El Machete que rompió la historia de la UFC

22 de Mayo de 2026 13:00

Por: Jorge Pelaez

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Hay un pasillo en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México que, la noche del 28 de febrero de 2025, estaba inundado de humo artificial, luces de color y un estruendo que oscilaba entre la música y el rugido colectivo. Por ese corredor avanzaba un hombre de treinta y dos años, con el torso descubierto, los puños blindados en guantes negros y una sonrisa que desafiaba la tensión del momento. Javier Reyes no caminaba hacia su destino; Javier Reyes entraba bailando.

No se trataba de una puesta en escena para las cámaras ni de un ejercicio de marketing para ganarse la simpatía de la grada mexicana. Era la manifestación física de su esencia: poner salsa o merengue, ritmos que le son tan inherentes como su propio apellido, para permitir que el cuerpo entre en calor mientras la mente encuentra el silencio necesario antes de la tormenta. Javier Blair Reyes, instructor de rumba de oficio, se convertía esa noche en uno de los primeros colombianos en debutar de manera oficial en la UFC.

La UFC representa la cúspide de las artes marciales mixtas, un ecosistema donde dos individuos se encierran en una estructura de acero de ocho lados para resolver una ecuación de fuerza, técnica y resistencia. Para el espectador casual, puede parecer un despliegue de violencia; para quien lo entiende, es una partida de ajedrez humano donde cada movimiento tiene una consecuencia y donde la velocidad del pensamiento suele ser el factor decisivo para la victoria. Llegar a ese nivel no es una casualidad; es el resultado de años de victorias en circuitos menores y de construir una reputación golpe tras golpe hasta que la organización decide que el luchador es digno de la vitrina más grande del planeta. Para Javier, ese momento tardó diecisiete años en llegar.

Un combate en la UFC trasciende la idea del caos primitivo para convertirse en una de las manifestaciones atléticas más complejas del mundo. Se trata de una convergencia estratégica de disciplinas como el striking, el grappling y el jiu-jitsu brasileño, donde el tiempo se gestiona bajo una presión extrema. En este entorno de "todo o nada", la inactividad es penalizada y la pelea puede finalizar en cualquier instante si el árbitro determina que un competidor ya no puede defenderse de forma inteligente, eliminando el margen de recuperación que ofrecen otros deportes de contacto.

Por: Jorge Pelaez

 

La severidad física del octágono está marcada por el uso de guantes de apenas cuatro onzas, que aumentan la precisión del golpeo y la probabilidad de sufrir daños óseos o cortes profundos. A esto se suma el castigo sistemático de las patadas a los muslos, capaces de anular la movilidad del oponente y transformar el encuentro en una tortura de desgaste. Para un guerrero como Javier, entrar en la jaula implica una entrega total, aceptando que su cuerpo debe operar simultáneamente como una herramienta de precisión quirúrgica y como un escudo humano ante un impacto devastador.

Un deporte invisible

En Colombia, las artes marciales mixtas (MMA) han sido, históricamente, un deporte invisible. Mientras que el fútbol acapara las portadas y el ciclismo es elevado a la categoría de épica nacional, el combate en el octágono ha habitado en la periferia, a menudo malinterpretado como una forma de violencia gratuita y no como la disciplina técnica y estratégica que es. En los barrios y ciudades, los jóvenes crecen soñando con ser James o Egan Bernal, porque hay un camino trazado, hay escuelas, hay ídolos y, sobre todo, hay cámaras. Para un peleador de MMA, el camino ha sido la oscuridad. No había una estructura clara ni un apoyo institucional sólido; solo gimnasios improvisados y una pasión que rozaba la terquedad. Javier Reyes tuvo que luchar no solo contra sus rivales, sino contra la indiferencia de un sistema deportivo que no sabía dónde encajar a un hombre que usaba gajos de naranja como protector bucal.

El pionero del machete

Para comprender la magnitud de lo ocurrido en México, es necesario retroceder hasta el año 2011, en el municipio de Soacha. Allí, un joven buscaba su lugar en el mundo del combate, probando disciplinas como el taekwondo, el boxeo y el karate, sin que ninguna lograra satisfacer sus interrogantes más profundos. El taekwondo le resultaba incompleto por la cortesía de permitir que el rival se levantara; el boxeo limitaba el arsenal solo a los puños; y el karate se enfocaba excesivamente en la marcación de puntos.

