Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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4 de Junio de 2026 16:00
Hoy me encuentro recostada en el tronco de un pino en la calle 80, en el occidente de Bogotá. El aire aquí es una mezcla del olor a resina del árbol, humo de los carros y el olor a marihuana. A doce metros sobre mi cabeza, suspendido en una línea de nailon que vibra como la cuerda de un violín gigante, está Andrés Mauricio Avilan Herrera.
—¿Me das la autorización para contar tu historia? —le pregunto, con la grabadora encendida y el cuello ya un poco tenso de mirar hacia arriba.
—Sí, claro —me responde con una voz que baja desde las alturas, nítida y sin rastro de agitación.
Andrés tiene 28 años y es, literalmente, un hombre de dos mundos. Es el "Mono Araña", nombre artístico que adoptó desde los doce años cuando el parkour y la gimnasia eran su forma de entender la ciudad, pero también es un estudiante de Ingeniería de la Universidad Nacional que está a punto de entregar su proyecto de grado. Mientras lo veo moverse, entiendo que no es solo un deportista, sino alguien que ha decidido aplicar a través de su cuerpo la ingeniería a la gravedad.
El Ritual del Ascenso
La rutina de Andrés es una coreografía de precisión que empieza mucho antes de que el primer conductor se detenga en el semáforo rojo. Él no sube a cualquier árbol. Elige pinos, cipreses o eucaliptos.
—Son especies invasoras, pero tienen un diámetro de tronco muy fuerte —me explica mientras señala el pino del cual su cinta está amarrada. —Eso hace que sea seguro. No le estamos haciendo daño al árbol y tampoco nos vamos a hacer daño nosotros.
Andrés me confiesa que al principio no tenía equipo propio; le tocaba pedir prestado, y, en un deporte que muchos consideran "gomelo" o elitista, no siempre era fácil. Pero la ingeniería fue su salvación. En lugar de rendirse ante la falta de dinero, utilizó los laboratorios de la universidad para fabricar su propia seguridad.
—Vi los equipos y dije: "Esto es una platina, puedo copiar este diseño" —dice con seguridad. —Mandé a cortar platinas de acero, usé impresión 3D para los sistemas de bloqueo y, para mi proyecto final, diseñé un dinamómetro funcional para medir la fuerza exacta en el Slackline.
Cuando me habló del Slackline, me sentí completamente perdida, un deporte del que jamás había escuchado alguna palabra, tuve que escuchar varias veces el nombre para poder incluso mencionarlo.
Me cuenta que una cinta profesional le vale un millón de pesos y que, aunque parezca intacta, la cambia religiosamente cada ocho meses porque los rayos ultravioletas del sol bogotano degradan el material. "Es mi vida la que está ahí arriba", sentencia, y entiendo que, para él, el margen de error no es una estadística, es un precipicio.
El Semáforo: Patrocinio y Resistencia
Aunque es un deporte que permite conectar con el aire, descubro que la libertad de Andrés tiene un horario estricto. Su día de trabajo, como hoy sábado, empieza a las diez de la mañana. Vive solo en Bosa, pero sus días transcurren en este sector, donde vive su pareja, quien también es su compañera en la cuerda.
—Toca caerle al semáforo temprano porque puede llegar otro, si llega otra persona haciendo circo, no se puede, porque causaría un choque. Es la ley del semáforo.
Dice que muchas veces llega desde las seis para poder “reservar” el semáforo. Es en ese momento cuando la relación de Andrés con las alturas se vuelve más íntima, casi doméstica. Se sube al pino y se adentra en su cambuche: una carpa gris instalada entre las ramas que desafía la lógica de lo que llamamos hogar. No es solo un refugio contra los aguaceros bogotanos; es su burbuja privada en el cielo. Allí, mientras la ciudad ruge doce metros abajo, él encuentra un silencio que las calles no conocen. Aprovecha para dormir unas horas, arropado por el balanceo natural del árbol, o simplemente espera que el tiempo pase para ir a recoger a su novia. En ese cambuche, la altura deja de ser un peligro y se convierte en un cuarto de habitación donde el aire es más puro y la perspectiva del mundo cambia.
Su estilo de vida es de una pureza casi sobria. No bebe alcohol ni fuma cigarrillos porque el dolor en las articulaciones es un lujo que un equilibrista no puede permitirse. Su única excepción es la marihuana, que prefiere sobre el tabaco; y es que claro, quién se subiría en una cuerda a hacer freestyle sin un poco de motivación.
La jornada es agotadora. Trabaja en ráfagas de una hora o hora y media sin parar, alternándose en la línea con su pareja. Lo veo hacer figuras de freestyle, piruetas y acrobacias que roban el aliento de los conductores que, por un minuto, olvidan el trancón de la 80. Lo que gana en estas horas de trabajo se convierte en el fondo con el que se financia la vida diaria, pero, sobre todo, su gran meta: el Mundial de Brasil en junio.
