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6 de Octubre de 2026 16:30
Antes de entrar a una operación, Barón reunía a su tripulación. A quienes quisieran, les proponía hacer una oración. Después les recordaba una regla: "A partir de ahora no tienen mamá, papá, ni hijos, ni esposa. Nada. Solo importa la misión".
Él mismo se describe como un piloto atrevido. Si había diez helicópteros entrando a una operación, él quería ser el primero. No aceptaba fácilmente que alguien llegara antes que él. Su hijo Alejandro recuerda las historias de un hombre que se metía completamente en lo que estaba haciendo.
— Para mí no existía nada si no eso - Barón
A sus 66 años, sentado en el estudio de su casa, Barón todavía acompaña sus historias con las manos. Es de estatura media, musculoso y calvo. Sus manos grandes se mueven mientras describe sus vivencias con helicópteros. Cuando habla de la Fuerza Aérea, se le iluminan los ojos; cuando recuerda una muerte, la expresión cambia.
La noche del 8 de diciembre de 1990 estaba en el comedor del Batallón Vargas, en Granada, Meta. Había llegado desde Ocaña, Norte de Santander, para cumplir otra misión. Allí se encontró con el mayor Díaz, un militar con quien había coincidido en numerosos combates.
—¿Y usted qué hace aquí?
Barón le contó que tenía otra misión.
—¿Y usted no sabe lo que hay mañana?
—La verdad no.
—Prepárese, porque mañana tenemos algo muy importante que hacer.
Al día siguiente, Barón alistó su Bell 212 del escuadrón Rapaz, un helicóptero adaptado como aeronave artillada. Encendió el radio y recibió la orden que no conocía: sería el líder de los helicópteros artillados de la Operación Colombia.
Participarían 28 helicópteros. El destino era Casa Verde, en La Uribe, Meta, un lugar que durante años había sido asociado con los diálogos entre el Gobierno y las FARC, pero que terminó convertido en un importante centro de concentración y formación de esa guerrilla. Allí estaban reunidos varios de sus principales cabecillas.
Para Barón, el objetivo era concreto. Neutralizarlos, capturarlos o darlos de baja.
— Que se acabara la guerra. - dice
Esa forma de pensar no apareció de un día para otro. Barón entró a la Fuerza Aérea en 1980 con la idea de convertirse en piloto de combate. Barón creció en Fontibón, cerca del aeropuerto El Dorado, en Bogotá. Cuando peleaba con sus papás, agarraba su bicicleta y se sentaba junto a la pista. Le fascinaban los aviones, el olor de la gasolina y el ruido de los motores. Todavía no sabía exactamente cómo llegar hasta allí, pero sabía que quería volar.
Vinieron Arauca, el Valle, Urabá, Córdoba y Ocaña, todas zonas de conflicto armado en Colombia. En Urabá, la guerra dejó de ser una noticia. Barón veía muertos, heridos y masacres; después regresaba a Bogotá y encontraba jóvenes que seguían saliendo, tomando y viviendo como si la guerra ocurriera en otro mundo. "Yo vivo en dos mundos", le decía a su madre Alicia.
La Operación Colombia comenzó el 9 de diciembre de 1990, durante el primer año de gobierno de César Gaviria. Ese mismo día, mientras los colombianos votaban para elegir la Asamblea Nacional Constituyente, las Fuerzas Militares atacaron Casa Verde, el principal centro de mando de las FARC. Hubo combates y pérdidas. Un helicóptero que volaba detrás del suyo fue derribado y allí murió uno de sus mejores amigos, el teniente Julio Sanabria. Mientras recuerda el momento, se escucha cómo a Barón se le quiebra la voz.
Aun así, siguieron.
Durante días persiguieron a las tropas de las FARC. Cuando creían estar cerca de los cabecillas, llegó una orden inesperada: suspender las operaciones militares durante varios días debido a una decisión del Gobierno relacionada con nuevos diálogos de negociación.
