Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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1 de Mayo de 2026 12:00
“Cinco, seis, siete… y café, pan, chocolate; café, pan, chocolate; café, pan, chocolate”.
Y todo el mundo trata de mover los pies al ritmo de la música, la armonía es suave pero tiene gran velocidad, “¡Alineen, chicos!”, dice la voz al frente del salón. A muchos les cuesta coordinar todo a la vez; sin embargo, en ella todo fluye. Sus brazos se mueven de forma continua y al ritmo correcto, no se equivoca ni se frena. Marca antes, entra justo, gira sin perder el conteo. Mientras el grupo se desarma, su cuerpo sigue. Sonríe sin darse cuenta.
Su profesora de danza—o bueno, la que también era conocida por mantener el silencio en la biblioteca de la escuelita— todo el tiempo la ponía adelante en las coreografías y la dejaba dar ideas creativas. Sus compañeros le seguían, y la felicitaban por esa forma de bailar que parecía natural. En el rostro de Alexandra, una niña de tan solo 10 años, se notaba que su alma se regocijaba al moverse con esa música tradicional que, con los años, entendería y amaría.
Desde pequeña en esas primeras clases de danza con su bibliotecaria, esa música folclórica que tanto escuchaba mientras preparaba coreografías en el colegio, y que amaba interpretar, hacía parte del folclore colombiano y sobre todo el cundinamarqués. El primer baile que ella creó estando en el colegio, fue esa cadenciosa y lenta cumbia de la costa Caribe, La Negra Celina. Pero el sonido que llenaba su casa por las mañanas, el que se oía por todo el pueblo en los días más fríos, por entre las montañas; el que no faltaba en las fiestas y se bailaba tomando chicha, era otro: el torbellino. No un remolino de viento, sino uno de los aires más antiguos de la región cundinamarquesa y del pueblito que vio crecer a Alexa: Tabio.
Ella amaba bailar y ser parte de los encuentros folclóricos de las escuelitas del pueblo. La forma en que se dirigía a quienes para ella eran sus primeros estudiantes —aunque en realidad eran sus compañeros de clase—, la delicadeza de su voz al explicar un paso y la paciencia con la que enseñaba a quienes no amaban la danza tanto como ella, lo decía todo. La felicidad le recorría el cuerpo y se le escapaba en la mirada y en la sonrisa cada vez que bailaba.Se notaba en ella el compromiso, dedicación y sobre todo el amor de enseñar que la llevaron, desde los 13 años, a crear montajes para honrar la tradición. Era tan cuidadosa con cada detalle que leía el libro del patronato de danza folclórica para enseñar a sus compañeros, o mejor, a sus primeros alumnos. Pero mientras montaba cada baile surgían las preguntas: ¿por qué siempre hay una forma específica de hacer los pasos?, ¿acaso cuentan algo?
Con el tiempo, Alexandra siguió bailando e investigando por su cuenta, decidida a dedicar su vida al folclore para enseñarle a otros lo que amaba, pero de la forma correcta y desde el buen saber. Esa convicción se fue afinando a lo largo de los años: primero en los ensayos de su escuelita, donde aprendió que la cumbia no era solo un paso sino un lenguaje; luego en la licenciatura en Ciencias Sociales, que orientó completamente hacia la investigación de la danza; y finalmente en su tesis, donde terminó de articular lo que ya sentía en el cuerpo. "El baile de tradición, el folclore, es una transmisión de saberes." Esa frase, que hoy repite en clase y exige en los montajes, no llegó de un libro sino de observar con atención lo que la rodeaba, en especial el aire musical de su pueblo: el torbellino. Por eso, cuando alguien pregunta por qué no se salta o por qué se arrastra el pie, Alexandra responde sin dudar que el baile de tradición se aprende pasando el saber de cuerpo en cuerpo, de generación en generación. Así entiende el torbellino que la rodea: no como un paso, sino como una forma de transmitir las vivencias del pasado.
Por eso antes de iniciar una coreografía e interpretar un ritmo de cualquier región de nuestro país, hay que entender la historia que hay detrás de su forma de bailar e interpretar en escena, tanto con la pareja de baile o con el mismo público. Es lo que todos sus estudiantes entienden al inicio de cada clase, sobre todo cuando dicta la danza del torbellino. Ella podría decir fácilmente que el paso básico es un tres cuartos, que se puede enseñar de forma más sencilla, pero ella empieza desde cero, cantando mientras alterna el pie izquierdo y derecho: “Repitan todos en su cabeza, café, pan, chocolate”, luego dice que hay que imaginar una línea en el suelo que no puedes pisar para mover los pies adelante y atrás; arriba de la línea va el café con el pie derecho, abajo de la línea el pan con el pie izquierdo; y el chocolate con el pie derecho, alternando los pies una y otra vez.
Luego de aprender lo básico de forma estática en el puesto, hay que avanzar el paso de un lado a otro del salón de ensayo. Y aquí va la magia del torbellino: a diferencia de avanzar una cumbia en su paso básico con la espalda erguida y en las manos con un velón prendido, el torbellino se avanza semiagachado, con las piernas flexionadas y la espalda un poco inclinada hacia el frente. Esto no es casual. Era la forma en que las personas que vivían en las montañas de los pueblos cundinamarqueses podían moverse más rápido en largas distancias, y sobre todo, cargando sus grandes y pesados mercados de vuelta a casa. Esta posición, tanto para caminar en esa época como para bailar hoy en día, es una forma de andar que cansa mucho menos. El cuerpo no solo baila: recuerda.
