Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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22 de Mayo de 2026 13:00
Juan Carlos González creció en Cali, en el barrio Obrero, un entorno popular donde gran parte de la vida transcurría en la calle entre juegos y amistades de barrio. Fue precisamente en ese ambiente donde comenzó su primer acercamiento al mundo taurino. Uno de sus amigos era hijo del banderillero José Tulio Rebolledo y gracias a esa relación, empezó a tener contacto con el ambiente de las corridas. A veces los acompañaba a repartir volantes que anunciaban novilladas y eventos taurinos en la ciudad.
En una de esas jornadas recibió un boleto para entrar a una corrida de toros, al presenciar lo que ocurría dentro del ruedo, algo cambió para él. Lo que hasta ese momento había sido curiosidad infantil empezó a convertirse en interés real. Desde entonces comenzó a frecuentar la plaza, observando con atención la técnica de los toreros, el comportamiento del toro y la dinámica del espectáculo. Poco a poco ese mundo dejó de ser solo algo que veía desde la grada y empezó a convertirse en un posible camino de vida.
Ese interés lo llevó, en 1979, a tomar una decisión que marcaría su futuro: ingresar a la delegación taurina como aspirante. En ese momento su objetivo era convertirse en novillero, el primer escalón para quienes buscan llegar a ser matadores. Durante varios años entrenó y participó en el ambiente taurino, compartiendo espacio con otros jóvenes que tenían el mismo sueño. Sin embargo, con el tiempo comprendió que el camino dentro del ruedo podía tomar otra dirección. La fuerte competencia dentro del novillerismo lo llevó a replantear su lugar en la tauromaquia y optar por el rol de banderillero o subalterno aspirante. Este papel, aunque menos visible que el del matador, es fundamental dentro de la corrida, ya que los subalternos son quienes enfrentan al toro en momentos clave y ayudan a preparar el desarrollo de la lidia.
El proceso para profesionalizarse fue largo y exigente. Juan Carlos pasó alrededor de cinco años como aspirante, participando en numerosos sorteos dentro del circuito taurino y acumulando experiencia dentro del ruedo. Esa etapa fue una escuela de disciplina, paciencia y perseverancia. Finalmente, en 1989, logró convertirse en banderillero profesional en Cali, un momento que representó la culminación de años de esfuerzo. A partir de entonces comenzó una carrera dentro del mundo taurino que se extendería por más de una década. Su trabajo consistía en entrar primero en contacto con el toro, evaluar su comportamiento y preparar el terreno para el matador. Era una labor que exigía técnica, rapidez y una gran capacidad para reaccionar ante situaciones imprevisibles.
Su carrera como banderillero se desarrolló entre 1989 y 2003, años en los que vivió intensamente la dinámica del mundo taurino. Durante ese tiempo participó en diferentes corridas y construyó su trayectoria dentro del ruedo. Sin embargo, su vida dio un giro cuando fue diagnosticado con linfoma, un tipo de cáncer que lo obligó a detener su actividad profesional. El tratamiento fue largo y exigente, incluyendo siete sesiones de quimioterapia y ocho de radioterapia. Este proceso marcó el final de su etapa, como banderillero activo. A pesar de la dureza de la enfermedad, Juan Carlos ha señalado que enfrentó esa situación con determinación, entendiendo que su relación con la tauromaquia no necesariamente debía terminar con el abandono del ruedo.
Después de esa etapa comenzó una nueva fase de reflexión sobre su lugar dentro del mundo taurino. Durante años había vivido la tauromaquia desde la acción directa, pero ahora debía encontrar otra forma de mantenerse vinculado a ella. Fue entonces cuando empezó a mirar con mayor atención el contexto que rodea al toro bravo: las ganaderías, el trabajo de los criadores y la cultura rural que sostiene esta tradición. Comprendió que gran parte de ese mundo permanece invisible para muchas personas que solo conocen la tauromaquia a través de lo que ocurre en la plaza. Esa reflexión se convirtió en el punto de partida de un proyecto que buscaba precisamente mostrar ese otro lado de la tradición taurina.
Así nació en 2009 La Ruta del Toro Colombia, una iniciativa creada para acercar a los aficionados al mundo de la tauromaquia desde adentro, que se viera el esfuerzo que nadie tiene en cuenta antes de que el toro llegue a la plaza, ese proceso de tantos años y con una vigencia indescriptible. La idea era permitir que las personas conocieran de primera mano cómo se cría el toro bravo, cómo funcionan las fincas ganaderas y cuál es el contexto cultural que rodea esta actividad. A través de recorridos, encuentros y visitas a ganaderías, el proyecto comenzó a reunir a un grupo de personas interesadas en entender la tauromaquia desde su origen, no solo desde el espectáculo. La Ruta del Toro se convirtió así en una forma de conectar a los aficionados con el territorio donde realmente comienza la historia del toro.
Sin embargo, mantener este proyecto activo no ha sido un proceso sencillo. La Ruta del Toro enfrenta diversas problemáticas que reflejan el contexto actual de la tauromaquia en Colombia. Una de las principales dificultades es la reducción progresiva de espacios para la actividad taurina, ya que en los últimos años varias ciudades han restringido o eliminado corridas de toros. Esta situación afecta indirectamente a iniciativas como La Ruta del Toro, porque disminuye el interés general del público y reduce la visibilidad de todo el sector. En un ambiente donde el debate público sobre la tauromaquia suele ser intenso, proyectos culturales relacionados con el toro también deben enfrentar críticas y cuestionamientos constantes.
A estas dificultades se suma también el desconocimiento que muchas personas tienen sobre el mundo del campo bravo. Juan Carlos ha señalado en diferentes ocasiones que gran parte de la discusión sobre la tauromaquia se produce sin que las personas conozcan realmente cómo funcionan las ganaderías o cuál es el proceso de crianza del toro. Para La Ruta del Toro, esto representa un desafío importante, porque una de sus tareas principales es precisamente explicar ese contexto cultural y rural que muchas veces permanece invisible. Convencer a nuevas personas de participar en estas experiencias implica no solo promover actividades, sino también generar espacios de diálogo y comprensión.
Otro reto importante tiene que ver con las limitaciones logísticas y económicas propias de un proyecto independiente. Organizar visitas a ganaderías, coordinar recorridos y mantener una comunidad activa requiere recursos y una planificación constante. A diferencia de grandes organizaciones culturales, iniciativas como La Ruta del Toro dependen en gran parte del esfuerzo personal de quienes las impulsan y del interés de los aficionados. Esto obliga a trabajar de manera permanente para sostener el proyecto, encontrar nuevas formas de participación y mantener viva la conexión entre el público y el campo bravo.
A pesar de estos desafíos, Juan Carlos continúa desarrollando La Ruta del Toro con la intención de preservar una tradición que ha marcado su vida desde la infancia. Su historia reúne varias etapas: la del niño que descubrió el mundo taurino en las calles del barrio Obrero, la del joven que ingresó a la delegación taurina en 1979, la del banderillero profesional activo entre 1989 y 2003, y la del gestor cultural que desde 2009 trabaja por acercar a las personas al campo bravo. Entre esas etapas se construye un recorrido personal que refleja tanto la transformación de su propia vida como los cambios que enfrenta la tauromaquia en la actualidad. Para él, La Ruta del Toro no es solo un proyecto, sino una forma de mantener vivo un vínculo con el mundo que definió gran parte de su historia.
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