Delia Zapata Olivella: el cuerpo como conocimiento

5 de Junio de 2026 10:00

Delia Zapata Olivella
Por: María Juliana Bueno Martínez

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En los años cuarenta, Delia Zapata Olivella comenzó a recorrer Colombia con una convicción que muy pocos compartían: que las danzas afrodescendientes e indígenas no eran entretenimiento, sino conocimiento. Visitó pueblos como Santana y Soplaviento, se internó por ríos y trochas, y para financiar los viajes ella y su hermano Manuel Zapata Olivella se instalaban de pueblo en pueblo durante meses: él atendía como médico, ella cosía vestidos para las fiestas patronales. "Por la noche esperábamos que llegaran los campesinos; entonces ellos me enseñaban las danzas directamente y yo dibujaba todo para que no se me olvidara", recordaría después. Llevaba además a las bailarinas al lugar de origen de cada danza "para que vieran la ejecución de los bailes en su plenitud original, para repetirlos luego en las sesiones de ensayo".

Desde 1950 grabó sus investigaciones con una máquina magnetofónica RCA Victor que debía transportar junto a un motor de energía propio para que el ruido no contaminara las grabaciones. Pese a ello, la cultura oficial ignoraba estas expresiones o las miraba con condescendencia: la cumbia, el bullerengue y el fandango eran folclor menor frente a las músicas que llegaban de las Antillas y del exterior. Lo que Delia hacía no era rescatar curiosidades regionales, sino argumentar, con el cuerpo y con el archivo, que las tradiciones populares también eran una forma de conocimiento.

A pesar de eso, Delia dedicó gran parte de su vida a investigar, enseñar y difundir estas expresiones culturales. Lo hizo prácticamente sola, sin apoyo institucional y por iniciativa propia, con la ayuda de su compañero artístico y hermano Manuel Zapata Olivella. Con el tiempo, creó archivos, métodos de enseñanza y una compañía artística que ayudó a preservar y fortalecer el folclor colombiano.

Hoy, cien años después de su nacimiento en Lorica, Córdoba, su trabajo es reconocido a través de exposiciones y debates culturales; sin embargo, muchas personas aún se preguntan cuál fue realmente la importancia de lo que hizo.

Delia creció en una familia que valoraba mucho el conocimiento y la creación. Su padre, Antonio María Zapata, aprendió a leer por su cuenta y fundó un periódico en Lorica llamado El Pueblo. Su hermano, Manuel Zapata Olivella, se convirtió en uno de los escritores más importantes de Colombia. Mientras él usó la literatura para hablar sobre la identidad afrodescendiente y latinoamericana, Delia eligió expresarse a través del cuerpo y la danza.

Sin embargo, en aquella época ser bailarina profesional no era una opción bien vista para una mujer, y mucho menos para una mujer negra del Caribe. Delia aprendió a convivir con esa contradicción: recibía elogios que rara vez escapaban de una mirada exotizante. Incluso Germán Arciniegas celebró su gira internacional de 1957 en una nota que recurría a estereotipos sobre su origen y condición.

La prensa veía su trabajo como una curiosidad pintoresca; pocos reconocían en ella a la intelectual rigurosa que era. Esa tensión la impulsó a construir un legado imposible de ignorar: no solo una carrera artística, sino también un método, un archivo y una pedagogía.

Felipe Arturo Pérez, arquitecto y artista, y Paula Torrado, museóloga e investigadora cultural, son los creadores de Relatar el gesto: el pensamiento coreográfico de Delia Zapata Olivella, exposición realizada en el Centro Nacional de las Artes como parte del centenario. Ambos coinciden en que Delia comenzó a trabajar en una época en la que las culturas populares colombianas eran vistas con desprecio y el saber legítimo se asociaba a lo europeo y académico. Frente a ello, defendió que las tradiciones populares eran una forma de conocimiento y un patrimonio vivo que el país debía reconocer.

Ella entendía el folclor no como algo que debía conservarse en un museo, sino como una cultura viva que podía seguir transformándose.

