Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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22 de Mayo de 2026 13:00
Completamente sobrio, no pienso perderme ni un segundo de la que puede ser una de las mejores noches de mi vida. Me recuesto en la pared exterior del teatro y, mientras hago fila, recuerdo todas las veces que hablé con alguien de él, y la recurrente tendencia que tenían de preguntarme: “¿Cuándo va a venir?”. A lo que yo respondía “No creo que pronto, por acá no lo conoce mucha gente”.
Y, más tarde que pronto, ya es miércoles, 21 de enero de 2026, estoy entrando al teatro Jorge Eliécer Gaitán junto a más de mil setecientas personas que, al igual que yo, se congregan para disfrutar de uno de los prodigios más grandes del rock español. Encuentro mi asiento y empiezo a dimensionar lo cerca que estoy del escenario. Me sorprende la cantidad de personas que disfrutan apasionadamente cada momento de una situación que me resulta mágica. Entre las conversaciones murmuradas a la distancia resuena su nombre; se menciona con una euforia contenida que está a punto de explotar. Suenan los llamados del teatro. Uno… dos… tres… cua- “¡PAM!”. Todo se va a negro. La única claridad proviene del chillido que hacen las ruedillas de la camilla al girar.
…
Miguel conserva la conciencia y la fuerza necesaria para sostener un trapo que evita que la hemorragia de su ojo izquierdo se desborde. No saben qué tan cerca está la bala del cerebro; lo tienen que meter al quirófano ya. Estamos en el año 1992. José Miguel Conejo Torres —ahora conocido como Leiva— con doce años, acaba de recibir un disparo de una escopeta de perdigones a 20 centímetros del rostro. A sus allegados les carcome la incertidumbre; el miedo se apodera de los que lo aman. De las puertas del hospital Ramón y Cajal a la sala de operaciones, los separa poco más de un minuto y medio de trayecto. El celador que conduce la camilla le pregunta:
— ¿Cómo te llamas? — Me llamo Miguel —alcanza a decir. — Tío, eres la persona con más suerte que conozco.
Miguel, con la cara empapada en sangre y la visión partida a la mitad, lo mira y le pregunta: — ¿Por qué? — Porque, de todos los órganos que se pueden perder, el único con el que tu vida va a ser exactamente igual es el ojo. Así que métete al quirófano sabiendo que tienes mucha suerte.
Se abren las puertas del quirófano y las cruza como un alma perdida atravesando el purgatorio, sin ser consciente aún, de que esa frase será una de las influencias más grandes de su vida. En lugar de verse como un niño discapacitado, optó por reconocerse como un tipo con suerte. Por más que los otros lo miraran como una anomalía —al ver a un chico que, en lugar de un ojo, tenía una masa blanca sin pupila ni iris—, él eligió verse con suerte.
Y es que Leiva, a lo largo de su vida, ha tenido que lidiar con las miradas en la calle, ha tenido que lidiar con la presión de tantos ojos encima, paradójicamente, por la falta de uno. En Ángulo muerto (2025) haría referencia diciendo: “Todo el mundo sabe ya que soy tuerto, que desnudo parezco un insecto y vestido un señor”. Posteriormente en Hasta que me quede sin voz (2025) lo volvería a mencionar con otro enfoque: “Lo que alcanzo a ver con un solo ojo es suficiente realidad. Insaciable mundo herido de egos y odios…” Y con todo y su hastío al mundo moderno, sigue siendo consciente de “la enorme flor en el culo” que ha tenido. Que la suerte, en más de una ocasión ha ido a tocarle en las puertas de su vida, a decirle: “Venga, va. Te doy otra oportunidad”.
Es como un tren, de esos que te dicen que pasan solo una vez en la vida, hay momentos a lo largo de nuestra existencia en donde alcanzamos a ver como el vagón que debíamos abordar se pierde en la distancia. Para Leiva, ese horizonte se devoró las aspiraciones de ser futbolista profesional, vio partir el tren de la disciplina deportiva y, en lugar de correr tras él, decidió sentarse en las vías, guitarra en mano, a descifrar los riffs de Led Zeppelin. Desde entonces, con su único ojo contempla los años irrecuperables que se quedaron atrapados en el tiempo, mientras camina por su barrio, busca refugio de la era moderna. Es un tipo conflictuado, alguien que parece cansado del ruido constante, de las máscaras, de las redes sociales y del rinrineo insaciable esa cabina de teléfono.
…
Estamos a inicios de los dos mil, en una cabina de teléfono, en la primera gira de Pereza, Leiva, con diecinueve años, le marca a su madre.
—Mamá, hay… no sé, me está pasando una cosa muy rara… Hay... no sé qué es...
