Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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22 de Mayo de 2026 13:00
Los recibos de los tanques de oxígeno se acumulaban bajo el mantel del comedor; Fabio ya no bajaba de su cuarto para dibujar en ellos. Cada día le era más difícil respirar y se ahogaba constantemente. El EPOC estaba muy desarrollado y por más que lo hubiese postergado, ya era hora de dejar de pintar, pues el fuerte olor del óleo solo agravaba su salud.
Sus amigos de la juventud lo ayudaron a conseguir un buen empleo en la aduana, lugar donde trabajaría unos 5 años hasta perderlo por sus ausencias y consumo excesivo de alcohol. Fabio pasó de ser un joven de veintitantos que jugaba fútbol con sus amigos del barrio y que aportaba económicamente en su casa, a comenzar a depender de sustancias que lo marcarían para siempre.
Los lápices y pinceles lo acompañaron desde niño, pero no fue hasta quedarse sin trabajo que se pudo dedicar de tiempo completo a su gran pasión: el arte. Desde que tengo memoria recuerdo a mi tío abuelo pintando grandes obras desde su oscuro cuarto en la casa del Country Sur, para encontrarlo no se necesitaba más que seguir el trazo de la cánula nasal de su tanque de oxígeno. Por aquel momento ya había dejado sus adicciones, pero existió un tiempo en el que era difícil encontrarlo sin un cigarrillo en la mano.
Hubo una época en la que viví con el junto a otros 2 tíos abuelos y mi mamá. El cuarto en el que dormía quedaba en la parte trasera de la casa y era necesario atravesar unas escaleras al aire libre para llegar. Quedaba distanciado del resto de las habitaciones por lo que no nos veíamos tanto. A veces me aburría y subía hasta su cuarto para acompañarlo mientras veía noticias o un programa de subastas que transmitían por History Channel y que nunca se perdía.
Por aquellos días tocaban mucho el timbre de la casa para pedirle favores de dibujos para el colegio, carteleras, esculturas e incluso murales, favores que siempre hacía sin importar si hubiera o no algún incentivo económico de por medio.
En un documental de 2006 acerca de la historia del barrio lo entrevistaron sobre su pasado hippie: “A mí me gustaba el pelo largo —ya no tengo— usábamos pantalón bota campana, bordillos de parche, pantalón descaderado y el collarcito con el símbolo de la paz…y tin” (haciendo alusión a fumar marihuana).
Su sustento económico se basaba en los cuadros que vendía o que le mandaban a hacer, aunque después de recibir oxigeno de tiempo completo lo convencieron de aplicar a media pensión por el tiempo que alcanzó a trabajar en la aduana y la consiguió.
En la familia se volvió tradición tener colgado uno o más cuadros de Fabio. Cuando nos mudamos del Country me llevé uno que a mi mamá no le gustaba (lo que solo hacía que me gustara más). Se trataba de una imitación de ‘Rose’, obra del pintor Mark Ryden: una chica de mirada triste con una rosa en su cabello largo y negro que combinaba con sus labios rojizos y ojos ensangrentados. Su versión era menos sádica, pero si te quedabas viéndola mucho se te contagiaba la tristeza. Un tiempo después de mi adquisición le pregunté por el nombre del cuadro, pero al día de hoy no lo sé con certeza, pues la respuesta que obtuve fue: “¿Dulcinea la bella... Belladona la dulce... María calaveras... Engracia la triste… Violeta en lágrimas... lluvia en los ojos... princess vintage…?”.
Su madre sabía que tenía a un artista ante sus ojos desde que veía los dibujos del pequeño Fabio de 3 años. Sus hermanas lo recuerdan como “creativo, rebelde, de humor negro y aficionado al rock”, siempre dispuesto a ayudar como le fuese posible… Algo en común que compartíamos era la delicadeza de nuestros pulmones; de pequeña sufría ataques de asma y necesitaba tener cerca inhaladores en caso de alguna emergencia. En una madrugada desperté sin poder respirar, tenía diez años y se me había acabado el inhalador. Por cosas de la vida aun vivíamos en la casa de mis tíos y mi mamá corrió a despertar a Fabio para pedirle su Salbutamol. Solo le quedaba uno, pero sin dudarlo me lo regaló mientras nos subíamos a un taxi rumbo a urgencias. Hoy puedo decir que sigo con vida gracias a la ayuda que me brindó aquella fría madrugada.
Antes de necesitar asistencia respiratoria trabajó en los parqueaderos de la iglesia. Los turnos que le tocaban eran siempre de noche, por lo que no pasó mucho tiempo hasta que su salud empeoró y salir a cualquier lugar le representaba un profundo desgaste. Sus seres cercanos lo recuerdan por su famosa frase: “Échele ganas”. Entre todas las adversidades que se le presentaban, Fabio encontraba la fuerza para levantarse cada día con optimismo, sostener un pincel en la mano y hacer magia.
Fueron muchos años conviviendo con esta enfermedad, y aun con todos los cuidados, la fuerza se pierde y los pulmones se acaban. Eventualmente llegó el día en el que no solo el frio le agravaba la salud, sino también el óleo con el que amaba pintar. 'Trapito' (apodo que se había ganado por tirarse al piso siendo arquero en los partidos de microfutbol del barrio), debía limitarse a dibujar con lápiz y papel.
Fanáticos de Fabio y su obra es el nombre de un grupo en Facebook con 83 miembros creado para difundir y visibilizar su arte. Oscar, Fabio o Daniel, un hombre con tres nombres y una trayectoria artística que, si bien no llegó hasta las galerías de arte en Nueva York, logró consolidar una comunidad de admiradores de su trabajo que activamente le encargaban cuadros y participaban en sus rifas.
“Rosa solitaria de la pradera veraniega, oasis de la meliflua abeja, adorno en el jarrón de recintos palaciegos…” me escribió un día por WhatsApp sin contexto alguno. Nunca pude comprender su poesía, y pocos la llegaron a leer, pero es indiscutible que con su talento logró conmover a quienes hoy lo recordamos, no por los errores que cometió, sino por su destreza artística y alta sensibilidad para ver el mundo.
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