A partir de ese pequeño detalle del porqué se avanza de esa manera el café, pan chocolate, se empieza a desarrollar una historia en la planimetría, es decir, en las figuras coreográficas que se pueden hacer como: las diagonales, los cuadrados, las “L”, los círculos, los óvalos, entre muchas otras más. Pero eso ya depende del torbellino que se baile, porque cada persona que crea la coreografía tiene la libertad de contar una historia. Puede ser una historia de coqueteo y amor, o una historia del laboreo y tradición, pero siempre hay una intención en las miradas, en las sonrisas, en las manos, incluso, se puede ver desde cómo un torbellino se teje un pañolón hasta cómo se celebraban las antiguas fiestas de un pueblo.
Alexandra, por su lado, al crecer con el torbellino y ver a sus alrededores aires reconocidos como el torbellino “Los Negros de Pasca”– propio del municipio de Pasca–, empezó a sentir la necesidad de crear uno propio para Tabio, basado en sus tradiciones y, sobre todo, en sus antepasados. Y aunque no todas las prácticas siguen vigentes hoy en día, la danza busca traerlas de nuevo a escena, no como copia, sino como memoria en movimiento.
Esa búsqueda encontró su lugar en la enseñanza. En el municipio de Tabio, la manera de enseñar de Alexandra empezó a sostener a otros: instruía la danza del torbellino desde los más pequeños hasta los más grandes a través del Instituto Cultural Joaquín Piñeros Corpas, donde niños, jóvenes y adultos aprenden el torbellino no como una coreografía aislada, sino como un saber que se transmite con el cuerpo y se sostiene en el tiempo. Incluso creaba los montajes que representaban a Tabio cada año en el Encuentro Nacional del Torbellino; sobre ella quedaba la tarea de sostener los montajes principales de toda la responsabilidad social que el folclore conlleva.
Fue en ese proceso –entre ensayos, clases y montajes– donde Alexandra entendió que no podía montar una danza solo para mostrarla en escena: había que ir más allá. Recorrer el pueblo, escuchar las costumbres, comprender las creencias y, sobre todo, recoger las historias que las personas cuentan cuando bailan. Así, su trabajo como maestra se convirtió también en el punto de partida para crear nuevos torbellinos. “Hay diferentes torbellinos: de amor, de labor, religioso, y el que solo se baila, pero todos hay que interpretarlos de la misma forma”.
Sabiendo que tenía que ir más allá de solo una danza y crear una historia desde la interpretación, empieza dos grandes montajes. El primero es la Danza del Maíz, en la que Alexandra quiso contar cómo se daba la siembra del maíz en Tabio, un municipio que antes era maicero: el recorrido desde su recolección, el desgranaje, el arar la tierra, el cansancio de los campesino y cómo este importante grano se vuelve fundamental para una de las bebidas más representativas del pueblo, la chicha, producto final que aparece en la danza y que era célebre durante las fiestas y reuniones del pueblo.
El segundo es el Torbellino del Lavapatas, un baile que cuenta la antigua tradición mencionada en dos renglones del libro de Rosario Murcía –donde don Víctor Rodríguez hablaba de esa costumbre–, se convierte en el eje central de la creación de Alexandra. La representación de la danza, es el acto de bajar descalzo al pueblo y lavarse las patas al llegar. Cada domingo, las personas descendían al pueblo para hacer mercado y, en medio del camino, sus pies se ensuciaban; y al llegar, antes de entrar a misa, no era bien visto hacerlo con los pies y las alpargatas llenas de barro. Por eso, en una fuente frente a la iglesia, se lavaban los pies, entraban al templo y luego, hacían el mercado para la semana antes de regresar a sus casas.
Pero más allá de la historia que se cuenta, en ambas danzas lo que se debe transmitir es el regocijo de bailar un buen torbellino: disfrutar la actividad que se realiza mientras se baila desde el amor a la región con el corazón. Cada grito –”Buenas comadre, buenas compadre”, “¡Vuelta, vuelta, comadre, vuelta!”, “¡Chicha!”–, cada sonrisa y cada figura muestran a un público lo que significa bailar una danza que representa a los antepasados a través del sonido armonioso de un tiple, un requinto y una guitarra.
Desde el deseo de mantener vivas las costumbres y tradiciones de sus antepasados —y de representarlas en un torbellino que ama bailar y ver brillar en el escenario—, Alexandra construye estos montajes, como el Torbellino del Lavapatas y la Danza del Maíz, pensados para perdurar, al igual que las enseñanzas de los maestros de quienes un día aprendió: Mauricio Calle, Guillermo Laguna, José David Ramírez y Kiko Gaitán. Para ella el torbellino no es solo de Tabio: atraviesa Cundinamarca. En sus pasos quedan las fiestas de hace un siglo, los recorridos de abuelos y bisabuelos, una forma de contar el pasado sin necesidad de escribirlo, simplemente danzarlo con amor y pasión.
“Chicos, no salten el paso. Nuestros abuelos no andaban por entre las montañas saltando; caminaban arrastrando los pies para ir más rápido”, dice Alexandra cuando corrige el paso básico del torbellino. Explica el contexto de la danza como si fuera un chisme de los abuelos, para que quienes la interpretan se enamoren del significado que hay detrás. La maestra Alexa, como muchos la llaman, da sentido a cada danza en sus clases y ensayos desde hace 25 años para honrar cada día a quienes la portaban en el pasado, con la intención de que la identidad del cundinamarqués no quede en el olvido.
“Recuerden, chicos… café, pan, chocolate, avance y sonrían… Esta puede ser la historia de amor de sus abuelos”.
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