Ser madre sin renunciar a la libertad

8 de Mayo de 2026 12:00

Periodista, activista, feminista Catalina Ruiz Navarro
Por: Victoria Holguín - Imagen compartida por Catalina Ruiz
10 Min

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“Ser mujer antes de ser madre” Catalina Ruiz 

Quizás haya escuchado hablar de Catalina Ruiz Navarro, en su rol de periodista, feminista, activista, defensora de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, o en su rol como especialista en periodismo con perspectiva de género de derechos humanos y periodismo cultural. Sin embargo, muy probablemente no haya escuchado hablar acerca de Catalina Ruiz Navarro en su rol de madre, porque mucho se habla de mujeres exitosas en sus diversos logros y roles en su vida profesional, pero ¿alguna vez se habla de una mujer exitosa y aspiracional desde su rol como madre? En su libro “Deseada. Maternidad feminista”, Catalina Ruiz Navarro escribe desde el cuerpo, desde el miedo, desde la ambición, desde la contradicción. Su voz se permite por primera vez habitar una pregunta íntima: ¿es posible desear la maternidad sin renunciar a la libertad? 

Catalina es barranquillera de nacimiento, formada en artes plásticas y filosofía, columnista en diversos medios de comunicación y cofundadora de la revista feminista Volcánicas, ella ha hecho del pensamiento crítico su oficio. Durante años escribió sobre aborto, violencia de género, poder y derechos reproductivos. Pero la maternidad, ese territorio que el feminismo suele mirar con sospecha o con cautela, permanecía como una cuenta pendiente. No porque no le importara, sino porque sabía que ahí estaba uno de los nudos más complejos de la opresión de las mujeres. “La maternidad es un momento clave para la opresión o para la liberación”, dice. Y decidió que no lo abordaría hasta vivirlo en carne propia. 

Catalina no era de esas niñas que soñaban con muñecas y cunas, dice: “Yo no era una niña que fantaseaba con ser mamá; al contrario, yo creo que todo el mundo se sorprendió”. Su deseo estaba puesto en escribir, publicar, construir una carrera sólida. Tenía claro que, si quedaba embarazada antes de sentirse profesionalmente estable, abortaría sin dudarlo. No por desprecio a la maternidad, sino por convicción: quería que, si llegaba, fuera elegida. Para Catalina, el aborto no era algo vacío sino una condición de posibilidad. “Para que una maternidad sea deseada, tiene que existir la opción real de no ser madre”. Sin derechos sexuales y reproductivos garantizados, no hay deseo libre, solo imposición. 

Ella no es la primera mujer que habla de los derechos de las madres desde el feminismo. Otras autoras como la periodista y activista española Esther Vivas, en su libro "Mamá desobediente: Una mirada feminista a la maternidad" (2019), ya exploraban esa tensión entre ser madre y feminista, denunciando la invisibilización de temas como la violencia obstétrica (maltrato durante el parto), la conciliación imposible (la dificultad extrema de equilibrar trabajo y cuidado de los hijos sin apoyo real) y la culpa materna, mientras defiende una maternidad compartida que no renuncia a la ambición profesional.  

En América Latina, voces como la de la escritora mexicana Guadalupe Nettel en "La hija única" (2020) o la chilena Lina Meruane en "Contra los hijos" abordan desde lo autobiográfico y lo ficcional las contradicciones del deseo materno bajo un sistema tradicional de poder masculino (el patriarcado), cuestionando el instinto como mandato y visibilizando cómo la maternidad amplifica desigualdades económicas y laborales, tal como Ruiz Navarro describe en su propia experiencia. Estas pioneras enriquecen el discurso de Catalina al mostrar que, desde Madrid hasta Ciudad de México, la exigencia de una compartición total de responsabilidades en el hogar y de cambios profundos en las políticas públicas (como renta básica o salud reproductiva garantizada) es un mensaje compartido entre mujeres que cuidan a sus hijos sin renunciar a sus derechos y a su independencia. 

El embarazo de Catalina no fue un accidente ni una imposición. Fue una decisión tomada en un momento cuidadosamente elegido. Esperó haber publicado, haber consolidado su identidad profesional, haber construido una red de apoyo y, sobre todo, haber hablado con su pareja con absoluta claridad. Antes de concebir, le dijo algo que marcaría el tono de su maternidad: ella no iba a dejar de trabajar ni a reducir su ambición. Si iban a hacerlo, sería en condiciones radicalmente compartidas. La maternidad no sería su sacrificio personal, sería un proyecto político dentro del hogar. 

