Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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11 de Abril de 2026 14:18
“Aquí escuchamos, juzgamos y nos burlamos”. Esa es la primera frase que recibe al visitante cuando entra al hogar de Humberto Huertas, ubicado en un edificio que no es nuevo, pero tampoco parece abandonado. Está en uno de esos conjuntos residenciales bogotanos que han visto pasar varias décadas y personas sin perder su ritmo cotidiano. Las escaleras llevan al segundo piso. No hay ascensor. Solo los peldaños de una construcción que a la vista tiene historia, y que llegan a una puerta blanca.
Esta se abre y lo primero que se ve es el tapete que, en letras claras, dice esa frase que parece una variación irónica de una expresión muy común entre los jóvenes en redes sociales, escrita con el humor tranquilo de alguien que no teme mostrar su forma de ver el mundo.
Después aparece Humberto. Saluda con una amplia sonrisa. Lleva gafas de montura delgada, barba blanca bien recortada y el cabello corto, entrecano. Su rostro tiene la expresión tranquila de alguien acostumbrado a observar más de lo que habla. Sus movimientos son pausados y precisos.
A su lado está su esposa, Luisa Fernanda Torres, actualmente directora de un colegio, una mujer de memoria exacta y mirada atenta que, como se descubrirá después, conoce muchos detalles de la historia de Humberto, incluso me atrevería a decir que mejor que él mismo.
Antes de comenzar la entrevista, ofrecen un tintico, ese combustible esencial de cualquier reunión colombiana. El apartamento se va revelando poco a poco. A la derecha se ve un perchero lleno de sombreros, tal vez unos 11 o 12, y un pequeño comedor. A la izquierda, las paredes están cubiertas de cuadros. Muchos de ellos han sido pintados por Humberto o por Luisa. Entre las pinturas hay figuras budistas, elefantes tallados y pequeños objetos decorativos que sugieren un interés espiritual, que va más allá de lo estético.
Más adelante hay una salita pequeña. Sobre la mesa de centro hay fotografías familiares: Humberto y Luisa en distintos momentos de su vida, hijos, viajes, celebraciones. Al lado, en una mesita, descansan tres cámaras de video antiguas. Están ahí como piezas de memoria y decoración. Una de ellas, incluso, fue convertida en lámpara. En lugar de lente tiene un bombillo.
La entrevista ocurre en su oficina. Allí, frente a dos monitores encendidos y rodeado de discos duros, cables y pequeños parlantes, Humberto se sienta frente al computador. En una de las pantallas hay un programa de edición lleno de líneas de colores que representan video, sonido y música. El ambiente recuerda más a un estudio de montaje que a una oficina doméstica.
Desde allí comienza a contar su historia, la cual empezó mucho antes de que existieran los programas de edición digital. La relación de Humberto con las imágenes comenzó en 1968, cuando tenía apenas once años. Mientras otros niños se limitaban a ver televisión, él quería entender cómo funcionaba aquella caja mágica que mostraba dibujitos. Su curiosidad, después de muchos años, lo llevó a aprender el oficio desde abajo en el noticiero Noticolor.
Allí aprendió a revelar, cortar y pegar película. “En esa época todo era físico”, recuerda mientras señala uno de los monitores de su estudio. “No era solo ver la imagen, era tocarla”.
Ser editor en los años setenta y ochenta era un trabajo artesanal. Las películas se revelaban manualmente, las cintas se cortaban con tijeras y los fragmentos se pegaban con cinta adhesiva. Se trabajaba en moviolas y máquinas de edición lineal donde no existía la posibilidad de deshacer un error, ya que cada corte era definitivo.
Para Humberto, ese proceso manual fue una escuela de narrativa. Allí entendió que un editor no solo corta imágenes, sino que decide cómo se cuenta la historia. Decide qué plano aparece primero, cuál se queda y cuál se va.
En Noticolor coincidió con una generación de periodistas que, con el tiempo, se convertirían en figuras influyentes del periodismo colombiano, entre ellos Daniel Coronell y Félix de Bedout.