—¿Pero estás bien? — Le pregunta su madre —Sí, pero a veces no.
Desde el 93, Miguel venía cargando con unos ataques de pánico que le resultaban imposibles de verbalizar. Por el contexto de la época, había tenido que crecer con síntomas difíciles de describir, y esa falta de conocimiento que le impedía reconocer lo que le estaba pasando. No obstante, aquello no le impidió seguir su sueño, y a los 13 años, junto con su primo Vikxie, formaría su primera banda: “Malahierba”. En la cual, escribiría su primera canción “Bienvenido al mundo de las drogas”, sin haberse drogado nunca. Paradójicamente, en “sus años salvajes” de sexo, droga, Rock n’ Roll, a mediados de los 2000, con “Pereza”, habría de reconocer que su condición hipocondriaca le ayudó a no caer en el “mundo de las drogas”.
En relación con sus inicios: "Yo me quería comer el mundo con Malahierba y teníamos toda la ambición, toda la energía puesta en eso y nunca sucedió…” Junto con Ruben Pozo y Tuli, crearían la formación original de Pereza. Tras solo seis meses de tocar en clubes, un ejecutivo de la compañía RCA (Sony) los vio tocar y les ofreció un contrato por tres discos en la misma mesa del club. “Aquellos años, Malahierba se rompía, mi primo Vikxie se buscó la vida en Brighton. Yo sacaba a Mario de comisaría, de punta en blanco…” (Barrio, 2025).
El éxito de Pereza llegaría con “Animales”, su tercer disco de estudio lanzado en el 2005. Miguel, años más tarde, aseguraría: “La vida me ha cambiado en un segundo extraño, demasiado brillo, demasiado impacto. Me ha venido grande, para ser exacto, ya sé que no es para tanto. La gloria me ha tumbado en el segundo asalto, demasiado humo, demasiados pactos. Fue una rara pérdida el anonimato, ya sé que no es para tanto” (Breaking Bad, 2016). Y sí fue para tanto, puesto que a finales del 2011 y principios del 2012, Leiva tendría el que, según él, sería uno de los peores años de su vida. Tanto Ruben, como Miguel, tomarían la difícil decisión de darle fin a “Pereza”. En un procedimiento de mutuo acuerdo, llegarían a la conclusión de que, lo más importante a mantener, era su amistad.
No obstante, el ahora solista, decidiría continuar con la mayoría del equipo técnico que estaba detrás de pereza, y esta, sumada a otras decisiones, provocarían el estrepitoso choque con la realidad que le provocaría estar cerca de la quiebra. Leiva pasó de la euforia de despedir a Pereza ante 15.000 personas en el Palacio de Deportes, abarrotado el 24 de septiembre de 2011, a la desnudez de su debut en solitario. El 2 de marzo de 2012, en una sala de Burgos con capacidad para apenas 1.000 personas. Llegando a su punto más bajo en 2013, cuando, finalmente tuvo que ponerle nombre a todo lo que estaba pasando en su cabeza. Durante su etapa más oscura, la simple mención del lugar a donde debía acudir por su tratamiento —el Edificio de la Salud Mental— le provocó un llanto inconsolable. Fue el impacto de verse, por primera vez, sin el escudo de la fama, enfrentado a una etiqueta médica que le impresionó más que cualquier fracaso comercial.
Frente a este tipo de circunstancias, Leiva ha recitado: “Y sé, que solo estoy mirando de otra forma, que voy a darle vuelta a nuestras sombras mientras busco el modo de remontar el vuelo” (Caída libre, 2025) en otra canción diría: “Y todo esto es una parte de mí, demasiado importante, y algunas de esas sombras, me ensañaron, a agarrar impulso, para salir adelante” (Leivinha, 2025). Porque sí, si hay algo que ha caracterizado su carrera artística, es ese lapso, en el que se agarra carrerilla para saltar, saltar al vacío he intentar remontar el vuelo. Y, nuevamente, emprendió vuelo, la suerte llamó a su puerta y le dijo “Venga, va. Hagámoslo otra vez.” Con el pasar de los años, se fue reconquistando con su audiencia, volvió a las tarimas de los focos gigantes, volvió a reconquistar el éxito desmedido y a acariciar su sueño. Volvió a ponerse el sombrero, a conectar la guitarra, a tomar aire y a caminar entre la oscuridad del escenario para callar su ruido mental con la devoción de su audiencia, que se rompe la voz, cuando su taconeo irrumpe en la tarima.