La respuesta llegó a través de un aviso en la red que mencionaba el "valetodo". En ese entonces, el camino no era más que una idea abstracta. Javier no poseía guantes; su sparring eran sus propios hermanos y sus maestros eran vídeos de YouTube o combates de la UFC vistos a través de la pantalla. Como protector bucal, utilizaba un gajo de naranja partido en cuatro, acomodándolo entre sus dientes para evitar que el impacto de los golpes destruyera su dentadura.

La geografía de su esfuerzo estaba marcada por el transporte público de Bogotá. Estudiaba en Soacha y entrenaba en Suba, dos polos opuestos de una ciudad saturada de tráfico. Javier realizaba ese trayecto diario de extremo a extremo, ida y vuelta, sin falta. Cuando surgió la oportunidad de realizar su primer campamento de entrenamiento en Estados Unidos para elevar su nivel, se enfrentó a la carencia de recursos. Su única posesión de valor era una motocicleta; la vendió sin dudarlo para financiar un sueño que apenas le garantizaba un par de meses de subsistencia en el extranjero.

Javier utiliza una metáfora recurrente: se ve a sí mismo como un pionero en medio de una selva espesa, abriendo el sendero con un machete. Cuando él inició, no existía un mapa ni un referente colombiano en la UFC a quien seguir. Tuvo que descubrir por cuenta propia qué campamentos eran efectivos, qué promotoras servían de escalafón y qué errores eran fatales. Esa es la razón de sus diecisiete años de espera: no fue falta de capacidad, fue el costo de ser el primero.

La escalera hacia la cima

Para llegar a la UFC no basta con ganar. Hay que ganar en el lugar correcto, en el momento correcto, frente a las personas correctas. El mundo de las artes marciales mixtas funciona como un embudo: abajo están las promotoras regionales, donde los peleadores se forjan sin cámaras ni contratos grandes; arriba está la UFC, donde cada pelea vale una carrera. Entre un extremo y el otro hay años de victorias anónimas que nadie recuerda pero que construyen, en silencio, la reputación que abre las puertas.

Por: Jorge Pelaez

Javier empezó ese recorrido desde abajo, en promotoras como la SFC (Striker Fighting Championship) y la LFC (Latin Fighter Championship), donde no solo acumuló victorias sino que se coronó campeón de peso pluma. Después vino la FFC (Fusion Fighting Championship), después la EMMA (Empire Mixed Martial Arts), después Combate Global, donde tuvo la visibilidad internacional que permitió que ojeadores del norte empezaran a saber su nombre. Cada organización fue un piso más en la escalera. Cada nocaut, cada sumisión —las dos formas de terminar una pelea antes de que los jueces decidan— era una credencial que se sumaba al expediente.

El último peldáño fue la LFA (Legacy Fighting Alliance), reconocida en el circuito como la antesala más directa a la UFC en América. Allí también se coronó campeón. El 26 de marzo de 2025, en el Budo Sento Championship, sumó otra victoria por KO/TKO en el primer round. El 23 de septiembre del mismo año, en la Dana White’s Contender Series —el programa de la UFC donde los mejores prospectos del mundo pelean por un contrato frente a los directivos de la organización—, Javier derrotó a J. Torres en dos minutos con treinta y dos segundos. Fue la llave que abrió la puerta. Cinco meses después, el 28 de febrero de 2026, estaba en el Palacio de los Deportes de Ciudad de México, listo para debutar.

Por: Jorge Pelaez

El abismo tiene nombre y apellido

La gloria nunca es una línea recta; es una cordillera de cimas falsas y abismos inesperados. Para Javier, el abismo tuvo nombre y apellido: Alex Velasco. Aquella noche en Combate Global, 8 de febrero del 2019, Reyes entró a la jaula con la armadura invisible de quien no conoce la derrota; cargaba con ocho años de invencibilidad, un muro de treinta victorias amateur y ocho profesionales que lo hacían sentirse de acero. Pero el acero también se rompe.

