Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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21 de Abril de 2026 13:00
Entrar a la rectoría del Colegio San Alberto Magno (SAM) no se siente como ingresar a una oficina tradicional. No hay ese aire pesado de jerarquía. Aquí, el motor de todo es una mujer que, antes de ser directiva, se reconoce como una mediadora. Esther Cárdenas de Pérez no impone; ella escucha.
Todo empieza frente a una gran puerta de metal, de un tono entre vino tinto oscuro y café, que cuenta con un sistema automático que se abre desde adentro cuando la secretaria autoriza el ingreso. Al cruzarla, te recibe un pasillo que se siente como un viaje en el tiempo: las paredes están cubiertas de mosaicos con las fotos de todas las promociones que ha tenido el colegio, permitiéndote ver los rostros de cientos de graduados que hoy son profesionales exitosos.
Si caminas hacia el fondo, la vista llega hasta el gran restaurante del colegio. Cerca del mediodía, el lugar se llena de niños de todas las edades compartiendo la mesa, mientras percibes un olor delicioso a comida casera que anticipa el almuerzo. Pero para encontrarse con la rectora, hay que girar a la izquierda y atravesar una puerta corrediza de vidrio con un marco amarillo vibrante. Allí, en la secretaría, te recibe "la señora Blanca", quien con una gran sonrisa te hace sentir bienvenida de inmediato.
El espacio es cómodo, con algunas plantas, un sofá y un par de sillas frente al escritorio de Blanquita. En la pared principal resaltan el nombre del Colegio, San Alberto Magno, el escudo, la bandera de Colombia y un reloj que marca el ritmo del día.
Apenas un giro más a la izquierda está el cubículo de la rectoría, un despacho que Esther comparte con Hernando Pérez, su esposo. Es una oficina donde el trabajo se mezcla con lo personal: sobre el escritorio hay libros y un calendario, mientras que, en las paredes, los cuadros de la misión y la visión del colegio están junto a los retratos de sus hijos y nietos.
En un mueble alto con cajones se custodian los logros de la institución: trofeos y reconocimientos, como el que les otorgó la Universidad de La Sabana por el excelente nivel de sus estudiantes, que decoran el lugar donde nos sentamos a realizar la entrevista.
Su historia parece trazada por el destino desde que era una pequeña que jugaba a enseñarles a sus amigos. El camino de Esther hacia la rectoría no fue un simple accidente, sino una vocación cultivada desde niña. Estudió interna en el colegio María Auxiliadora de Villapinzón. “Siempre quise ser maestra”, confiesa con la misma seguridad con la que hoy dirige a cientos de estudiantes.
Su trayectoria es un ejemplo de constancia, disciplina inagotable y unas ganas inmensas de “comerse el mundo” a través del conocimiento. Tras graduarse, inició su formación en la Universidad Pedagógica para hacerse licenciada en Química y Biología, demostrando desde muy joven una determinación poco común para avanzar en su carrera.
Lo que empezó como un juego en la infancia se transformó en una gestión que hoy lidera los rankings de Sabana Centro. Bajo su mando, el San Alberto Magno ha logrado algo que muchos colegios con presupuestos gigantes envidian: mantener el primer puesto en Zipaquirá y Cundinamarca en las pruebas Saber 11 desde el año 2009 y consolidarse en el Top 20 a nivel nacional.
Sin embargo, para Esther, las cifras son solo la consecuencia de algo mucho más profundo. Su verdadera apuesta es la formación de "buenas personas". Junto a su esposo, Hernando Pérez —un exatleta de decatlón que trajo al colegio la estructura y el orden del alto rendimiento—, Esther ha construido un ecosistema educativo donde la responsabilidad y la honestidad son el sello innegociable de cada egresado. Hernando afirma que trabajan con un modelo donde la disciplina no se califica con números ni se basa en castigos.
Uno de los pilares más revolucionarios de la gestión de Esther es su enfoque sobre la convivencia. En el SAM, se tomó la decisión consciente de eliminar la calificación numérica de la conducta. "Si los estudiantes están para que nosotros los cambiemos y les demos valores, ¿para qué vamos a castigarlos?", menciona la rectora. Como dice Ángela Pérez, la coordinadora que la ha acompañado desde el día uno: “Esther es ese apoyo incondicional que sabe cuándo exigir y cuándo decir tomar las cosas con calma”.
El origen del SAM tiene un tinte cinematográfico. Esther y Hernando se conocieron en una clase de psicopedagogía en la universidad. Aunque al principio ella se “escondía” un poco, el destino los sentó juntos en el único puesto libre de una flota que regresaba a casa. Ese encuentro casual fue el inicio de una sociedad que cambiaría la educación en la región.
