Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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25 de Abril de 2026 08:00
Lo encontré una tarde en el centro de Bogotá, sentado en una calle cerca de la Plaza de Bolívar. Es un hombre de piel morena oscura, con cabello afro muy rizado, corto en los lados y más voluminoso en la parte superior. Lleva una barba completa bien recortada, del mismo negro intenso que su cabello, que enmarca un rostro de facciones bien definidas: nariz ancha, labios gruesos y ojos oscuros que miran con intensidad reflexiva a través de unas gafas de montura fina y metálica.
Traía puesto un suéter negro grueso de tejido cableado, pantalones jeans azul claro ligeramente holgados, zapatillas verdes con detalles blancos y accesorios discretos pero presentes, como collares de cuentas de madera, pulseras y un reloj plateado, con una máquina de escribir antigua sobre las piernas y un cartel sencillo: “Poemas por limosna”.
Se llama Edward Guillén, un cesarense de Gamarra que llegó a esta ciudad hace años y decidió que la calle sería su oficina. Me senté a su lado, le pedí permiso para grabar y empezamos a hablar. Lo que salió de esa charla no fue solo una entrevista; fue como si él me estuviera dictando el retrato que ahora intento armar.
Empezó en agosto de 2021, después de ver a colegas en otras ciudades sentarse en la vía pública con una máquina y escribir versos a pedido. “Mi mayor desafío en términos materiales es tratar de sobrevivir a punta de palabras en un mundo donde se lee poco”, me dijo Edward con esa calma que tiene, como si el ruido de buses y vendedores ambulantes no le llegara del todo. Desde entonces la gente se acerca, le cuenta un pedazo de su vida, un amor que duele, una ansiedad que no suelta, un “feliz cumpleaños” para la mamá, y en pocos minutos él teclea algo personal e íntimo. Lo recita en voz alta con calma y, si les gusta, dejan el dinero que pueden o quieren. No es caridad disfrazada, es un trueque honesto.
Lo que más me impactó fue cómo describe esa confianza repentina. “A mí me parece sorprendente el hecho de que las personas se abran y sientan la comodidad de contarme sus intimidades, cosas que muchas veces no se les dicen a los amigos ni a la familia”, me dijo. En dos o tres minutos tiene que captar el sentimiento y devolverlo en versos, poniéndose en la piel del otro como si en ese instante fuera la persona que más ama o más sufre del mundo.
Los temas se repiten: amor, desamor, la incertidumbre del vivir, y esa ansiedad y depresión que marcan a toda una generación. Pero él no se queda con nada de eso. “No, hombre, yo siento que me costó un tiempo comprender que lo que hago aquí se queda aquí” —Explicó—“Procuro que no me cargue el dolor de nadie, soy empático y comprensivo, pero esos dolores no son míos”.
Cuando escribe para sí mismo es distinto. Hay paciencia, libertad, se mete en su inconsciente, en su historia. En la calle todo es urgencia, pero esa urgencia lo obliga a ser preciso. Creció en Gamarra, a orillas del Magdalena, en un pueblo de puertas abiertas y río, con una infancia feliz. Llegar a Bogotá fue duro: soledad, agua fría, extrañar a la mamá. Pero lo ve como lo mejor que le pasó, aquí dos profesores le abrieron los ojos a la literatura de verdad.
Su mamá es “un ser infinito y cósmico”, dice, de esos que, con dos o tres palabras, te quitan cualquier peso de encima. De su tía Mercedes heredó el gusto por contar historias, la riqueza oral. La familia siempre lo dejó ser: cuando les dijo que quería ser escritor, ella contestó: “Bueno, que Dios y la Virgen se lo concedan”. Siente orgullo de ellos, y ellos de él.
La gente que se acerca a él en la calle, o los que han terminado convirtiéndose en amigos después de un poema, suelen coincidir en lo mismo. Edward transmite una tranquilidad que invita a abrirse sin miedo. Una amiga que lo conoció haciendo rutas por el centro, comentó que es de esas personas reflexivas con las que se puede hablar de todo; de música, de letras, de la vida misma. A veces, de la nada, recita o cita un verso que parece caerle perfecto al momento, y eso hace que la conversación fluya sin esfuerzo. Se siente muy cómoda con él, como si el tiempo se detuviera un poco cuando charlan.
