Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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31 de Mayo de 2026 10:12
Salir con su grupo de amigos a montar bicicleta, hacer largos recorridos y olvidarse, por unas horas, de todo lo demás: esa es la pasión de Luis Esteban Pantoja Pantoja. Un domingo en que parte a las cinco de la mañana hacia Villeta y regresa a las siete de la noche no le parece agotador. Le parece un regalo. Una forma de sentirse libre.
Esa misma energía -discreta, constante, sin aspavientos- es la que Luis Esteban ha traído durante treinta años a los prados de la Universidad de La Sabana. Treinta años de sonrisa permanente, de trabajo silencioso y de una presencia que, aunque muchos no detecten por su nombre, ha hecho posible que esta universidad sea lo que es.
Hoy se conmemoran los veinte, veinticinco y treinta años de trayectoria de quienes, desde distintos frentes, hacen posible lo que a veces parece imposible. Luis Esteban es uno de ellos: auxiliar de mantenimiento en prados y protagonista, este año, de tres décadas al servicio de una institución que él siente como propia.
En la Universidad de La Sabana, cada persona cumple una función esencial, dicen quienes allí laboran. El rector, los decanos y los docentes hacen posible la transmisión del conocimiento. Los estudiantes representan la comunidad viva del aprendizaje. Y luego están quienes trabajan cada día para que todo lo demás funcione: los que cuidan los jardines y logran que las flores atraigan aves y pequeños animales; los que permanecen en las cocinas preparando los alimentos que los estudiantes consumen a diario; y los Monis, que vigilan las entradas, mantienen las aulas limpias y garantizan que cada rincón de la universidad sea un lugar digno y acogedor. Sin ellos, la experiencia universitaria sencillamente no sería posible.
Luis Esteban no llegó a la institución por casualidad. Llegó por la palabra de un amigo. "Yo entré a trabajar aquí por un compañero (que ya salió pensionado) que me dijo que viniera, que aquí estaban recibiendo, y yo vine, así, de una", recuerda. No tuvo que presentar hoja de vida. Llegó, y empezó.
Tenía 26 años. Y desde entonces no ha parado.
Estos treinta años no los ha pasado todos en el mismo lugar. Ha recorrido la universidad desde adentro: comenzó pintando aulas, luego estuvo siete años en parqueaderos y más tarde fue trasladado al centro de acopio, donde vivió, según él mismo lo describe, su etapa más larga y más difícil. "No me gustaba porque debía hacer cosas que nunca había hecho antes." Pero se adaptó, como siempre lo ha hecho, con la misma actitud callada con que enfrenta los repechos en bicicleta: sin quejarse demasiado, siguiendo adelante. Cuando el centro de acopio pasó a manos de una empresa externa, llegó a "prados", donde hoy cuida el verde que enmarca la vida universitaria. Cuatro años más y espera pensionarse. Los cuenta con la tranquilidad de quien se sabe cumplidor del trabajo bien hecho.
Al preguntarle cómo ha marcado este trabajo su vida, Esteban no duda: "La universidad lo ha ayudado a uno en todo, en todo, en todo." Los sacerdotes, los jefes, la institución misma: todos han estado presentes no solo en su vida laboral, sino también en la personal. Por eso se siente agradecido. Por eso habla de su trabajo con la serenidad de quien encontró, hace mucho, un lugar donde quedarse.
Pero no todo han sido días tranquilos. La inundación de la Universidad lo marcó. Un mes antes de que ocurriera, él fue parte del grupo que intentó preparar el terreno, colocar arena, anticiparse al desastre. "Estaba todo listo, listo, como si ya no fuera a pasar más nada. Y entonces, ahí fue cuando pasó. Eso fue un impacto para todos los que trabajamos aquí." La pandemia también dejó huella: murieron compañeros, y aun así el trabajo no podía detenerse, porque la maleza y la basura no esperan.
Y sin embargo, cuando se le pide que recuerde los momentos más felices, Esteban habla de las convivencias, de las fiestas de fin de año, de esas jornadas en que los llevan a Silvania o a La Vega a disfrutar de una piscina y a celebrar juntos. Momentos sencillos que, en su universo, pesan tanto como cualquier logro.
Así Luis Esteban Pantoja Pantoja llega a los 30 años en la institución: entre prados bien cuidados, recuerdos que abarcan toda una vida adulta y la certeza de que, en la Universidad de La Sabana, las personas importan. Todas. Sin excepción.
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