Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
Buscar
28 de Mayo de 2026 09:00
En ese frío de la mañana, una niña de diez años todavía creía que el mundo podía seguir siendo normal. Se llamaba Claudia Cristina López Montañez y estaba a punto de cumplir once años. Su cumpleaños sería el 26 de octubre. Le faltaban apenas dos meses para llegar a esa fecha: dos meses para soplar las velas, recibir presentes y seguir creyendo, como lo hacen los niños, llenos de ilusión.
Pero, Claudia murió antes. Falleció el 28 de agosto del 2000.
La neblina descendió temprano, como era habitual en La Uvita, un municipio del departamento de Boyacá, ubicado al norte de Bogotá, aproximadamente a seis horas por carretera. Su cercanía con el nevado del Cocuy, una de las cumbres más altas de la Cordillera Oriental de los Andes colombianos, hacía que el panorama estuviera marcado por el frío y la humedad. Aquella neblina no era solo un fenómeno natural: parecía una señal, como si quisiera advertir que algo estaba por suceder. Cubrió los tejados y se aferró a las fachadas de las pequeñas casas del pueblo, como si alguien hubiera decidido cubrirlo en una sábana blanca, inmóvil y silenciosa.
Ese 28 de agosto del 2000, el frío no se percibía solo en la piel. Permanecía en el pecho, en el silencio de las calles, en la manera apresurada en que las puertas se cerraban más rápido de lo habitual y en el extraño ladrido de los perros, sin razón aparente, como si ellos también intuyeran lo que se avecinaba.
En La Uvita, cuando la guerra se acerca, el pueblo se detiene. Todos aprenden a respirar despacio. Nadie habla en voz alta. Las ventanas permanecen cerradas, las puertas no se abren y en la calle no hay preguntas. El aire del lugar tenía un aroma herbáceo, como si la montaña hubiera sido recién talada.
Claudia estudiaba en el Colegio Nuestra Señora del Pilar. Su madre, María Armida Montañez Mejía, la recuerda como "una niña dedicada, de las que solían estar entre los primeros puestos". Mantenía sus cuadernos limpios y ordenados, entregaba las tareas con dedicación y cuidaba sus útiles escolares.
En la Parroquia Inmaculada Concepción también era conocida. Asistía a catequesis y participaba en la Infancia Misionera, un grupo católico infantil que reúne a niños para actividades de formación y servicio.
En un municipio atravesado por el conflicto armado no hay edad que importe. Cuando empiezan los disparos, el peligro es el mismo para todos. La Uvita ya lo sabía. Mucho antes de ese día, el miedo se había instalado en sus calles. Los grupos armados eran una presencia real que se movía por las montañas y caminos pedregosos de la región. Su influencia se extendía desde zonas cercanas a Arauca, un departamento fronterizo con Venezuela, y se hacía sentir con fuerza en municipios vecinos como Chita, un pueblo ubicado en la cordillera Oriental, a poco más de una hora de La Uvita.
No eran solo amenazas, los hostigamientos se volvieron constantes. Siete veces el miedo entró disparando y siete veces el pueblo aprendió a esconderse. Una noche, las llamas llegaron hasta el Banco Agrario y consumieron el lugar, aunque el dinero no se lo pudieron llevar. Después ardió la alcaldía y con ella se fueron los papeles, registros y archivos: la historia escrita del municipio. Así lo recuerda Juan Galvis, habitante del pueblo. En la guerra no solo se pierden personas: también se queman documentos, se borran evidencias y lo único que queda es lo que la gente alcanza a contar.
Ese 28 de agosto, Claudia estaba con una compañera haciendo tareas. Eran dos niñas dentro de una casa, inclinadas sobre los cuadernos, compartiendo lápices, resolviendo ejercicios y lecturas. Todo parecía normal, como una tarde cualquiera en el pueblo. Pero la normalidad podía cambiar en cualquier momento.
Dentro de la vivienda, Claudia aún estaba a salvo. Las paredes le daban una ilusión de protección mientras afuera el pueblo se derrumbaba bajo el hostigamiento. Pero en medio del caos, la madre de su compañera tomó una decisión apresurada y la apartó de la vivienda.
Claudia salió sin tiempo para pensar, empujada por la urgencia del momento. En el instante en que dejó el refugio, quedó expuesta. No alcanzó a reaccionar ni a regresar. En plena huida, una bala la alcanzó. Cayó en una esquina muy cerca del parque principal, y su historia se detuvo ahí.
Una bala expansiva la alcanzó por la espalda. El daño interno fue devastador y la vida se le fue en segundos.