"Para muchos, el estudio e investigación del folklore solo se reduce a paseos agradables de turismo que se hacen por 'snobismo'. [...] Esta palabra compuesta, Folk-lore, es de origen inglés, de palabras antiguas sajonas: 'Folk' quiere decir pueblo, y 'Lore', saber. Saber del pueblo. [...] Lo que interesa es el contenido de la palabra, y no la palabra en sí.” — Delia Zapata Olivella, Páginas de Cultura

En sus propios escritos también defendía la idea de crear a partir de las tradiciones:

“Podemos apoyarnos en esta viva fuente y crear gracias a ese tesoro de cultura multisecular. Pero el artista creador no debe conformarse con imitar lo que ya ha sido creado. Antes bien, hacer obra nueva y duradera, crear el folclor.”

Esta es una de las citas que mejor resume lo que Delia quería para la cultura colombiana: que permaneciera, se transformara y siempre tuviera algo nuevo que contar. Para Paula Torrado, ahí radica precisamente su legado y su capacidad de perdurar. Hablar de Delia cien años después no es un ejercicio de nostalgia, sino una pregunta vigente: ¿siguen vivas la investigación y la metodología que aportó al patrimonio cultural del país?

Además de ser una gran artista, Delia pensó la danza desde la educación y la gestión cultural. Creía que las expresiones populares debían enseñarse desde la infancia como parte esencial de la formación humana y que ese conocimiento solo podía transmitirse de generación en generación.

Felipe Guerra Baquero, politólogo, bailarín y actual director del Palenque de Delia: Conjunto de Tradiciones Populares —nombre que hoy recibe el antiguo Instituto Folclórico Colombiano— afirma que allí no se enseña solo danza, sino también música, teatro y canto de manera integral. El espacio conserva la metodología construida por Delia y Edelmira, maestra de Felipe durante doce años. Esa pedagogía sigue vigente: desde los cinco pasos que Edelmira incorporó a su enseñanza hasta la idea central de Delia de que bailar no es hacer un espectáculo, sino expresar las vivencias de los pueblos y transmitir un mensaje a la sociedad.

El grupo encarna esa visión. Está conformado por personas de distintas generaciones porque, para Delia, el aprendizaje corporal, musical, teatral y dancístico debía comenzar desde la infancia. El Palenque no es solo una compañía artística: es una representación viva de lo que ella entendía por folclor, una expresión del pueblo en movimiento.

Ese conocimiento no murió con ella. Edelmira lo preservó y lo amplió. Junto con Felipe Guerra, Andrea Solano y Rosario Montaña, publicó artículos en revistas como Afrohispanic Review y en publicaciones de la Universidad de La Salle, además de escribir la entrada biográfica de Delia en un diccionario de mujeres latinoamericanas. Sin embargo, las obras fundamentales siguen siendo el Manual de Danzas de la Costa Pacífica y el Manual de la Costa Caribe, escritos por Delia y Edelmira. En ellos, el conocimiento queda registrado desde las perspectivas coreográfica, musical y dancística, acompañado por material audiovisual. Edelmira también realizó las planimetrías y los dibujos. Ese archivo, detallado y transmisible, demuestra que Delia no solo bailó: creó un sistema para que otros pudieran seguir haciéndolo después de ella.

Y aunque gran parte de lo que hoy se enseña en el Palenque llegó a Felipe a través de la transmisión oral de Edelmira, el legado de Delia sigue siendo un patrimonio vivo. Como relata Ihán Betancourt Massa en En la casa de mi abuela, aquel hogar fue un espacio permanente de encuentro, música, baile y comida, donde las culturas se mezclaban con naturalidad. Junto a Edelmira, formó maestros en distintas regiones del país; por eso su legado continúa vivo, disperso en múltiples territorios y presente en nuevas generaciones de intérpretes e investigadores. Aunque pocos lo adopten explícitamente en la enseñanza de las tradiciones colombianas, su huella permanece en algo más cotidiano: la conciencia de por qué el cuerpo se mueve de determinada manera frente a las vivencias de un pueblo.