…
Vislumbro su silueta, se abre paso entre su banda, camina hacia al frente del escenario como quien se empeña a enfrentar su condena desnudando al pelotón de fusilamiento. Levanta el brazo con el pulgar extendido. Llega al borde del abismo, hace una venia, se da la vuelta para agarrar su guitarra y sacar una púa. Empieza a tocar un poco su guitarra para probar el sonido, mientras la multitud continúa rompiéndose en aplausos. Vuelve a tomar aire, da un par de pasos hacia el micrófono, lo acomoda con la mano derecha y se prepara para decir:
…
“¡DJANGO! … ¡DJANGO!” Grita Miguel, llamando a su perro. Estamos en su casa en la montaña a final de los 2010’s. Un santuario donde se retira para descansar del ruido de la fama. Django habrá de pesar casi 60kg, lo apodó de esa forma, puesto que lo encontró atado a una jaula en la calle, de ahí el “Django sin cadenas”. Regresa a su casa después de un paseo por el bosque y al día siguiente se levanta completamente afónico.
Preocupado por su constante perdida de voz, empieza a ir al medico con la intención de descubrir qué le está pasando. Tras una larga serie de estudios, finalmente, le diagnostican una paresia en su cuerda vocal izquierda. A diferencia de la parálisis, la paresia no impide que la cuerda vocal pierda completamente su movilidad, sino que, reduce su movimiento en mayor medida que su cuerda vocal derecha. El nervio que debería ordenar a su cuerda vocal izquierda moverse con precisión seccionó su comunicación, dejando a la cuerda en un estado de debilidad crónica. Para un cantante, esto se traduce en una "fuga de aire": sus cuerdas no cierran del todo, obligándolo a empujar el doble de aire para emitir la mitad del sonido.
Para convivir con el escenario, Leiva ha tenido que convertir el quirófano en un camerino más. Se somete a infiltraciones de ácido hialurónico directamente en la cuerda vocal; una técnica que busca rellenar el músculo atrofiado para que pueda alcanzar a su pareja y producir la vibración necesaria. Es una solución temporal, un parche de urgencia que le compra tiempo antes de la siguiente gira. Esta condición lo ha obligado a negociar con su propia hiperactividad: ya no hay giras de cinco noches seguidas, ahora el silencio es el único medicamento real.
Al principio, el diagnóstico fue un abismo de responsabilidad; sentía el peso asfixiante de saber que, si su garganta fallaba, se desmoronaba también el sustento de su equipo y el "lujo del mes" de miles de personas que esperaban al otro lado del telón. Es un miedo que se siente en el estómago, la angustia de quien sabe que su herramienta sagrada ahora es de cristal. Sin embargo, en un giro propio de su naturaleza, Miguel terminó por encontrar la suerte incluso en esta grieta. Ha dejado de pelear contra su propia anatomía para empezar a negociar con ella; entiende que su cuerda vocal izquierda, aunque atrofiada y delgada, le está otorgando una tregua que todavía le permite ser cantante. Ha aprendido a convivir con el silencio, a bajar un cambio y a abrazar esa vulnerabilidad, consciente de que ahora cada concierto es un equilibrio precario pero hermoso, un regalo de su cuerpo imperfecto que no deja de acompañarlo; al contrario, se presta. Se presta para ser usado y se deja guiar. Y él, por su parte, lo guía entre el miedo, la oscuridad y la incertidumbre. Y encuentra eso que se enciende, se enciende como una cerilla al final del túnel, se enciende como un foco.
…
Se enciende un foco cenital en la tarima, toma aire y recita: “Estás en tu mejor momento de largo, puedes decirlo bien alto, la carrerilla y el impulso exacto, lo has encontrado ya. La fiebre te ha subido a muerte en un rato, treinta y nueve con algo, sigues radiante, aunque te sientas un trapo, esa es la verdad. Indecisión, anfetamina, autocontrol, cruzar la línea o no, tu día a día sin excepción. Ya no hay dragón ni adrenalina, ni autoboicot a tu autoestima. Llevan razón, tú no funcionas bajo presión…”
Con sus Blue Jeans de vaquero, camisa blanca manga larga y su mítico sombrero. Salió al teatro Jorge Eliécer Gaitán a devorase una ciudad. No le importó su condición, ni lo frenó el miedo. Sudó, cantó, gritó y se llevó una ovación inmensa de un país que lo recibía con las puertas abiertas. Lo dio todo y más. Dejó una parte de su vida en ese escenario y, también, |dejó un momento que se quedará enmarcado para el resto de las vidas de quienes estuvimos presentes. Tanto así, que nos dejó con la certeza de que, volverá a emprender vuelo, de que seguirá dejando su vida en cualquier escenario que pise, de que no dejará de plasmarse tal y como es a través de sus canciones, de que el miedo no lo devorará, y que seguirá abriéndose camino en la oscuridad hasta que se quede sin voz.
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