Los cabecillas escaparon.
Barón se soba las piernas mientras recuerda aquel momento. Su voz pierde la emoción con la que había contado el comienzo de la operación.
— ¿Qué se siente? Decepción. - Barón
Para él, los militares habían cumplido con la misión recibida, pero una decisión tomada fuera del campo de batalla modificó el desenlace.
"Nosotros, como militares, cumplimos las órdenes que se nos dan", dice.
Pero el hombre que en el aire exigía a sus tripulaciones dejar a sus familias en tierra era distinto cuando regresaba a casa. Patricia Isaza, su esposa, recuerda que podía verlo jugando con los niños en las bases militares de Melgar, jalando carritos o montando caballitos de madera.
— Es un excelente papá. - dice ella.
Alejandro Barón, su hijo menor, con 24 años, también recuerda esa diferencia. En casa, Barón era el que consentía; su mamá era quien ponía las reglas.
Barón no suele hablar de lo que siente. Cuando algo le afecta, Alejandro sabe reconocerlo porque su papá se aparta, se sienta solo, fuma un tabaco y se queda "mirando al infinito".
Según Patricia, "el lado por el que lo quiebran es su familia".
Su mamá, Alicia Casas de Barón, conocía bien esa vulnerabilidad. Durante años le pidió que se retirara de la Fuerza Aérea. Como no existían celulares y la comunicación desde las zonas de operación era difícil, seguía las noticias para saber qué ocurría con su hijo.
— Yo no quiero que me vayan a entregar una bandera con el cajón de mi hijo. - le decía su mamá.
La frase escondía un miedo que Alicia cargó durante años. Barón nunca le contaba los riesgos de las operaciones; prefería decirle que estaba bien. Él, en cambio, sentía que abandonar la Fuerza Aérea significaba renunciar a aquello que había elegido como vocación.
Cuando Alicia enfermó de cáncer terminal, la Fuerza Aérea trasladó a Ignacio para que pudiera acompañarla. Una mañana, mientras la cuidaba, ella despertó y le dijo:
—Mi hijo, yo me voy a morir.
—¿Pero por qué, mamá?
—Porque tú sigues en la Fuerza Aérea. Te vas a quedar solo. No tienes novia, no tienes amigos. Tú te la pasas en tu trabajo.
Barón intentó tranquilizarla. Le habló de su carrera, de sus reconocimientos y de lo feliz que era haciendo lo que hacía. Pero Alicia insistió:
—Y cuando la Fuerza Aérea te dé una patada y te saque, vas a quedar solo.
Entonces él le hizo una promesa.
—Mamá, para tu tranquilidad, te lo juro: que si tú te mueres, yo me caso.
Alicia murió. Barón cumplió su promesa y se casó después de su muerte con Patricia.
A unos pasos del estudio donde hoy cuenta estas historias está el cuarto que Barón llama "el cuarto de los recuerdos". Allí guarda medallas, reconocimientos, estructuras de helicópteros y objetos de casi cuatro décadas de servicio.
Barón llegó a ser segundo comandante de la Fuerza Aérea. Lleva años retirado, pero Patricia dice que todavía no ha terminado de hacer el duelo por la Institución. Él mismo lo confirma a su manera: cuando se le pregunta si haría algo diferente, responde que no.
— Si pudiera volver a nacer, volvería a estar en la Fuerza Aérea. – Barón
La Operación Colombia pudo cambiar su manera de entender los límites de una misión, pero no cambió su convicción de haber elegido el camino correcto. Barón pasó su vida aprendiendo a controlar una máquina en el aire, a entrar primero y a cumplir. Sin embargo, aquella operación le mostró que incluso para un hombre acostumbrado a tomar decisiones en segundos, hay cosas que quedan fuera de sus manos.
Un piloto puede controlar su vuelo, pero no siempre puede controlar dónde se decide una guerra.
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