Un recuerdo que ella guarda con cariño es la primera vez que se sentaron a hablar de verdad. Conversaron por horas sin darse cuenta, luego caminaron por las calles de La Candelaria, y le compraron un sancocho a una señora que pasa vendiendo por la zona para compartirlo como almuerzo improvisado. Ese gesto, simple pero atento, dice mucho de cómo es visto: no solo como un poeta que regala palabras, sino como alguien que escucha, comparte y hace que el otro se sienta visto y acompañado en medio del bullicio urbano.
Vive del arte en un lugar donde se lee poco. Salió de la casa de sus papás a inicios de 2020, paga arriendo, estudia Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Pedagógica, apuesta todo a las palabras. La frustración viene incluida. Me citó algo que leyó: “Si puedes vivir sin escribir, no lo hagas”. Si crear es necesidad vital, hay que seguir, aunque duela.
Sueña con publicar “la gran obra”, esa pieza que sería su legado definitivo, algo que tal vez llegue cerca de la muerte, después de toda una vida dedicada a las palabras. No tiene prisa; para él escribir es un camino largo, sin atajos ni finales apresurados. Esa idea lo mantiene en movimiento, más que cualquier reconocimiento o premio que pudiera llegar antes.
Tiene varias novelas empezadas, guardadas en cuadernos o archivos que van acumulando polvo y tiempo. Ninguna ha llegado al punto final, pero no las considera fracasos: son procesos que simplemente esperan su momento. Sabe que algún día volverá a ellas, cuando sienta que el ritmo y las palabras están listos para cerrarse.
La inteligencia artificial no le genera ninguna inquietud. Para él, la poesía conserva intacto su lugar como refugio y como canal de emociones que ninguna máquina puede tocar de verdad. Puede imitar formas, pero no siente ni vive lo que un verso transmite cuando sale de alguien que está vivo, sufriendo o amando. Eso lo tranquiliza y le confirma que su oficio sigue siendo profundamente humano.
Para quien quiera escribir poesía, no da recetas. “Cada uno encuentra su camino agudizando el alma, como un juglar vallenato aprende a tocar el acordeón: con el corazón”.
Edward vive enamorado de la vida, de los amigos, de la cerveza, del billar, de leer poesía, de la historia y de la música. En la calle, su máquina sigue tecleando refugios breves para extraños. Un verso por limosna, un instante de alivio. Y yo, que lo escuché esa tarde, me di cuenta que en medio del caos bogotano, hay personas como él que todavía creen que las palabras pueden sanar, aunque sea por un rato.
Después de hablar tanto de su rutina, quise ver cómo era en acción. Al terminar la charla, le pedí que me escribiera un poema para alguien especial. Me quedé ahí sentado, observándolo como si estuviera presenciando algo que no se repite todos los días.
Agarró una hoja limpia, la metió en la máquina con ese cuidado que tienen los cirujanos en una operación. Alineó el borde, sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió con una sola mano y dio una calada larga mientras el humo empezaba a subir despacio.
Ahí fue cuando sus dedos tocaron las teclas. Tecleaba rapidísimo, un ruido seco y constante, como si las letras salieran disparadas. Mientras escribía, movía la mano libre hacia arriba, como si estuviera jalando palabras del aire o pidiéndole permiso al cielo de la ciudad.
Justo cuando el cigarrillo se consumió hasta el filtro, terminó. Lo apagó contra el suelo con la punta del zapato, sacó la hoja de un tirón suave y me preguntó el nombre de la persona. Luego, con voz tranquila pero firme, me ofreció leerlo en voz alta. Lo hizo despacio, marcando cada coma, cada respiro, como si el poema todavía estuviera respirando. Al final me lo entregó doblado con cuidado. Y volvió a acomodarse, esperando al siguiente que pasara.
Ese momento me dejó claro que no es solo teclear palabras, es un ritual corto pero intenso. El humo, los gestos, la velocidad, la entrega. Edward no inventa al azar; atrapa algo que está en el aire y lo plasma en el papel antes de que se escape. Me fui de ahí con el poema en el bolsillo y la sensación de que, en medio del desorden del centro de Bogotá, hay un tipo que todavía hace que las palabras pesen de verdad, aunque sea por unos minutos.
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