Durante décadas, Humberto trabajó en algunos de los noticieros más importantes del país, como el Noticiero de las Siete, el Noticiero Nacional, NTC Noticias y posteriormente, Noticias RCN. Desde la sala de edición fue testigo de algunos de los momentos más intensos de la historia reciente de Colombia: el holocausto del Palacio de Justicia, el asesinato de Luis Carlos Galán y los años más violentos de la guerra contra el narcotráfico.
El editor rara vez aparece en pantalla, pero es quien decide el ritmo de lo que el público verá. Humberto explica que es, en cierto sentido, un narrador invisible.
Aquellos años estaban marcados por la adrenalina de la noticia inmediata y por lo que en las redacciones se conoce como el “síndrome de la chiva”: la presión constante por ser el primero en contar una historia. Humberto recuerda esa época con una mezcla de nostalgia y autocrítica. “El síndrome de la chiva ha existido siempre. Tú tienes la información y la quieres sacar primero que todo el mundo. Esa es la sangre del periodismo. Pero con esa inmediatez uno comete errores, y los comete a montones”, argumenta con seguridad.
Entre risas cuenta uno de los errores más recordados de su carrera: haber dado por muerto al papa Juan Pablo II una semana antes de que realmente falleciera. “Eso pasa por querer salir primero—”, dice—. “Por la presión de la inmediatez ”.
Sin embargo, su ética profesional siempre fue una brújula clara. Para él, el editor es el último filtro de la verdad, el responsable de decidir qué es información y qué es simplemente morbo.
Ese mismo perfeccionismo lo llevó muchas veces a involucrarse directamente en las historias que editaba. Cuando trabajó en el programa Colombia Oculta, un proyecto dedicado a explorar lugares poco conocidos del país, decidió que no quería limitarse a observar el material desde la superficie. Tomó un curso de buceo; quería bajar él mismo con la cámara a documentar lo que ocurría bajo el agua.
En una de esas expediciones descendió en la laguna de Guatavita junto con el periodista Félix de Bedout. Tenían apenas tres minutos para grabar antes de que la presión de la altura pudiera provocar problemas graves por el nitrógeno acumulado en la sangre.
Ese tipo de decisiones dice mucho sobre su carácter. Humberto no es un editor que se conforma con mirar desde lejos. Si una historia le interesa realmente, prefiere salir él mismo a buscarla.
Desde la habitación contigua, Luisa Fernanda interviene de vez en cuando para corregir fechas, nombres o detalles que a Humberto se le escapan. “Ella se acuerda de todo lo que yo no recuerdo”, dice él con una sonrisa.
La relación entre los dos comenzó mucho antes de este apartamento lleno de pinturas, cámaras antiguas y recuerdos compartidos.
Luisa recuerda con precisión varias etapas de la vida personal de Humberto. “Humberto se casa en el año 78 y tiene tres hijos. Se separa en el 98, se casa de nuevo en el 2000, queda viudo en el 2005, vuelve a tener una relación en el 2007 y termina la relación en el 2014, más o menos. Y nos encontramos después de 40 años (de conocernos) en el 2020”, cuenta.
Pero en realidad se conocían desde mucho antes. Su primer encuentro ocurrió en un lugar poco común: el Instituto de Asuntos Nucleares, donde Luisa trabajaba como química investigadora. En ese momento el instituto necesitaba realizar un estudio sobre radiación en un reactor nuclear experimental que existía en Bogotá. Para hacerlo requerían buzos capaces de sumergirse en la piscina del reactor, algo poco común debido a la altura de la ciudad.
"En Colombia solamente había cuatro buzos de altura”, recuerda Luisa. Entre ellos estaban Humberto y el documentalista Roberto Triana. “El instituto solicitó que fueran a bucear allá. Les pusimos un aparatito para medir la radiación mientras buceaban, ahí fue cuando nos conocimos”, dice Luisa.
