Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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8 de Mayo de 2026 12:30
En Sasaima, Cundinamarca, como es típico en los pueblos colombianos, el parque principal está lleno de árboles, pasando la calle, por supuesto, lo más imponente es la iglesia; a sus lados se encuentra la alcaldía, lugares de comercio, ciertamente hay bastantes casas con balcones coloridos donde habitan los sasaimeros. En la esquina que colinda con la alcaldía, en el parque de la Identidad Sasaimera, hay un árbol de almendro muy reconocido, es frondoso, se la pasa florecido gran parte del año.
No es un pueblo muy grande. Es uno de los 116 municipios que conforman Cundinamarca, queda a dos horas de Bogotá, sobre la vía que conduce a Medellín, en la provincia del Gualivá. Por una vía curvilínea, llena de vegetación y camiones pasando, se llega a Sasaima, un destino que se ha convertido frecuente para el turismo ecológico, con un poco más de once mil habitantes, y un entorno mayoritariamente rural.
Una tarde cualquiera de viernes, es común ver bastantes personas en la esquina derecha de la plaza rodeando el árbol de almendro, ahí se escuchan muchas voces diciendo: ¨míralo tan lindo¨. Muchos de ellos levantan sus celulares hacia las ramas, otros señalan hacía arriba y todos los recién llegados se asombran, deteniendo su atención a subir la mirada para entender qué está causando tanto alboroto. Puede que Sasaima sea un destino ecológico, pero los turistas saben que el atractivo principal no está en los paisajes ni en las cascadas cercanas. Está en ese árbol que todos ellos rodean dos o tres veces al día.
Entre las ramas habitan dos perezosos que desde su llegada se han convertido en una de las curiosidades del pueblo.
En medio de las personas eufóricas con sus celulares tomando fotos seguidas, se alcanzan a ver a distancia colgados boca arriba de una rama y resulta imposible no cautivarse con sus narices mojadas que eventualmente están untadas de mango o de manzana, sus pelos colgando, sus dos patas traseras sujetándose y sus garras largas que sostienen su comida. Tienen una lentitud auténtica, aunque son un bulto en un tronco que se mueve estrictamente para buscar la comida que les van a provisionar.
La alcaldía del municipio siente orgullo de sus perezosos, los presume en todas sus redes sociales oficiales. La bienvenida para muchos turistas es un cartel de fondo blanco con borde azul que recibe a los visitantes con la ilustración de un perezoso sonriente levantando dos pulgares junto a la frase: ¨ 100% sasaimero¨. A pesar de ello, no es la administración municipal la que se encarga de mantenerlos. Su labor termina al hacerlos a ellos los protagonistas, sin embargo, la figura central no está colgando del árbol, ella está parada abajo pasándoles su comida con un palo de bambú que agarra con unos guantes quirúrgicos de látex por precaución y asepsia.
Ella es Marina Hernández, una mujer de voz suave, de aproximadamente metro cincuenta, cejas finas y labios delgados, ojos cafés, pelo gris que sostiene con una gruesa moña negra, gafas con marco liviano, la parte de arriba y las patas son rosadas el resto es plateado, también tiene unos aretes del rostro de los mismos perezosos que alimenta todos los días de su vida en el parque.
Si uno de los perezosos baja, todos saben que deben llamar a Marina. Es muy reconocida en Sasaima por el cuidado que le brinda a los animales. Como explica Camilo, secretario de Desarrollo Económico, Agropecuario y Medio Ambiente, ¨Como toda especie de fauna silvestre es de todos, es de la naturaleza, y pues se cuidan a través de toda la comunidad. Especialmente Marina hace una tarea sin ningún tipo de contraprestación; es más por el cariño que tiene por esta especie: cuidarlos, brindarles algunas hojitas, consentirlos. Es más una labor social que ella hace por ellos¨. En la práctica, ese cuidado voluntario se traduce en el trabajo cotidiano de Marina. Es ella quien está pendiente de los perezosos, a quien llaman los policías o los oriundos de Sasaima para avisarle que bajaron por su comida, y quien conoce las horas para recoger las hojas junto con las frutas para alimentarlos.
Porque alimentarlos implica resolver un problema cotidiano: conseguir la plata para darles de comer. En Sasaima, los veranos son cortos, no todo el año tiene los árboles florecidos. Los perezosos del parque se alimentan principalmente de hojas de almendro, pero como hay temporadas en que el árbol cambia su follaje y deja de producir las hojas tiernas que ellos prefieren, Marina tiene que complementar su dieta con fruta y otras hojas. El gasto sale de su propio bolsillo.
Desde la alcaldía, según menciona Camilo, el apoyo ha consistido simplemente en sembrar almendros en el parque para que de sus cogollos pueda salir parte del alimento de los animales y se mantenga el espacio donde habitan. Además, se trabaja en la educación ambiental donde buscan promover cultura ciudadana y sensibilización desde los colegios. Sin embargo, los perezosos se han acostumbrado a vivir en un contexto rodeado de humanos, las hojas no son suficientes. El resto del cuidado diario, la alimentación, el cariño y la prevención, siguen siendo, sobre todo, una tarea voluntaria que Marina asumió desde que los perezosos llegaron.
