El anestesiólogo de trasplantes que hace posible volver a vivir

8 de Mayo de 2026 12:00

Oswaldo Amaya, anestesiólogo, en retrato profesional con fondo blanco.
Por: María Catalina Landínez Ramírez
12 Min

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Cuando un paciente entra a una cirugía, pone su vida en manos de alguien que muchas veces no ve. No es quien opera ni quien hace el corte: es quien sostiene la vida mientras todo ocurre. Es quien regula la respiración, los latidos cardíacos y la presión arterial; quien garantiza el suministro de oxígeno a los tejidos, controla el dolor intra y postoperatorio y cuida que el cerebro del paciente funcione igual que cuando entró a la sala. Oswaldo Amaya es anestesiólogo. Pero antes de llegar a las salas de trasplantes, hubo un niño que no podía correr.

Fue el menor de cinco hermanos. Creció en una casa grande en Chapinero, rodeado de hermanos mucho mayores y sobrinos casi de su misma edad, con quienes jugaba más que con los propios hermanos. Era buen estudiante, varias veces el mejor del curso. De niño fue asmático: el polvo, el frío o la pólvora podían desencadenar crisis, y mientras otros corrían sin pensarlo, él debía cuidarse. Con los años el asma mejoró, pero crecer con esa restricción dejó huella. Primero quiso ser veterinario; luego pensó en la Armada, aunque su condición respiratoria no se lo permitía. Finalmente, en cuarto de bachillerato tomó la decisión que marcaría su vida: sería médico. Su papá y su abuelo lo eran, y en ellos veía la posibilidad de ayudar, de ser útil, de ocupar un lugar claro en la sociedad.

Entrar a medicina no fue inmediato. Durante casi dos años se presentó a distintas universidades: exámenes, entrevistas, listas publicadas donde su nombre no aparecía. Insistió. Nunca se presentó a otra carrera; solo medicina. Hasta que finalmente fue admitido. Después vino el año rural. Entre partos y cesáreas, empezó a imaginarse como ginecólogo. Pero una noche todo cambió. Una paciente en trabajo de parto presentó sufrimiento fetal y ningún hospital la aceptaba. Terminó trasladándola en su propio carro para que la operaran de urgencia. El bebé tenía una malformación grave que no había sido detectada y murió poco después.

Ese episodio lo obligó a replantear su camino. Buscó una especialidad que combinara distintas áreas de la medicina; cirugía, medicina interna y pediatría. Y fue entonces cuando encontró anestesiología, o quizá esta misma lo encontró a él. Se presentó una sola vez al programa de la Fundación Santa Fe con la Universidad El Bosque. Había un solo cupo por semestre. Sacó el mejor examen, pasó la entrevista y fue el único admitido. Ese punto no fue el final de su historia, sino el comienzo del lugar donde hoy permanece.

A finales de los años noventa, la Fundación Santa Fe de Bogotá atravesaba un momento clave en su historia médica. El hospital había iniciado años atrás su programa de trasplantes, pero el proyecto se había detenido y la institución necesitaba fortalecerlo nuevamente. Reactivar un programa de trasplantes no depende solo de cirujanos: requiere equipos completos, protocolos complejos y especialistas capaces de manejar pacientes extremadamente críticos. En ese contexto, la Fundación buscaba médicos que pudieran formarse en el exterior y traer ese conocimiento de vuelta al país. Oswaldo Amaya era uno de ellos.

Viajó a Hershey, en Pensilvania, para realizar entrenamiento en anestesia para trasplantes y anestesia cardiovascular. Técnicamente ya sabía realizar procedimientos complejos, pero lo que buscaba allí era otra cosa: aprender protocolos, estructuras de trabajo y formas organizadas de manejar cirugías de altísima complejidad. Ese año lo marcó profundamente. “Ha sido el año más productivo de mi vida”, recuerda. No fue sencillo: el idioma representaba una dificultad, especialmente dentro del quirófano, donde las indicaciones son rápidas y el tapabocas dificulta aún más la comunicación. Aun así, observó, aprendió y se entrenó, para luego regresar a Colombia.

De vuelta en la Fundación Santa Fe, junto a otros especialistas y a un cirujano entrenado en Inglaterra, ayudó a reactivar el programa de trasplantes en el año 2000. Desde entonces se han realizado cerca de 900 trasplantes hepáticos, además de renales y otros órganos, y hoy es jefe de anestesia para trasplantes. En una cirugía de este tipo no hay margen para errores. El paciente que llega a la sala no está sano. Cuando explica qué es un trasplante, Oswaldo no habla en términos técnicos, sino de transformación: pacientes renales que deben conectarse todos los días durante cuatro o cinco horas a una máquina de diálisis para poder sobrevivir; personas que no pueden viajar ni trabajar con normalidad porque viven atadas a un tratamiento constante; pacientes con falla hepática avanzada que se ponen amarillos, que se les hincha el abdomen, que sangran y viven con complicaciones permanentes. “Un trasplante es dar vida”, afirma.