En ese momento cada uno siguió su propio camino. Durante décadas mantuvieron vidas distintas, aunque compartían amigos en común. Solo muchos años después volvieron a encontrarse. “Nos reencontramos cuando yo había terminado una relación bastante larga y él también estaba soltero… y ahora sí decidimos casarnos”, dice. Finalmente se casaron en 2022.
La dinámica entre los dos revela algo esencial. Aunque Humberto ha sido el rostro profesional detrás de muchas historias, su vida personal ha sido construida junto a ella. Ambos pintan cuadros, ambos decoran la casa y ambos han convertido su hogar en una mezcla de estudio creativo, galería y archivo de memoria compartida.
Con el paso de los años, la vida de Humberto también tomó un rumbo espiritual inesperado. Después de una infancia marcada por una educación religiosa tradicional, encontró en el budismo una manera distinta de entender el mundo.
En distintos rincones del apartamento se ven figuras de Buda, símbolos espirituales y pequeños objetos que reflejan esa búsqueda interior. Según cuenta, durante muchos años tuvo una pesadilla recurrente en la que una figura similar a un león lo perseguía en sueños. Décadas después, al acercarse al budismo, descubrió que esa figura era prácticamente idéntica a Mahakala, una deidad protectora dentro de esa tradición espiritual. Después de recibir lo que en el budismo se conoce como “el refugio”, la pesadilla desapareció. Hoy habla de la espiritualidad con naturalidad. Para él, Buda, Cristo y otras figuras religiosas forman parte de un mismo camino de comprensión.
Cuando se le pregunta cuál es el proyecto que más guarda en su memoria, no menciona ninguno de los grandes noticieros ni de los acontecimientos históricos que editó durante décadas. Recuerda, en cambio, un documental mucho más temprano en su carrera. “El proyecto que más guardo en mi corazón es una cosa llena de errores”, dice entre risas. “Fue un documental que hicimos cuando empezaron a registrarse los primeros avistamientos de ballenas en Colombia. Se llamó Gorgona de las jorobadas”.
El documental narraba de manera sencilla la llegada de las ballenas jorobadas a las aguas del Pacífico colombiano y los primeros esfuerzos por registrar su presencia alrededor de la isla Gorgona. Para Humberto, ese proyecto marcó un punto de inflexión en su manera de entender el audiovisual.
“Fue el primer documental que hice pensando en salirme del esquema tradicional de las noticias. La noticia se dio en ese momento, pero Gorgona fue fundamental para que se marcara el carácter de lo que quería hacer durante la vida”, recuerda.
Años después, ese impulso por contar historias con más profundidad sería el que lo llevaría definitivamente al mundo del documental.
Desde 2016, Humberto se alejó de los noticieros para dedicarse a sus proyectos documentales independientes. Ahora, dice, que prefiere trabajar en “películas con fondo”, historias que le permitan explorar con más calma la dimensión humana de los temas que filma.
Uno de esos proyectos recientes, realizado para la Escuela Penitenciaria Nacional del INPEC, le valió el Premio Iberoamericano de Derechos Humanos Óscar Arnulfo Romero. “No se trata de mostrar la reja”, explica. “Se trata de mostrar al ser humano”.
Hoy, a sus 69 años, Humberto Huertas parece un hombre en paz. Su barba blanca, su cabello cano peinado hacia atrás y las pulseras de cuentas en sus muñecas reflejan la imagen de alguien que ha decidido vivir bajo sus propios términos. Sin embargo, frente al computador, su mirada conserva la misma concentración de siempre.
Al terminar la conversación, las pantallas de su estudio siguen encendidas. En ellas hay abiertos programas de edición con material audiovisual en proceso de convertirse en una historia completa. Es fácil imaginar que, después de cerrar la puerta, Humberto volverá a sentarse frente al monitor para revisar otro proyecto, buscar otro plano, decidir otro corte.
Después de más de cinco décadas frente a las imágenes, sigue haciendo exactamente lo mismo que aprendió cuando era apenas un niño curioso frente a la caja mágica de muñequitos: mirar, escuchar y entender que, a veces, la manera en que un país recuerda su propia historia depende del lugar exacto donde alguien decidió hacer un corte en la cinta.
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