Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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29 de Septiembre de 2026 13:31
Lionel Messi se despidió de la Selección poco después de despedir a su padre: el hombre que lo arriesgó todo por su sueño y forjó la leyenda que regaló veinte años de gloria a todo un país.
Lionel Messi anunció que se retira de la Selección Argentina. Pero la escena que de verdad explica esa decisión no ocurrió ese día, ni en la carta manuscrita que subió a su cuenta de Instagram. Ocurrió meses antes, en el debut de la Albiceleste en el Mundial 2026, cuando anotó su primer gol del torneo y, en lugar de apuntar con los brazos al cielo como de costumbre, se quebró en un llanto que nada tenía que ver con el fútbol.
Dijo, escuetamente, que atravesaba días difíciles ajenos a lo deportivo. El mundo no lo sabía con certeza todavía, pero ya se acercaba el fin de una historia que terminaría de escribirse en dos actos: primero el 8 de agosto, con la muerte de Jorge Messi, su padre; después, el 31 de agosto, con ese adiós a la Selección.
La decisión de irse la tomó dos días después de la final perdida ante España, cuando su padre todavía luchaba contra la enfermedad. Pero también fue claro sobre otra cosa: la muerte de Jorge no cambió la decisión; la terminó de confirmar. “Fue una decisión que dolió y duele en el alma pero entiendo que es el momento”, dijo.
Es tentador escribir esto como una historia sobre la fama y sus límites. Sobre cómo ni ganar 8 Balones de Oro, ni levantar una Copa del Mundo, ni ser –según casi cualquier métrica– el mejor futbolista de la historia, alcanza para blindar a alguien del dolor más antiguo que existe. Es tentador, pero también es obvio. Todos sabíamos ya que la fama no compra la inmunidad contra la muerte. No hacía falta un padre fallecido para confirmarlo.
Lo que sí vale la pena contar es otra cosa: quién fue Jorge Messi antes de ser, para el mundo, simplemente “el papá de Messi”.
Jorge no fue un espectador en la carrera de su hijo. Fue, en varios sentidos, su arquitecto. Cuando Leo era juvenil en Newell's y su cuerpo no producía suficiente hormona de crecimiento, fue Jorge quien peleó contra el costo de su tratamiento, contra el sistema de salud, contra el tiempo, mientras trabajaba como técnico químico en una planta siderúrgica en Rosario. Ningún club argentino quiso asumir ese gasto, así que Jorge hizo lo que parecía impensable. Se fue a buscar en Europa lo que su país no estaba dispuesto a pagar.
Esa apuesta estuvo a punto de no rendir frutos. En España, la negociación con el FC Barcelona se estancó durante meses en promesas verbales, hasta que Jorge presionó lo suficiente como para obligar a los directivos a definirse. La respuesta llegó de la forma menos protocolaria posible: un acuerdo firmado por Carles Rexach, entonces secretario técnico del club, garabateado en una servilleta de papel dentro de un club de tenis. Ese papel selló el destino de un pibe de trece años de Rosario y, con él, el de toda su familia.
Ese fue apenas el primer capítulo. Con los años, Jorge dejó de ser solo el padre que negociaba tratamientos médicos y pasó a construir, pieza por pieza, el legado que llevaría su apellido. Fundó y dirigió Leo Messi Management, la estructura encargada de administrar cada contrato, inversión y patrocinio de su hijo, incluido el vínculo comercial de por vida con Adidas. También fue Jorge quien se paró frente a la prensa cada vez que había que aclarar un rumor incómodo, blindando a Leo del desgaste mediático y asumiendo él mismo las críticas.
Messi mismo ha contado, en distintas entrevistas, que su padre nunca se conformó del todo con lo que veía en la cancha. “Para mi viejo nunca juego bien. De chiquito hacía cuatro goles y siempre tenía algo que decirme”. Era el crítico más exigente de una carrera que el resto del mundo consideraba perfecta, una exigencia que forjó parte del carácter competitivo que hizo al futbolista que todos idolatran hoy. Quizás fue justamente esa dureza la que empujó al astro argentino a superarse partido a partido, persiguiendo durante años algo tan simple como escuchar de boca de su padre un “jugaste bien”.
Usualmente cuando queremos contar historias de éxito, solemos contar dichas historias bajo un defecto estructural: las escribimos como si el talento se bastara a sí mismo. Como si el genio apareciera ya formado, sin peajes, sin obstáculos, sin nadie que haya tenido que asumir la responsabilidad de decisiones difíciles que pocos estarían dispuestos a tomar. Borramos a los arquitectos y nos quedamos solos con el edificio. Jorge Messi, es quizás, el ejemplo más visible de todas esas personas invisibles: gente que dejó su vida, su país y su tranquilidad detrás de la vida de otro, sin esperar nunca que alguien les dedique una nota o les apunte con un reflector y una ronda de aplausos.
Los dioses también sangran, sí, pero no por la razón que parece obvia a primera vista. Sangran porque alguna vez alguien sangró por ellos. Detrás de cada leyenda que el mundo admira hay, casi siempre, una persona común que hizo lo que haría cualquier padre: apostarlo todo, sin garantía de retorno, a que ese hijo llegará más lejos de lo que ellos mismos pudieron soñar.
Cuando Rosario despidió a Jorge Messi, no despidió solo al padre de un futbolista. Despidió al hombre responsable de que esta generación tuviera el privilegio de ver, en el campo, jugar al mejor futbolista que ha visto la humanidad. Y aunque el nombre que quedará grabado en la historia será el de Lionel, vale la pena detenerse, al menos por un instante, en el de Jorge. Un hombre que nunca pisó una cancha de fútbol, que nadie recordará por un gol o una copa, pero sin el cual, sencillamente, no habría existido nada que aplaudir ni admirar.
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