"La preparación que debe tener un bailarín debe comprender: gimnasia —sobre la cual descansará todo el entrenamiento—, percusión, música, dibujo y escenografía —pues es necesario que el bailarín conozca el valor de una composición y sepa dibujar el cuerpo humano con el cual tendrá que trabajar—, teatro —porque muchas de nuestras danzas, en especial las de carnaval, son pequeñas obras de teatro y danza— [...] nociones de investigación, coreografía, notación e historia del Arte." — Delia Zapata Olivella, Páginas de Cultura

Como señala Felipe Arturo Pérez, ese legado sigue presente incluso cuando nadie lo nombra. Gracias al trabajo de Delia, agrupaciones como Los Gaiteros de San Jacinto lograron reconocimiento internacional. Artistas como Totó la Momposina y Leonor González Mina hicieron parte de sus agrupaciones. Y propuestas más recientes como las de Carlos Vives tienen raíz en la valoración de la música tradicional que Delia ayudó a fortalecer, aunque su nombre rara vez aparezca en los créditos.

Muchas de sus ideas hoy hacen parte de programas culturales y educativos del país, aunque ella las propuso varias décadas antes. El Palenque mantiene un diálogo activo con el Estado: colabora con el Centro Nacional de las Artes en el homenaje anual del 24 de mayo y prepara una función en el Teatro Colón para octubre. Con el Ministerio de las Culturas, el trabajo se concentra en la Dirección de Patrimonio y Memoria alrededor de los patrimonios vivos. El reconocimiento institucional llega tarde, pero llega.

Sin embargo, gran parte del archivo más importante de Delia no está en Colombia, sino en la Universidad de Vanderbilt, en Estados Unidos. Allí se conservan más de 400 fotografías, grabaciones de campo en casetes y VHS, correspondencias, borradores manuscritos de sus libros, diagramas coreográficos, guiones teatrales, su autobiografía y once series documentales que abarcan toda su vida. Como señala Paula Torrado, quien quisiera profundizar de verdad en el pensamiento y la vida de Delia tendría que revisar todo este material tan robusto. En Colombia permanecen algunos materiales desarrollados junto a Edelmira Massa, hija y principal colaboradora de Delia. La muerte de Edelmira en 2024 dejó al Palenque sin la última persona que había aprendido el método directamente de Delia. Sin embargo, ese legado sigue vivo gracias a la compañía, a maestros como Felipe Guerra, a los aprendices formados por Delia y Edelmira en todo el país y a exposiciones como Relatar el gesto: el pensamiento coreográfico de Delia Zapata Olivella.

No obstante, quienes estudian y preservan el legado de Delia comparten una preocupación: que el centenario la convierta en símbolo vacío y desdibuje el verdadero sentido de su trabajo. Para Delia, el cuerpo no era solo una herramienta artística, sino una forma de conocer el mundo y transmitir memoria e identidad, y ese conocimiento solo se mantiene vivo si se sigue practicando.

El Palenque lo demuestra con su repertorio. Gente de todos los colores, creada por Delia en los años sesenta, recorre las cuatro grandes regiones del país a través de sus danzas más representativas. La natividad negra recoge las tradiciones del Pacífico colombiano alrededor del nacimiento del Niño Dios. Las fábulas de Tamalameque, obra inspirada en el libro homónimo de Manuel Zapata Olivella, pone en escena un viaje musical por el río Magdalena. Y La Candumbia, la creación más reciente, dialoga entre la milonga y el tango con la cumbia y el bullerengue, dos tradiciones que, según las investigaciones del Palenque, comparten raíces portuarias, matriz africana y una historia de haber sido consideradas danzas del pueblo indeseable. Cada obra es una demostración de que el legado de Delia no es un archivo que se guarda: es un método que se sigue usando para crear.

Por eso, reconocer hoy a Delia Zapata Olivella no significa solamente recordar su nombre. Significa entender que las tradiciones populares, la danza y los saberes de las comunidades también son formas de conocimiento y una parte fundamental de la identidad colombiana.

Cien años después de su nacimiento, su legado sigue vivo no solo en los archivos, los escenarios o las instituciones que hoy la homenajean, sino también en las personas que continúan aprendiendo, enseñando y creando a partir de las tradiciones del pueblo colombiano. Su herencia habita en cada gesto, en cada danza y en cada relato que mantiene la memoria de una comunidad. Porque el folclor no es solo aquello que se observa o se estudia: es una forma de conocer, de habitar el mundo y de transmitir la historia a través del cuerpo, la música y la experiencia compartida.

Como ella misma escribió: “En Colombia, el folclor se conoce conviviendo con la gente”.

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