Luz, la abuela que terminó el bachillerato después de los 50

7 de Mayo de 2026 12:00

Imagen de Luz en su graduación con sus hijos
Por: Maria Camila Mariño Monroy

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En la casa de Luz, la tarde empieza alrededor de la mesa del comedor. Los nietos llegan del colegio, dejan las maletas en cualquier silla y abren los cuadernos. Ella se sienta cerca. No siempre habla primero. Observa cómo toman el lápiz, cómo dudan antes de responder, cómo repasan en voz baja lo que deben memorizar.

A veces corrige una palabra mal escrita. A veces explica una operación matemática paso a paso. Otras veces simplemente escucha.

Tiene 68 años y conserva un hábito que no formó parte de su juventud: estudiar. En una carpeta azul guarda hojas subrayadas, fotocopias y apuntes escritos con letra firme. También conserva esferos de varios colores, reglas y cuadernos donde anota cada cosa nueva que aprende. No estudia para competir ni para demostrar nada. Estudia porque puede hacerlo ahora. Y porque, después de tantos años dedicados a resolver la vida de otros, descubrió que todavía había un espacio para resolver algo propio.

Mientras sus nietos hacen tareas, ella también abre sus libros. Lee despacio, subraya, vuelve sobre una palabra si no la entiende y pregunta cuando algo no le queda claro. La escena parece sencilla: una abuela acompañando a sus nietos. Pero en realidad hay algo más profundo ocurriendo allí. Luz no solo supervisa deberes escolares; comparte con ellos una rutina que ella no puede vivir.

En esa mesa, entre borradores, colores y cuadernos abiertos, ella también recupera una parte de sí misma. Se concentra con la misma disciplina de un estudiante joven, anota fechas, repasa textos y a veces sonríe cuando logra entender algo que antes le parecía imposible. Sus nietos la ven estudiar y para ellos eso ya es normal; para Luz, en cambio, sigue siendo casi un pequeño milagro cotidiano.

A los 14 años quedó embarazada por primera vez. A los 16 ya tenía dos hijas. La adolescencia quedó interrumpida sin transición. Mientras otras jóvenes continuaban asistiendo a clases, ella reorganizaba sus días alrededor de horarios de comida, baños y sueño. El uniforme escolar dejó de ser parte de su rutina. El colegio se convirtió en algo que pertenecía a otro tiempo.

En la casa donde vivía, la violencia era parte del ambiente cotidiano. No se trataba de episodios aislados, sino de una forma de convivencia. Cuando nació su segunda hija, su esposo intentó cambiarla por un varón. Ella se negó. La niña permaneció con ella. Esa decisión no transformó la dinámica familiar, pero marcó un límite.

El tercer embarazo estuvo acompañado de una advertencia. Si el bebé no era niño, tendría que irse con sus hijas. Dio a luz sola. Cuando el recién nacido fue confirmado como varón, pudo quedarse bajo el mismo techo. Permanecer no significaba estabilidad ni tranquilidad, pero evitó un desplazamiento inmediato.

Con el paso de los años tuvo cinco hijos. Las responsabilidades crecieron al mismo ritmo que las necesidades. Hubo periodos en los que su esposo estuvo ausente, incluso privado de la libertad. En uno de esos momentos decidió mudarse de ciudad con sus hijos. Buscaba una posibilidad distinta.

No encontraron vivienda de inmediato. Algunas noches durmieron sobre cartones en la calle. Durante el día, ella buscaba ingresos de cualquier manera posible. Hacía piñatas por encargo, preparaba postres, aceptaba trabajos ocasionales. Cada jornada tenía un objetivo concreto, resolver lo necesario para el día siguiente.

El estudio no figuraba en la lista de prioridades. La prioridad era otra, sostener a sus hijos.

Los años avanzaron y la urgencia diaria comenzó a disminuir. Sus hijos crecieron, terminaron el colegio, empezaron a trabajar y formaron sus propias familias. La casa dejó de estar marcada por la incertidumbre constante. Cuando nació su primera nieta, el ambiente familiar cambió. Aparecieron nuevas rutinas, cumpleaños, fotografías, reuniones más frecuentes y la dinámica se volvió distinta.

Fue en ese momento, cuando la presión económica disminuyó y el tiempo empezó a organizarse de otra manera, que reapareció una idea antigua: terminar el bachillerato.

No surgió como un plan ambicioso ni como un discurso de superación. Fue una decisión práctica. Se inscribió para validar los estudios pendientes. Volver a estudiar implicaba enfrentarse a contenidos que no veía desde la adolescencia. Matemáticas básicas, lectura comprensiva, historia. Se sentaba con los libros abiertos en la misma mesa donde ahora estudian sus nietos.

Organizaba su tiempo entre las tareas domésticas y las horas de estudio. Leía despacio, tomaba apuntes, repetía ejercicios hasta entenderlos. No competía con nadie ni buscaba destacarse. Cumplía con los requisitos hasta completarlos.

A los 58 años recibió su diploma de bachiller. Fue un momento silencioso, pero inmenso. Sostener ese papel entre las manos significaba mucho más que haber aprobado unas materias pendientes. Era la prueba tangible de que algo que parecía definitivamente perdido todavía podía recuperarse.

Después de más de cuarenta años de haber dejado un salón de clases, volvía a cerrar una etapa que había quedado abierta desde la adolescencia.

No hubo una gran ceremonia ni una celebración extensa. Pero hubo una satisfacción íntima que no necesitaba ruido. Guardó el diploma con cuidado, porque en ese documento no estaban solamente sus notas; estaban las madrugadas estudiando, el cansancio, los intentos por entender temas olvidados y, sobre todo, la decisión de no resignarse a dejar esa historia incompleta.

El diploma no borraba las décadas anteriores ni cambiaba lo vivido, pero sí le daba un nuevo significado: por primera vez había algo hecho exclusivamente para ella.

Después de graduarse no abandonó el hábito. Continuó leyendo y tomando cursos que le interesaban. Estudiar dejó de ser una meta puntual y se convirtió en parte de su rutina. Aprender pasó a ocupar un espacio propio dentro de su día.

En 2020 la pandemia volvió a alterar la estabilidad familiar. Murió su primer hijo varón por COVID-19. La noticia reorganizó nuevamente la vida cotidiana. El duelo se instaló en la casa. Hay días en que habla de él con naturalidad y otros en que prefiere no hacerlo. La depresión apareció después de la pérdida y ha sido un proceso continuo.

Aun así, mantiene las costumbres que construyó en los últimos años. Se levanta temprano, organiza la casa, lee. Pero después de la muerte de su hijo, estudiar dejó de ser únicamente una rutina adquirida y se convirtió también en una forma de resistir.

En medio del duelo,volver a leer, tomar apuntes y concentrarse en aprender algo nuevo fue, poco a poco, una manera de no dejarse hundir por completo en la tristeza. El estudio le dio horas ocupadas cuando el silencio pesaba más, le dio pequeñas metas diarias y le devolvió una sensación de avance en un momento en el que todo parecía detenido.

Por eso no abandonó ese camino. Hoy cursa un diplomado y continúa llenando hojas con anotaciones, subrayados y fechas importantes. Ya no estudia porque tenga una obligación, estudia porque encontró en el aprendizaje una forma de seguir avanzando.

Luz es el orgullo de su familia. Sus nietos hablan de ella con amor y admiración y, entre lápices de colores, hojas marcadas y carpetas ordenadas, su cuaderno permanece abierto mientras sigue escribiendo con orgullo, como si cada palabra fuera una pequeña victoria después de la tormenta.

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