La mortalidad en trasplante hepático es menor al 5 %, cifra que él considera muy buena. Pero las cifras no son lo que lo mueve: lo que realmente lo impulsa es el cambio visible en las personas. Lo que sostiene a Oswaldo en esa sala no es solamente técnica, sino conciencia. En anestesia no hay margen para distracciones. Él mismo lo explica: “Cuando un paciente se acuesta en una cama, pone la vida en manos de una persona que es el anestesiólogo, que es el que le va a mantener su respiración, su circulación, su oxigenación, su parte cerebral”. Esa es la dimensión real de su trabajo. No es un acompañamiento secundario ni un rol accesorio: es el control absoluto de las funciones vitales mientras otro médico opera. Y en trasplantes esa responsabilidad pesa aún más, porque el paciente que llega a esa cirugía no está estable. No es una persona sana con una cirugía programada, sino alguien cuyo órgano falló, cuyo cuerpo ya no responde y cuya calidad de vida es como él mismo describe terrible. Por eso insiste tanto en la precisión. “Un error del anestesiólogo, desafortunadamente, si uno se equivoca, puede llegar a que el paciente pueda fallecer”.

No lo dice con dramatismo, sino con realismo. Por eso insiste en que cada paciente tenga un anestesiólogo dedicado exclusivamente a él y habla constantemente del trabajo en equipo. Cuando algo se complica, se llama de inmediato a otro colega: no hay espacio para el orgullo. En una sala de trasplantes no hay lugar para egos, solo para vidas.

Pero cada trasplante empieza antes del quirófano. Empieza con un donante. Oswaldo habla de la donación con respeto y agradecimiento. Explica que se trata de pacientes con muerte cerebral confirmada, en quienes el cerebro ha perdido la función de manera irreversible. La conversación con la familia la realiza la red nacional de trasplantes, no el equipo quirúrgico, precisamente para evitar conflictos éticos. Cuando un órgano llega a la sala, él no piensa en estadísticas. “Lo primero que yo siento es agradecimiento”: agradecimiento por el paciente y por la familia que tomó una decisión en medio del dolor. Sin donante no hay trasplante, y esa dimensión humana atraviesa toda su práctica.

Sin embargo, incluso un médico acostumbrado a sostener vidas en un quirófano puede encontrarse con situaciones que no sabe cómo enfrentar. Mientras su carrera alcanzaba uno de sus puntos más altos, su hija menor atravesó una depresión profunda. Y entonces apareció una paradoja: un hombre que participa en cirugías donde cada decisión puede salvar una vida se encontró, por primera vez, sin respuestas.

Antes de hablar de la depresión de su hija, hay que entender algo: él es un médico acostumbrado a intervenir, a actuar y a tomar decisiones en segundos. En quirófano, la incertidumbre se enfrenta con conocimiento, protocolos y entrenamiento; en casa no siempre es así. Cuando su hija menor atravesó esa depresión profunda sintió algo que nunca había experimentado frente a un paciente crítico: “Fue incapacidad total”. No era un caso clínico, era su hija. Sintió miedo, tristeza y se preguntó qué habían hecho mal. Un hombre que ha participado en cientos de procedimientos donde la vida está en juego no podía “resolver” lo que ocurría en su propia familia.

Aceptaron que había una enfermedad y decidieron enfrentarla juntos, sin escatimar en tiempo ni en recursos. Esa experiencia no le quitó la vocación, pero sí le recordó que la medicina tiene límites. En el hospital puede sostener la respiración de un paciente durante horas; en casa aprendió que algunas batallas no se ganan con anestesia, sino con presencia. Y aun así, cada vez que vuelve a una sala de trasplantes sabe exactamente por qué está ahí: porque cuando un órgano nuevo empieza a funcionar y un paciente despierta, lo que ocurre no es solamente un procedimiento exitoso, sino una vida que continúa.

Detrás del anestesiólogo de trasplantes hay un hombre que llega a su casa cansado, muchas veces después de salir a las cuatro o cinco de la mañana y regresar a las ocho de la noche. Es una profesión que exige horas largas, estudio constante y responsabilidad permanente. Y ahí aparece Margarita, no como un detalle secundario, sino como la base. Él lo dice sin rodeos en la entrevista: si Margarita no hubiera estado con él, no estaría donde está hoy. Habla de ella como su novia, su amiga, su esposa, la madre de sus hijas, el corazón del hogar. Mientras él estaba en salas de cirugía o en jornadas extensas, ella sostenía la vida doméstica, siempre presente y acompañando a las niñas.

Reconoce que muchas veces llegaba cuando ellas ya estaban dormidas y que la profesión es sacrificada, pero insiste en que cuando estaba en casa su intención era estar realmente. Habla de su familia como una unidad: cuatro personas que piensan en conjunto, que viajan juntas y que se acompañan. Cuando su hija mayor se graduó de medicina con grado de honor, la emoción no fue discreta. Él mismo lo describe con una imagen que lo resume todo: “Como les dije ese día me siento como un pavo real, me siento así como un pavo real cuando abre su cola y la muestra en actitud de conquista, porque el pavo real se siente el ser más bello del planeta; yo me siento el papá más orgulloso del planeta”. Para él, los triunfos de sus hijas pesan más que los propios.

Oswaldo Amaya Bernal ha participado en cientos de cirugías donde un órgano nuevo comienza a funcionar y una vida puede continuar. Pero su historia no es solo la de un médico exitoso. Es en ese equilibrio entre técnica y humanidad, entre ciencia y familia, entre precisión y vulnerabilidad, que Oswaldo Amaya Bernal ha construido algo más que una carrera médica. Ha construido una vida integral: una vida en la que salvar órganos importa, pero sostener a los suyos importa más; una vida en la que dar vida no es una frase bonita, sino una práctica diaria. Porque detrás del médico que sostiene vidas en una sala de cirugía sigue estando el hombre que vuelve a casa a cuidar la suya.

“Un trasplante es dar vida”

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