Este Mundial está organizado por Chooselife, miembros de la International Slackline Asssociation (ISA), fundada en 2015, es una organización sin fines de lucro que funciona como la federación mundial de este deporte. Para Andrés, el éxito no es un concepto abstracto de fama, sino la capacidad técnica de competir con los mejores. El mundial representa la validación de sus años de entrenamiento, el punto donde el esfuerzo del semáforo se transforma en representación nacional. En el freestyle evalúan su rendimiento bajo una lista de trucos que ya existen, muy parecido a la gimnasia; si se hace un truco u otro los puntos varían y Andrés siempre está en busca de perfeccionarlos para llegar con ventaja a Brasil.
Es un contraste fuerte: el joven que duerme en un cambuche en un pino de la 80 es el mismo que se prepara para medir su nivel en tierras brasileñas.
La Meditación en el Abismo
Mientras baja para descansar y almorzar antes de la segunda tanda de las cuatro de la tarde, hablamos de la diferencia entre este bullicio y la montaña. Andrés me explica que el freestyle del semáforo es para el público, pero el highline en Suezca o Soacha es para el alma.
—Allá ponemos cuerdas de 500 metros de largo sobre acantilados de cien metros de caída —me cuenta, y su mirada parece perderse en un horizonte que yo no alcanzo a ver. —Es una paz total. Es meditación en movimiento. Tienes que controlar los pensamientos, porque en tu interior vas pensando mil cosas y el reto es silenciarlas para que el cuerpo no vibre con el miedo.
Me confiesa que la primera vez que subió a una cuerda alta, hace años, el miedo le recorrió cada músculo del cuerpo y lo dejó sin aliento durante diez minutos, aferrado a la línea como si fuera lo único tangible en ese mar de abismo. Hoy, ese miedo se ha transformado en respeto y en una conexión íntima con su propio cuerpo.
Al caer la tarde, cerca de las seis, el sol empieza a ocultarse tras los cerros occidentales y Andrés comienza a recoger. Deja la cuerda puesta durante meses, confiando en que la altura la proteja de los ladrones, pero hoy la tensión de la ciudad parece distinta. Hay una pregunta que me ronda desde que empezamos: ¿Cuándo te gradúes vas a seguir en el semáforo?
—Sé que en algún momento tengo que soltar este sueño. Tengo que buscar trabajo como ingeniero. El esfuerzo de la calle es grande y no siempre se retribuye igual. — Su voz tiene un matiz de realismo crudo.
Es extraño pensar que este hombre que hace piruetas a doce metros de altura volverá esta noche a su casa en Bosa para ver anime, trabajar en su computador y estudiar para el examen saber pro, uno de los últimos requisitos para poder graduarse. Su vida es un equilibrio constante, no solo sobre el nailon, sino entre el título profesional que le exige la sociedad y el "Mono Araña" que su corazón necesita ser.
Sin embargo, el camino hacia esa paz en las alturas ha tenido sus fricciones en la tierra. Andrés recuerda con una seriedad reflexiva los retos que ha enfrentado con las autoridades a lo largo de estos ocho años. No lo describe como una confrontación, sino como un complejo proceso de paciencia.
—A veces llegaba la policía y me decían: "Tiene que bajar la cuerda" —recuerda—. Al principio era una cuestión de falta de comprensión. Ellos veían a alguien colgado de un pino y su primera reacción, por protocolo y seguridad, era prohibirlo.
Para Andrés, el reto no era solo físico, sino argumentativo. Tuvo que aprender a explicar que su equipo no dañaba la corteza del árbol, que sus anclajes seguían leyes de ingeniería y que el Slackline es una disciplina deportiva y artística, no un acto de desorden civil. Hubo momentos de tensión, claro, como cuando la falta de un marco legal claro permitió que le decomisaran su moto, un golpe duro para alguien que depende de su movilidad para trabajar.
—Fue un proceso de aprendizaje para ambas partes —admite—. Nosotros aprendimos a movernos dentro de la legalidad y ellos empezaron a reconocer que lo que hacemos requiere una preparación técnica inmensa.
Hoy, cuando ve pasar una patrulla mientras está en su cambuche o sobre la cinta, ya no siente la urgencia de bajar corriendo; siente el respaldo de haber demostrado que su pasión, aunque poco convencional, tiene un lugar legítimo en el paisaje de la ciudad.
Me despido de él mientras agarra su bicicleta junto con sus aros de malabarismo. Lo dejo allí, entre la teoría y el abismo, siendo un recordatorio viviente de que, para cruzar cualquier distancia, primero hay que tener el valor de despegar los pies de la tierra firme.
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