Marina creció en la vereda Buenos Aires, a pocos kilómetros de Sasaima, nació en el campo, en una familia de ocho hermanos. Su infancia no fue precisamente muy alegre, porque como ella narra, el campo tiene necesidades. Vivió con sus padres hasta los siete años, y cuando asistía al colegio tenía que caminar hora y media desde su casa hasta su escuela, la jornada escolar comenzaba a las siete de la mañana, ella salía a las 5 y media, a eso del medio día caminaba la mitad del camino a casa porque su mamá recorría el otro para llevarles el almuerzo envuelto en hoja de plátano, lo que le llama ¨el chupao´¨ y a las 5 culminaba la jornada. En los días soleados aprovechaba para quitarse sus cotizas, porque no habían zapatos en su casa, y metía los pies al río para refrescarse. Llegaba al anochecer, a dormirse pues en el campo no hay mucho que hacer.
Después de un tiempo en esa rutina, Marina se fue a vivir con su tía a Rio Dulce, una vereda aledaña a Villeta, donde terminó de cursar su bachiller. Fue parte de la primera promoción de bachilleres del Colegio San Nicolás en Sasaima. Eran 23 estudiantes que no tenían recursos para irse a terminar el colegio a otro municipio, por lo que decidieron fundar décimo y once ellos mismos.
Su hermana Mercedes, nativa de Sasaima, la describe como alguien ¨muy delicada con los animales¨ pues siempre le gustaron los gatos, y todos los animales que se le acercaban. Su inclinación por cuidar aquellos que no hablan, siempre ha estado presente. De hecho, los perezosos llegaron accidentalmente al parque, los trajeron personas que los encontraron heridos en vías terciarias, y a su llegada, Marina los vio como una responsabilidad que quería asumir con el amor que le causaron.
En el parque, que queda a menos de una cuadra de la vivienda de Marina, ella los llama por los apodos que escogió: ¨Morocho y muñeca¨. Se comunica con paciencia, pareciera que es un rasgo aprendido del mismo ritmo de sus perezosos. Mientras sostiene el palo de bambú para acercarles un trozo de mango, les habla como si fueran niños “Cógelo bien con las dos manitos… eso, mi amor”, dice mientras uno de ellos se estira lentamente para alcanzar la fruta. Son su compañía principal, ella es soltera y sin hijos.
Marina no aparta la mirada de las ramas. Levanta la mano para taparse el sol y observa con paciencia, como si el tiempo de los perezosos también fuera el suyo. Su rutina gira alrededor de ellos desde hace más de dos décadas. Mientras va poniendo un mango en su palo de bambú y les habla: ¨Mira el mango, bebé¨, explica que primero van las hojas porque son las que realmente los nutren. Luego vienen las frutas: mango o manzana, sobre todo en días de calor para ayudarlos a hidratarse. Ella queda sosteniendo el palo de bambú en alto durante varios minutos, entre tanto Morocho come el pedazo que le dieron, hasta que finalmente estira una de sus patas para alcanzar otra fruta. Cuando Marina siente el pequeño tirón en la punta del palo baja el brazo y sonríe, lo felicita ¨eso bebé muy bien mi Morochito¨, como si acabara de completar una tarea que conoce de memoria.
No obstante, el cuidado no termina cuando el parque se queda vacío. Marina está pendiente de ellos prácticamente todo el día. “A veces me llama la policía tarde en la noche, 12 de la noche, una de la mañana, que morocho está en el piso. Entonces me toca venir a alzarlo y colocarlo en el árbol para que se suba”, dice. Y lo hace, como repite varias veces, porque le nace hacerlo por amor.
Hace cuatro años tiene un puesto de peluches y aretes, manda a hacer todo en Bogotá, debe ir una vez al mes a recoger sus pedidos o eventualmente alguien se los trae. Todo es de perezosos, los peluches portan un saco que dice ¨100% sasaimero¨. Desde entonces, tiene una rutina muy marcada, levantarse a alimentar a Morocho y a Muñeca, volver a su casa a desayunar para luego bajar con toda la actitud a organizar su punto de ventas. Sus productos están distribuidos en un perchero del que cuelgan los peluches y una estantería que tiene el resto de su mercancía. Así, atiende a los turistas, cobra, devuelve monedas, pero cada cierto tiempo alza los ojos para ver si Morocho o Muñeca se alcanzan a ver.
Ella misma lo resume con una frase que repite con una mezcla de orgullo y ternura: “Yo vivo de mi negocio y vivimos los tres”. Luego sonríe y añade: “De mi negocio vivimos los tres. Los dos gorditos y yo. Gracias a Dios”.
Cuando el sol empieza a bajar sobre el parque de Sasaima, los turistas se van y el almendro vuelve a quedarse con el sonido del viento entre las hojas. Arriba, uno de los perezosos sigue masticando lentamente una fruta. Abajo, Marina levanta otra vez su palo de bambú para acercarle una hoja. Lleva más de veinte años repitiendo ese mismo gesto: esperar, estirar el palo, hablarles despacio.
A veces el parque está lleno de gente. Otras veces, como ahora, solo están ellos tres. La madre cabeza de hogar y sus dos niños que viven gracias a ella. Y aunque para los turistas los perezosos son apenas una curiosidad del pueblo, para Marina son otra cosa: son su rutina, su compañía, y también su amor más grande.
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