Pero incluso con planificación, el aterrizaje fue brutal. Catalina estaba acostumbrada a escribir libros en un año; este le tomó tres y medio. Lo empezó a gestar mientras estaba embarazada, investigando obsesivamente, leyendo, tomando notas. Lo escribió con un bebé en brazos, con noches sin dormir, con otro “bebé” recién nacido: su medio digital feminista, la revista Volcánicas. Las frases ya no salían pulidas a la primera, el cansancio era un personaje constante. “La maternidad te come la vida”, admite. Y, sin embargo, insiste: el problema no es maternar, es hacerlo sola. 

En su libro desmonta una idea profundamente arraigada: que la maternidad es un destino biológico inevitable y una realización automática de la mujer. Para ella, estar embarazada no es lo mismo que ser madre. Parir no te convierte mágicamente en madre. La maternidad, sostiene, es un compromiso sostenido de cuidado, un oficio. Y como todo oficio, puede y debe ser compartido. Nos invita a desvincular la maternidad de la biología y del género. “Hay abuelas que maternan, hay tías que maternan, hay hombres trans que maternan, hay personas no binarias que maternan, entonces no necesariamente quien materna tiene que ser mujer maternal. Ojalá se viera no como una identidad, sino como un oficio, que cualquier persona puede hacer. Cualquier persona puede maternar si asume ese compromiso continuo con la crianza de otra persona” Convertir la maternidad en identidad exclusiva femenina ha sido una trampa eficaz del patriarcado. 

La trampa funciona así: cuando nace un hijo, la brecha salarial se dispara para las mujeres y se reduce, o incluso se invierte para los hombres. A ellos se les percibe como responsables; a ellas, como distraídas. A ellos se les premia; a ellas se les excluye. La sugerencia aparentemente amorosa de “quédate en casa, disfruta a tu bebé” puede convertirse en una dependencia económica difícil de revertir. Tres años fuera del mercado laboral pueden significar contactos perdidos, actualización perdida, autonomía perdida. La maternidad se vuelve entonces un punto de inflexión que redefine trayectorias completas. 

Catalina no romantiza el agotamiento ni el sacrificio, pero tampoco demoniza la experiencia. Habla de algo incómodo para ciertos feminismos: el deseo salvaje de ser madre. Ella sintió este deseo a sus 27 años: “Yo me di cuenta a los 27 años que sí quería ser mamá, porque una amiga que estaba viviendo conmigo quedó embarazada y de ahí sale mi ahijada. Y cuando mi ahijada era bebé y yo la veía, yo dije, yo sí quiero esto”. Ella quería continuar el legado de mujeres fuertes que la habían criado: su madre y su abuela. Sin embargo, incluso ese deseo estuvo atravesado por la incertidumbre. ¿Y si no aparecía una pareja adecuada? Contempló la inseminación artificial. Pensó en criar con una red de apoyo, en volver a Barranquilla y apoyarse en su madre. La maternidad no era una fantasía rosa, era un proyecto estratégico. 

Esa conciencia política atraviesa todo su discurso. La maternidad, insiste, no es un asunto privado comparable a tener una mascota. La sociedad entera se beneficia del trabajo de criar nuevas generaciones: futuros votantes, trabajadores, contribuyentes. Sin embargo, ese trabajo, indispensable para la supervivencia del Estado, no es remunerado ni reconocido estructuralmente. Mientras a un soldado se le paga por defender la patria, a las madres no se les reconoce que, sin su labor, no habría patria que defender. 

Por eso, cuando habla de maternidades feministas, no se refiere a un estilo individual de crianza, sino a una transformación estructural. Derechos sexuales y reproductivos garantizados, acceso real a vivienda digna, salud pública fuerte, educación accesible. Incluso una renta básica universal que permita que ninguna mujer quede atrapada económicamente por decidir cuidar. Sin estas bases, la maternidad seguirá siendo un privilegio o una condena, pero no una elección libre. 

Su libro “Deseada. Maternidad feminista” es una conversación honesta sobre miedo, deseo y poder. Catalina no busca convencer a nadie de tener hijos. Busca que, si alguien los tiene, no lo haga desde la culpa ni desde la imposición, sino desde un deseo consciente y genuino de ser madre, porque lo importante de la maternidad es que sea deseada, no impuesta. Y que, si alguien no los tiene, no se sienta incompleta, no ser madre no es una carencia, una vida sin hijos puede ser igual de plena, rica y significativa que con ellos. 

Al final, la pregunta que atraviesa su libro no es si las mujeres deben o no ser madres. Lo que plantea es, qué condiciones necesita una sociedad para que cualquier decisión sea verdaderamente libre. Catalina eligió ser madre cuando pudo decir “sí” sin que ese “sí” estuviera sostenido por el miedo. Y en esa afirmación (deseada, consciente, planeada) hay una propuesta poderosa: que la maternidad deje de ser una trampa y se convierta, por fin, en una elección.

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