Una vida entre el oro verde y el olvido

1 de Mayo de 2026 12:00

Foto de Silvia en su residencia
Por: Marcela Peña
8 Min

Santiago Guzman Pena
Periodista Periodista
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Silvia sabía que era un televisor. Lo miraba con atención, como quien intenta resolver un acertijo sencillo. Sabía para qué servía. Sabía que estaba frente a una pantalla. Pero cuando intentaba decir la palabra, no salía. A veces decía “gato”. A veces “caballo”. La idea estaba intacta; el lenguaje no.

Tenía poco más de 62 años cuando los médicos empezaron a hablar de un deterioro progresivo del lenguaje. Al principio pensaron en alzhéimer. Después el diagnóstico se afinó: afasia primaria progresiva. Entendía lo que le decían. Reconocía rostros, objetos, espacios. Pero su cerebro comenzaba a desconectar el pensamiento de la palabra. Y lo más difícil era que ella lo sabía, sabía que algo se estaba rompiendo.

No era ignorancia ni simple olvido. Era la experiencia consciente de perder el acceso a su propia voz. El puente entre lo que pensaba y lo que lograba decir empezaba a fracturarse. Durante cuatro años asistió a terapias ocupacionales y físicas. Intentó sostener lo que se desmoronaba con la misma disciplina con la que había sostenido otras crisis. A diferencia de otros pacientes con deterioro cognitivo, no se volvió agresiva. Se mantenía altiva, consciente, incluso cuando la emisión del lenguaje era casi nula. Entendía todo. Pero el puente hacia la expresión estaba roto. Era una desaparición lenta; sin embargo, esa no era la primera vez que algo intentaba borrarla.

Silvia nació el 28 de abril de 1942. Fue la segunda de ocho hermanos en una familia tradicional, marcada por la figura de un padre serio y autoritario, propio de una época profundamente machista. Desde niña se distinguió por no encajar del todo. No era conflictiva, pero tampoco sumisa. En el internado del colegio del Rosario, en Bogotá, acumuló llamados de atención por no adaptarse a la rigidez de las normas. Se escapaba por el tejado cuando necesitaba salir. Encontraba maneras de ver a su novio cuando en casa no lo aprobaban. Una tapita de cerveza en la ventana era la señal. La iglesia, el único punto seguro.

Había en ella una combinación de terquedad y creatividad que no desapareció con los años. Esa capacidad de buscar salidas se convertiría en su herramienta más constante. Antes de la gran tragedia, ya había conocido el dolor. Perdió a su primer hijo recién nacido por un parto mal atendido. Fue una muerte abrupta, sin tiempo para entenderla. Años después, mientras estaba en trabajo de parto de su tercera hija, murió su padre. Aprendió a vivir con la pérdida sin permitir que la pérdida la paralizara.

El 7 de diciembre de 1980 marcó el antes y el después. Su esposo, vinculado al mundo de las minas de esmeraldas en Muzo, Boyacá, un entorno donde el dinero circulaba con la misma intensidad que las rivalidades, fue asesinado por un supuesto amigo. Ese día no solo perdió al hombre con quien había construido su hogar. Perdió estabilidad económica, seguridad y respaldo legal.

Pero lo más fuerte es que la violencia no terminó con el asesinato. Continuó en los trámites, en la desprotección legal, en las propiedades que no estaban a su nombre, en las deudas inesperadas. Continuó en el machismo de una época donde a una mujer se le exigía fortaleza, pero no se le daban herramientas. Continuó en la sensación de que el futuro que había imaginado simplemente dejó de existir.

Descubrió que muchas propiedades estaban únicamente a nombre de él. Descubrió deudas que no conocía. Descubrió que los bienes acumulados durante años podían desaparecer en cuestión de meses. Pasó de una vida de abundancia, con fincas, caballos y carros, a sostenerse únicamente con su salario como profesora de bajo escalafón.

Tenía tres hijas pequeñas: una de seis años, otra de cuatro y una de apenas un año. Tomó una decisión silenciosa: no alarmarlas.

No podía permitir que el miedo definiera también su infancia. No podía trasladarles la magnitud del riesgo que enfrentaban. Así que reorganizó su vida sin convertir la casa en un espacio de angustia. Administró intereses, créditos del ICETEX y cada peso disponible. Amplió su jornada. Después de dar clases, vendía ropa, maquillaje, hacía colaciones. Impulsó en su colegio una cátedra vocacional donde se enseñaba panadería, elaboración de escobas y traperos, generando ingresos adicionales. Estudió para profesionalizarse y subir de categoría en el distrito. Hizo un posgrado en educación sexual. Vendió el carro que le había quedado para financiar la carrera universitaria de su segunda hija.

Sacó adelante a sus tres hijas. Una estudió secretariado bilingüe, otra estudió medicina y otra microbiología industrial. Lo hizo sin rehacer su vida sentimental. Decía que su prioridad era ellas. Nunca permitió que pasaran hambre. Nunca permitió que abandonaran sus estudios. No hablaba de resiliencia. Practicaba una administración estratégica de la precariedad.

La violencia le arrebató el presente: su esposo, su estabilidad inmediata, su estructura económica. Pero no logró arrebatarle la capacidad de reorganizar su mundo. Cuando parecía que la etapa más dura había quedado atrás, comenzó la segunda forma de pérdida.

Los primeros signos fueron sutiles: cambios de humor, desconfianza, pequeñas confusiones. Luego el lenguaje empezó a fragmentarse. Podía pensar con claridad, pero no podía traducir el pensamiento en palabras. Sabía que estaba perdiendo algo esencial. Y nuevamente intentó proteger a sus hijas del peso completo de esa realidad. Restaba importancia a los errores. Sonreía cuando confundía palabras. No quería que la vieran como alguien que se estaba apagando.

Pero el deterioro avanzaba. Si la violencia le había arrebatado el futuro inmediato, el olvido comenzó a arrebatarle el pasado. Los recuerdos se fragmentaban. Las palabras se diluían. El lenguaje, esa herramienta que organiza la identidad, empezaba a apagarse.

Sin embargo, algo permanecía. Silvia nunca dejó de ser la mujer que buscaba salidas. Incluso en la enfermedad, había momentos de lucidez mientras tejía. Sus manos parecían recordar lo que su lengua olvidaba. Aceptó su deterioro como aceptó cada pérdida anterior: sin espectáculo, sin victimismo, con disciplina.

Su vida estuvo atravesada por dos fuerzas implacables. Primero, la violencia externa que la dejó sola en un sistema desigual. Después, el olvido interno que comenzó a borrar su memoria y su voz. Dos formas distintas de desaparición.

Pero ninguna logró reducirla completamente, porque su trascendencia no está en la tragedia que vivió, sino en la forma en que respondió a ella. En la decisión de reorganizar su vida cuando todo parecía perdido. En la dignidad con la que enfrentó el deterioro de su propia mente. En la huella concreta que dejó en sus hijas, en sus nietos, en quienes la conocieron.

Silvia fue una mujer común enfrentando circunstancias extraordinarias. Perdió un hijo, perdió a su padre, perdió a su esposo, perdió bienes, perdió palabras. Pero nunca perdió la voluntad de seguir.

Y quizá esa sea la verdadera memoria que permanece: la de una mujer que, incluso cuando el olvido comenzó a borrar su voz, ya había dejado una historia imposible de borrar.

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