Su cuerpo quedó tendido sin que nadie pudiera acercarse a recogerla o auxiliarla. El hostigamiento aún seguía y el pueblo no era seguro. Claudia permaneció allí durante horas, incluso un día entero, expuesta en el mismo lugar donde cayó, hasta que la lluvia cubrió la escena con una frialdad que hacía aún más difícil entender lo ocurrido.
Mientras Claudia yacía en aquella esquina, en otra vivienda la vida seguía con una normalidad absoluta. Su madre, María, preparaba sopa de pasta sin imaginar lo que ocurría a pocos metros. Una veladora encendida, como de costumbre, acompañaba la cocina, y el fuego de la estufa sostenía la rutina.
En ese momento llegó Tirson, un compañero de Claudia. Corrió hasta la casa de los López Montañez. No era un adulto, era un niño. Y aun así tuvo que cargar con una tarea que no debería recaer sobre nadie de su edad: decirle a una familia que Claudia había muerto. No se sabe si lo hizo entre lágrimas, si alcanzó a formar frases completas o si las palabras se rompieron antes de salir. Tal vez solo bastó su mirada para que María entendiera lo que venía.
En ese instante la cocina cambió. La sopa siguió preparándose unos segundos más, pero algo en la casa se detuvo con ella, como si el aire se hubiera vuelto más pesado. El fuego que antes sostenía la rutina perdió fuerza, la veladora se consumía lentamente, y el silencio empezó a ocuparlo todo.
El dolor de una familia no ocurre una sola vez. Se repite como una escena que no sabe terminar. Luis Domingo López , el padre de Claudia, fue quien llegó hasta el lugar y se encontró con su hija. No fue solo verla sin vida: fue enfrentarse con la evidencia cruel de lo ocurrido, con una imagen que lo desbordó por completo. Una escena que ningún padre está preparado para comprender y mucho menos para recordar sin que le duela.
Han pasado 26 años. El pueblo cambió. Llegaron nuevas personas, crecieron nuevos niños, se formaron nuevas familias. La vida siguió transformándose. Las calles recuperaron sonidos y el parque volvió a ser un lugar cotidiano donde el día transcurre normalmente, sin pensar en lo que ocurrió antes. Pero la memoria no pesa igual en todos los uvitanos.
A María Montañez le cuesta hablar de su hija. No porque quiera el silencio, sino porque recordar es atravesar de nuevo lo que nunca dejó de doler. Hay heridas que no cierran: solo aprenden a vivir dentro de quien las carga. Rocío, una de sus hijas mayores, intenta sostener a su madre como puede. La acompaña y recuerda que su hermana sigue presente.
La esquina donde cayó Claudia tiene hoy una lápida blanca. No es un monumento grande ni una placa que detenga a los transeúntes. Es apenas una marca discreta en medio del pueblo, como si la memoria también tuviera que aprender a sobrevivir en silencio. Para quienes estuvieron allí, ese lugar sigue teniendo un peso que no se borra. Para otros, es solo una esquina más.
La Uvita ha intentado seguir adelante, como lo hacen los pueblos que han vivido la guerra: levantándose con miedo y caminando con ausencias que no desaparecen del todo. El costo, sin embargo, ha sido alto. No solo por la muerte de Claudia, sino por lo que vino después: la costumbre del dolor, la normalización de la violencia, el paso del tiempo que transforma la tragedia en un recuerdo borroso.
La historia de Colombia suele contarse en cifras, fechas y acuerdos; en nombres de grupos armados y mapas de control territorial. Pero ninguna estadística alcanza a explicar lo que significa para una madre que la vida se quiebre sin aviso, ni lo que implica que una niña, haciendo tareas, termine difunta por una bala perdida.
Colombia ha tenido niñas que se convierten en símbolo. En 1985, el país entero vio a Omayra Sánchez morir atrapada entre el barro y los escombros de Armero, tras la erupción del Nevado del Ruiz. Su rostro quedó grabado en la memoria nacional. Pero hay otras niñas que murieron lejos de las cámaras, sin titulares permanentes, sin un país mirándolas. Claudia fue una de ellas: no hubo lentes que la captaran ni micrófonos que recogieran el llanto de su madre. Solo una esquina, una lápida blanca y una familia que aprendió a cargar con lo que el país prefirió no ver.
Y mientras Colombia se acostumbra a la violencia y las nuevas generaciones crecen sin saber todo lo que ocurrió, las víctimas quedan enterradas dos veces: bajo la tierra y bajo el olvido.
Conoce más historias, productos y proyectos.