Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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5 de Noviembre de 2026 09:20
Patricia Ariza, a los 80 años, cabello teñido de rojo, ojos grandes y verdes, arrugas que marcan todos los momentos donde su lucha y su arte han estado presentes en su vida y en la historia de Colombia, habla de cómo toda su trayectoria ha peleado por la justicia, por las mujeres y por el arte. Ahora camina lento, mientras mira el suelo del teatro, con baldosas quebradas y piedras con nacimientos de flores, con las manos en los bolsillos de una chaqueta más grande que ella. Parece una mujer a la que, al cargar un piano, le duele la espalda.
“Soy medio bruja porque soy solidaria con todas las mujeres que no eran brujas, sino que eran sabias, y por eso las quemaron en la hoguera. Fueron miles y miles y miles” – dice Patricia con mirada perdida – Entonces, con el espíritu de ellas digo: "Soy sabia también, y bruja".
Hoy, mientras Colombia tiene un nuevo gobierno de derecha, ella misma se declara en oposición y vuelve a hacer lo único que ha sabido hacer toda su vida: resistir.
Nació en 1945 en Vélez, zona sur del departamento de Santander. Sin embargo, desde sus tres años vivió en la capital colombiana: Bogotá. Su llegada al mundo coincidió con el nacimiento de otra de las tantas guerras de Colombia: la época de La Violencia, ese conflicto bipartidista entre liberales y conservadores que transformaría al país.
Patricia dice que la muerte de Gaitán, un líder político liberal colombiano, asesinado en 1948, cuyo crimen desató el Bogotazo, fue una tragedia familiar. Su padre, un “pueblerino ilustrado”, y seguidor del líder liberal, se enfureció con ella el día en que, siendo niña, su hermano mayor le mostró un disco de pasta con la voz grabada de Gaitán y ella salió corriendo, asustada por un tono de voz que sintió "muy patriarcal".
En esa misma casa, su padre le enseñó a leer, a sumar y a escribir. Cuando ingresó al jardín infantil a sus nueve años, el choque con la disciplina fue tan conflictivo que sus tres hermanos mayores tuvieron que intervenir para sacarla y meterla a un colegio privado. Completó su bachillerato en el colegio Eduardo Santos de Bogotá. A sus 15 años se fue de casa, y justo en esa época su hermano mayor, Albano Ariza Flórez, quien años más tarde se convertiría en uno de los deportistas más grandes del atletismo colombiano, empezó a incursionar en el nadaísmo, un movimiento literario y contracultural de vanguardia fundado en Colombia en 1958 por Gonzalo Arango, el cual se caracterizó por su rebelión contra la literatura académica, la moral burguesa, los dogmas religiosos y la política tradicional del país.
Su juventud cambió por completo en Medellín. Su hermano estaba muy metido en el nadaísmo, y eso despertó su curiosidad. Un día llamó por teléfono a Gonzalo Arango, el fundador del movimiento, y le dijo una frase muy atrevida: “señor Gonzalo, estoy templada [enamorada] de usted”. Desde ese momento se convirtió en “una nadaista cien por ciento”.
A mediados de la década de 1960, tras su paso por la 'insurgencia poética' del nadaísmo, Patricia regresó a Bogotá e ingresó a la Universidad Nacional de Colombia para estudiar Historia del Arte. Fue en esas aulas de cemento donde su vida se cruzó con Santiago García, su profesor y futuro compañero de vida. Ese encuentro no solo dio paso a una historia de amor de la cual nacería su hija Catalina García, sino a una revolución teatral en una época donde el conservadurismo dominaba el país.
Santiago fue quien la convenció de fundar juntos el Teatro La Candelaria en el centro de Bogotá, con una meta específica: ofrecer un espacio seguro para las personas que hacen arte, un espacio que, ahora, al entrar a la mezcla de humedad y café, y pintura agrietada por el pasar de los años, se siente así. A finales de los años sesenta, Patricia abandonó la Universidad y se dedicó a crear obras teatrales para visibilizar la violencia en Colombia.
Patricia, fundadora del Teatro La Candelaria, de la Corporación Colombiana de Teatro y del Festival de Mujeres en Escena por la Paz, “es una de las lideresas culturales y artísticas más importantes de Colombia, con un reconocimiento muy grande no solamente en nuestro país, sino en América Latina y en el mundo”, según Carlos Satizábal, compañero de Patricia y profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
En 1979, bajo la presidencia de Julio César Turbay y su Estatuto de seguridad, los informes de inteligencia militar calificaban al teatro como una de las artes más peligrosas y propensas a la represión por su capacidad de comunicarse directamente con el pueblo real. Patricia, quien también fue militante y encargada de la cultura de la Unión Patriótica (UP), fue puesta en la mira de la guerra sucia.
Rafael Giraldo, compañero de militancia de la UP, comenta que él vivió en una casa compartida con Patricia en el Chorro de Quevedo, en la época en que la persecución era más dura. El 22 de marzo de 1990, día que asesinaron a Bernardo Jaramillo, candidato a la presidencia por la UP, Patricia estaba completamente enyesada por una fractura de tobillo. “Se estaba duchando y escuchó en la radio la noticia. Salió del baño empapada, en levantadora, y como loca nos gritó: "¡Nos vamos!". Pero fue impresionante cómo ella se transformó: la angustia, la rabia, la tristeza por la muerte de Bernardo Jaramillo. Todos eran compañeros”.
Todos los días recibían amenazas y asistían a velorios.