Hernando fundó el colegio en 2004, trayendo consigo una metodología constructivista influenciada por su disciplina. Mientras él se enfocaba en lo metodológico, Esther asumió la rectoría para darle orden y corazón al proyecto.
Juntos enfrentaron retos monumentales, como el deterioro de la casa original del Colegio Espíritu Santo —la primera semilla de este sueño educativo—. El estado de la planta física de aquella institución los impulsó a fundar el San Alberto Magno desde cero para ofrecer un espacio a la altura de su visión. Hicieron el proceso a la inversa: primero el bachillerato, luego la primaria y, finalmente, el preescolar, respondiendo siempre a la demanda de los padres que querían que sus hijos estuvieran bajo su ala desde los primeros años.
Al conocer a Esther en su oficina, te encuentras con una mujer de estatura promedio, pelo corto castaño claro y tez trigueña. Sus cejas delgadas enmarcan unos ojos cafés oscuro que te miran con total atención. Lo que más destaca es su sonrisa cálida, que irradia una alegría contagiosa.
Esther nunca se detuvo: sus ganas de aprender y de ser la mejor en su área la llevaron a sumar una especialización en Calidad y una Maestría en Investigación y Docencia Universitaria en la Universidad Santo Tomás. Todo ese bagaje académico es el que hoy aplica para que el Proyecto Educativo del SAM sea un referente de excelencia, nacido no solo de los libros, sino de su propia ambición por alcanzar la maestría en el arte de enseñar.
Su vestimenta es la de una dama: seria y profesional, pero que no deja de lado los colores para transmitir su esencia. Lucía un suéter azul celeste (o agua marina) que evocaba serenidad, combinado con un blazer negro impecable. Es la viva imagen de una mujer que sabe llevar las riendas de un colegio de alto nivel, pero sin perder esa chispa de quien disfruta cada conversación y te hace sentir en confianza desde el primer segundo.
Para Esther Cárdenas, el mayor desafío de un colegio de alto rendimiento no es solo mantener el promedio en las pruebas de Estado, sino lograr que el estudiante encuentre un propósito real en lo que aprende. Su gestión se ha centrado en fortalecer el hábito del trabajo y la autonomía. "Ellos ya saben qué tienen que hacer para ser exitosos", explica la rectora.
La verdadera métrica del éxito de Esther Cárdenas cobra vida en las historias de sus egresados. Un ejemplo claro es el de Juan José Castro, ingeniero civil de la Escuela Colombiana de Ingeniería Julio Garavito y egresado de la promoción 2018. Juan José lo resume con gratitud: "Yo amo a mi Colegio. El SAM me marcó de la mejor forma para siempre, porque las bases que construí allí fueron claves en mi realización y éxito profesional y personal".
Al final del día, cuando las puertas del San Alberto Magno se cierran y el eco de los estudiantes se desvanece, Esther Cárdenas de Pérez deja a un lado los informes de calidad para abrazar su rol más vital: el de esposa, madre y abuela. En la intimidad de su hogar, esa misma paciencia que aplica para mediar en un conflicto escolar se transforma en la ternura con la que cuida de su familia.
Para Esther, el San Alberto Magno no es un trabajo, es su proyecto de vida, pero su corazón late con más fuerza cuando cruza la puerta de su casa. Madre de tres hijos —dos hombres y una mujer—, su rol favorito hoy es el de ser la abuela de tres nietas de doce, diez y ocho años, quienes son, sin duda, su motor y su alegría más grande.
En sus horas libres, cuando suelta un poco los informes, Esther se refugia en el tejido y la lectura, pero lo que más disfruta es sumergirse en el mundo de sus nietas. Con ellas la seriedad del trabajo se desvanece para darle paso a las risas y a las "locuras" que solo se viven entre mujeres.
Esa vena de liderazgo que aplica en el colegio también la lleva al hogar de una forma muy especial: apoyando los emprendimientos de sus tres nietas. A pesar de sus cortas edades, las cuatro trabajan a la par, demostrando que para Esther la educación y el ejemplo empiezan en casa.
Cocinar juntas es su plan sagrado; entre utensilios y recetas, Esther les enseña que la disciplina y el amor son los ingredientes principales para cualquier proyecto. Verlas crecer y ser parte activa de sus sueños es su mayor realización personal, confirmando que su legado más importante no está en los rankings, sino en la complicidad y el carácter que cultiva en sus niñas.
Ese es, quizás, el verdadero secreto de su influencia. Fuera del aula, Esther sigue siendo la maestra que juega a enseñar, la esposa que sostiene y la abuela que inspira y ama incondicionalmente. Su legado no será solo un colegio de excelencia, sino la huella imborrable de una mujer que entendió que educar es, ante todo, un acto de amor infinito.
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