Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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15 de Mayo de 2026 13:30
El 27 de noviembre de 1989, Pablo Escobar, el capo más grande de todos los tiempos, atentó contra el vuelo 203 de Avianca. El avión explotó mientras sobrevolaba Soacha, dejando 110 personas muertas, tragedia que marcó la historia de violencia en Colombia como ninguna otra. Pero no sólo manchó la vida de una gran cantidad de colombianos, sino que también vistió de luto a la música nacional.
Gerardo Arellano Becerra, el tenor más importante en la historia del Valle del Cauca, estaba en el avión. El artista iría rumbo a Cali para después ir a su amada Buga y reunirse con su familia y cantar con el Coro Arellano Becerra. El motivo sería una misa por su difunto padre, Alfonso Arellano, quien habría fallecido el mismo día que Gerardo. Hay que entender que voces como las de Arellano son difíciles de encontrar, pero, para llegar a conseguir la trayectoria tan importante que tuvo, su camino no fue fácil. Su voz de tenor y gran carisma lo llevaron a ser el artista que fue, pues Arellano cantaba con el alma y, sobre todo, con amor.
La familia Arellano Becerra, quienes residían en Buga, un municipio tranquilo en el Valle del Cauca, eran conocidos como “los cantorcitos de Buga”, pues se sabía que, si nacías en esta familia, la música ya estaría en tus venas. La madre del cantautor bugueño enseñó musicalmente a sus hijos con ritmos andinos, pues el sonido de la patria era importante llevarlo como una impronta. Además de eso, trataba de enseñarles su gusto por sonidos más internacionales, como el bolero o la ópera. La mayoría eran conocidos por ser excelentes cantantes, pero ninguno pudo hacerlo como Gerardo, pues contaba con un estilo de canto tenor.
Arellano dejó Buga para perseguir sus sueños como cantante. Inició sus estudios en la Universidad Nacional de Colombia, donde se destacó como solista de la estudiantina de la propia universidad. De ahí migraría a Italia y se graduaría con honores en el Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán, una de las más prestigiosas instituciones de música en Italia. Además, habría tenido la oportunidad de cantar en La Scala de Milán, una prestigiosa academia de artes escénicas y uno de los teatros más importantes de Europa.
Su paso por el antiguo continente fue más que exitoso; sin embargo, el maestro tenía otros planes en mente: sentía que tenía una deuda artística con el país que le había dado todo, su tierra, Colombia. Al volver de Italia, empezó a trabajar en distintos proyectos locales en Bogotá y en Buga, tales como el Trío Joyel, el Grupo Coral Ballestrinque o el Coro Arellano Becerra, un grupo de cantantes formado por sus padres. Para ese entonces, sus trabajos más importantes habían sido en la Fundación de Arte Lírico, donde su dulce voz lo haría protagonista y lo elevaría aún más, llegando a la Compañía Nacional de Ópera, donde sus interpretaciones de géneros clásicos, como solista y voz principal de la organización, fueron muy aplaudidas.
Su voz única fue partícipe de distintas sinfónicas alrededor del país, como la del Valle del Cauca, Antioquia, Colombia y la Filarmónica de Bogotá, siendo esta la más prestigiosa de la capital. Debido a su claro entendimiento del mundo artístico, Gerardo conocería personas muy influyentes, no sólo músicos, sino empresarios que empezaban a ver una oportunidad en el talento colombiano y que el artista vallecaucano podría ser una pieza clave para potenciar la inversión en la música. Gracias a esto, sería miembro fundador de los Coros Estables del Instituto Colombiano de Cultura y cantante en las temporadas de ópera en el Teatro Colón de Bogotá desde el año 1977 hasta 1985. Este sería un punto de inflexión muy alto en su carrera, pues el maestro ya no sería un cantante más y sería el motivo por el que muchas personas asistían a estos escenarios.
El 1 de enero del año 1982, el intérprete se iría de fiesta por Colombia, no literalmente, sino de manera metafórica. Ese sería el nombre de su primer álbum como solista. En esta obra maestra reuniría las figuras más respetadas de la música colombiana del momento. Junto a Fernando “El Chino” León, se reunían en el barrio Chapinero de Bogotá con distintos instrumentistas, compositores e intérpretes, y de esa manera editaron este álbum al inicio de aquel año 1982, donde resonaron sonidos característicos del bambuco, el pasillo y la guabina. A partir de ese momento, en su cabeza la ópera pasaría a un segundo plano y empezó a sentir la necesidad de hacer lo que siempre había querido: cantar su propia música para su país.
En 1985, Gerardo se retiró de la Filarmónica de Bogotá y de la compañía de ópera, y se dedicó a su música. Así, durante el día se dedicó a instruir a jóvenes que querían aprender a cantar o potenciar sus voces atenoradas, y además a dar clases personalizadas de francés. Participaba anualmente en el Festival de Música Andina Mono Núñez. En 1987 estrenaría su segundo álbum, Penas y alegrías del amor, de la mano del maestro Eduardo Cabas, con quien compartiría mucho estos dos últimos años antes de su muerte. Este sería un álbum muy romántico, con énfasis en el bolero, género en el cual su voz como tenor brillaba mucho más. En definitiva, esta fue la mayor obra de arte del maestro, pues es un álbum que se puede oír desde la melancolía, el amor o la tristeza.
Aquella fatídica mañana del 27 de noviembre de 1989, cuando una bomba explosiva perpetrada por el cartel de Escobar hizo estallar el Boeing 727 de Avianca en el atentado contra el vuelo 203, también se apagó la vida de Gerardo Arellano Becerra. La voz del tenor estaba hecha para los grandes escenarios, para boleros y guabinas que cantan a los amores que no se olvidan y a las nostalgias que nunca terminan. La tragedia apagó su presencia física, pero no su música. Esa herencia quedó en manos de su sobrino, Juan Consuegra, quien mantuvo con su tío un vínculo profundo y que hoy intenta honrar su memoria desde el mismo camino: la música colombiana. Cómo Arellano en su momento, Consuegra es hoy en día el maestro de ceremonias del Festival Mono Núñez, en el coliseo de Ginebra, que hoy lleva el nombre de quien un día fue su inspiración. Asimismo, participó en la creación de una estatua en su tierra natal que conmemora al que muchos consideran el mejor cantante en la historia del Valle del Cauca, nacido en su querida Buga.
Hoy, cuando la voz del “tenor de Buga” vuelve a escucharse, sus versos resuenan con un significado distinto, como si de una premonición se tratara. “El amor es penas y alegrías que se quedan en el corazón”, canta en De penas y alegrías del amor, como si hablara directamente al tiempo, y el tiempo, lejos de olvidarlo, ha decidido recordarlo como un artista que cantó con el corazón y cuya voz, incluso después del silencio, sigue resonando. Porque donde la historia sangra, la música recuerda.
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