El terror del genocidio impactó en su vida cuando las amenazas de muerte recayeron sobre su hija de 14 años, Catalina García. “Yo respondo, yo soy de izquierda, soy activista. Entonces yo respondo por lo que hago y entiendo, pero no lo acepto; entiendo que me persigan a mí por lo que hago”, confiesa Patricia. “En tres días, la saqué del país”.
Toda esa tristeza, por la muerte de sus amigos y la separación con su hija, la llevaron a sumirse en una gran depresión.
Un día de 1993 llegó un grupo de habitantes de calle; Patricia, asustada, y llena de prejuicios que la sociedad le inculcó desde pequeña, creyó que la iban a robar. Pero ellos solo querían hacer teatro. Con una sonrisa de tranquilidad, y aún con culpa de pensar mal de ellos, les preguntó que cuándo empezaban; los jóvenes de la calle la sacaron de la depresión.
“Nosotros logramos trabajar de manera incesante con ellos y con los medios de comunicación para abolir la palabra desechable. Porque la palabra desechable es una condena a muerte en el lenguaje”, declara Patricia.
El Parche fue la obra que presentaron los muchachos; Patricia comenta que hoy muchos ya han muerto. Otros siguen siendo muy amigos: “Me protegían… porque yo no los excluía”.
A partir de ese momento, el arte de Patricia se convirtió en un refugio para los excluidos. “Ellos son nosotros. Yo soy ellos también”, comenta. Ha dirigido proyectos con los jóvenes que sufrieron trauma ocular por parte del ESMAD durante el estallido social de 2021; con quienes fundó el grupo Morfosis y la obra Cuerpos en Resistencia. Y con las Madres de Soacha, víctimas de las ejecuciones extrajudiciales conocidas como "falsos positivos".
Judy Moreno, actriz de La Candelaria, recuerda verla pararse frente a las multitudes en época de elecciones para cantar sus posturas políticas: “Se paraba sin ningún miedo, o bueno, por lo menos miedo no se le veía, y muy firme frente a su palabra y a sus pensamientos. Yo decía: ‘¿A uno no le daría miedo?’”
En agosto de 2022, Patricia asume la nueva cartera del Ministerio de Cultura bajo la presidencia de Gustavo Petro, quien lideró el primer gobierno progresista y de izquierda en la historia de Colombia. Un proyecto guiado por lo que ella llama “una ética del corazón”. Su primera acción fue cambiar el nombre de la institución a Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, “mi casa”, le llamaba ella. Fue un reconocimiento a la diversidad de los pueblos afros, indígenas, campesinos y mestizos de las regiones colombianas.
Después de seis meses y 20 días en el Ministerio de Cultura, el expresidente Gustavo Petro decidió anunciar la salida de la ministra a causa de la primera gran crisis del gabinete. Patricia explicó, en una emisión de W Radio, que “me llamaron como dos o tres minutos antes de que el Presidente hiciera la locución presidencial”. Patricia ya lo sospechaba, había un gran distanciamiento entre ella y el viceministro Jorge Ignacio Zorro, quien estaba estrechamente protegido por el Presidente.
“La directora del gabinete (Laura Sarabia) me dijo que el Presidente quería mi renuncia y yo le respondí: "con mucho gusto, cuando él quiera". Luego escuché la alocución”. A pesar de su salida tan abrupta del gobierno, Patricia siguió apoyando el proyecto político. “Yo nunca estuve de acuerdo con la manera como eso sucedió, pero a pesar de todo seguí siendo leal al proyecto porque me pareció que eso no podía ser una causa para que yo me retirara", afirma.
Pero hoy, a sus 80 años, tras el triunfo del derechista Abelardo De la Espriella en las elecciones presidenciales de 2026, Patricia sigue siendo un símbolo de resistencia en una nueva era que, según Carlos Satizábal, representa una "guerra contra las culturas, contra los saberes y contra la libertad". El gobierno promete que "nadie será perseguido por pensar distinto", pero al mismo tiempo se declara "el peor enemigo del comunismo". Para Patricia, el discurso de mano dura militar de De la Espriella y lo que ella percibe como actitudes machistas frecuentes en él, le restan honestidad. Según ella, detrás de ese discurso hay pensamientos autoritarios e incluso fascistas.
Frente a este "retroceso", el sector cultural se enfrenta al miedo y la autocensura. Pero a sus 80 años, Patricia Ariza se niega a jubilarse o a guardar silencio.
“Hace años pensé que, si volviera a vivir una persecución, tal vez mi sistema nervioso no resistiría y me iría del país”, confiesa Patricia. Pues esa situación se está viviendo en este momento, tal vez no como antes, pero Patricia admite que ha empezado a recibir insultos por las redes. “Y no me voy a ir del país, me voy a quedar aquí, resistiendo, luchando, resistiendo con la gente… tuve miedo, pero el miedo no es rendición, ni tener miedo, ni llorar, es una rendición. La fragilidad es parte de la fuerza también”.
Su legado y su resistencia hoy son una luz al final del túnel para las nuevas generaciones de artistas que tienen miedo a expresarse. “Dentro de esa oposición están el arte y está el teatro, porque el arte siempre es humanista, es defensor de la vida humana en la tierra”, comenta Patricia Ariza.
“Si este país tuviera un millón de Patricias, este país hoy sería otro; sería un país avanzado, fuerte en la construcción de una sociedad nueva”, atina a concluir Carlos Satizábal.
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