabajar en la oficina de atención al ciudadano y transparencia, donde respondía peticiones, quejas y reclamos, Hernández pasó a la Compañía de Ortopedia, Prótesis y Amputados. Allí encontró una nueva forma de liderazgo: agilizar juntas médicas, citas y procesos de prótesis, pero también acompañar a quienes llegaban con miedo y dudas sobre su futuro.
Hernández es un hombre de tez morena, contextura robusta y hombros anchos. Lleva el cabello negro al ras y tiene ojos oscuros, expresivos. Su presencia impone, pero su sonrisa y su manera de hablar hacen que los soldados se acerquen a él con confianza.
José David Martínez Rico, de 29 años, llegó al BASAN después de perder una pierna y sufrir lesiones en la otra por una mina antipersona en Cañasgordas, Antioquia. Al encontrarse con Hernández, escuchó un saludo inesperado:
—¿Qué más, mocho?
—¿Cómo así? ¿Es que no me respeta? —reaccionó Martínez Rico.
—Si quiere, me encuero aquí mismo para mostrarle que yo también estoy mocho, respondió Hernández, entre risas.
El comentario rompió la tensión. Martínez Rico descubrió que Hernández no hablaba desde la distancia de un comandante, sino desde la experiencia de alguien que también había tenido que aprender a vivir con una prótesis.
Para Hernández, el humor no significa ignorar el dolor. Es una manera de recuperar la confianza, de permitir que los soldados vuelvan a sentirse parte de un grupo y de recordarles que su identidad no terminó con la lesión. Por eso organiza salidas al cine y actividades para cambiar la rutina. En una ocasión, durante una salida para ver Spider-Man, pagó la entrada y las palomitas de un soldado que no tenía dinero.
Juan Carlos Vargas Gutiérrez, otro soldado atendido en el BASAN, describe a Hernández como una persona alegre y empática.
—Por mí, que pusieran a un “mocho” de comandante del BASAN —dice Vargas—, pues solo ellos comprenden que es pasar por una amputación.
Ese carácter se formó en Mariquita. Sus padres le enseñaron que nada en la vida es gratis y que todo requiere sacrificio y responsabilidad. Esas lecciones, que antes aplicaba a las operaciones militares, ahora las utiliza para enfrentar su recuperación y acompañar a sus soldados. Cada mañana, a las 4:50am, Hernández se ajusta la prótesis y baja a formar con su compañía. La rutina del Ejército continúa, aunque algunas tareas le exigen más tiempo y esfuerzo. Ya no puede trotar como antes, pero mantiene el compromiso con sus responsabilidades y con los hombres que esperan de él una palabra de orientación.
—Las limitaciones están en la mente —les dice.
Aproximadamente un año y medio después del atentado nació su hija. Su llegada le dio una nueva dimensión a la vida familiar y reforzó su deseo de seguir adelante. Hoy, sus compañeros lo llaman “Mochuelo feliz” o “Mi luz”. Él, que alguna vez creyó que su carrera había terminado, encontró en el BASAN otra manera de ejercerla.
Su sueño es continuar liderando y, si la oportunidad aparece, llegar a comandar el Batallón de Sanidad. Mientras tanto, camina sobre una prótesis y acompaña a otros soldados en el proceso de recuperar su autonomía. Su victoria ya no se mide por el terreno conquistado, sino por la capacidad de ayudar a que otros vuelvan a creer en su propia vida.
—Somos mochos, somos muchos, somos hemochos.
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