Un codazo seco, temprano y quirúrgico, le fracturó el tabique, y lo que siguió fue una coreografía de sangre: las cejas partidas y el labio desprendido bajo el castigo inclemente del mexicano. De repente, el gimnasio, los años de técnica y las horas de sudor se evaporaron; nada funcionaba. El regreso a Colombia no fue un viaje, fue un exilio interior. Durante tres meses, el gimnasio —su santuario— se volvió una celda de vergüenza. No podía sostenerle la mirada a sus alumnos; sentía que su rostro herido era el mapa de un fraude. Con el contrato agonizando y el retiro susurrándole al oído, Javier decidió subir una última vez, no por gloria, sino por honor. 

Los juegos del hambre

Años después, en México, todo ese proceso desembocaba en una noche que condensaba más de lo que parecía. Pero antes de entrar al octágono, había otra pelea que no se veía y que, para quienes la viven, puede ser incluso más exigente: el corte de peso. Javier compite en peso pluma, con un límite de 65,8 kilos, mientras que su peso natural ronda los ochenta. La diferencia se reduce en pocas semanas mediante dieta estricta, entrenamiento y deshidratación controlada, un proceso que obliga al cuerpo a ajustarse a una cifra específica sin margen de error. Esta vez, además, los suplementos enviados por la organización aumentaron su masa muscular, dificultando aún más la reducción de peso y generando una incertidumbre real sobre si lograra llegar al límite requerido.

En un 2026 donde la báscula se ha convertido en el rival más implacable de la disciplina, pues otros colegas han visto sus oportunidades esfumarse antes de subir al octágono debido a la falta de disciplina o imprevistos fisiológicos. Con numerosas peleas canceladas por fallos en el pesaje, llegando a ver casi 4 peleas canceladas en el evento UFC Vegas 113. 

El cumplimiento de Javier adquiere un valor profesional distinto. Javier logró domesticar su propio cuerpo para salvar la función. Su éxito en la balanza no fue solo un trámite administrativo, sino la primera victoria de la noche, una que garantizó que su sueño de diecisiete años no terminara en una simple cancelación técnica.

Javier y Blair son dos personas distintas

La gente cree que con los años el miedo disminuye. Que la experiencia es una armadura que se acumula. Javier lleva casi sesenta combates en su carrera y en el camerino, antes de cada uno, le tiemblan las rodillas. Siente ganas permanentes de orinar. Tiembla.

Entonces pone música y empieza a moverse. Merengue, salsa. No es una coreografía para las cámaras: es la única forma que encontró de sobrevivir la espera. Un cuerpo que baila es un cuerpo que se calienta sin darse cuenta, y cuando uno se da cuenta ya está sudando y los nervios se han ido.

Después viene algo que Javier describe con la seriedad de quien lo ha pensado mucho:

“Yo separo a Javier de Blair. Blair es el man que se sube a la jaula. Javier es el que preparó el carro. Y en el camerino, Javier tiene que calentar el carro para que Blair lo pueda manejar.”.

También hace algo con su entrenador que en este deporte se llama trabajo de reacción: en lugar de golpear fuerte los pads —esas almohadillas que el asistente sostiene para que el peleador practique combinaciones—, le pide lo contrario. Que lo ataque y él solo bloquee. El objetivo no es calentar los músculos sino despertar el cerebro, recordarle al cuerpo que sabe responder.

Después viene el pasillo.

Javier lo describe así: “Es como entrar a un autolavado. Uno entra por un lado y sale diferente del otro.”. En alguna parte de ese trayecto —con el humo artificial, las luces, el ruido que crece—, Javier deja de ser Javier y Blair termina de aparecer.

Dentro de la jaula

El combate comenzó con cautela. Douglas Silva de Andrade no era un rival cualquiera: quince años en la UFC, veintinueve victorias, experiencia acumulada en cada movimiento. Javier reconoce que entró un poco tímido. Un veterano con ese historial tiene ese efecto: hace dudar al que debuta de lo que ya sabe.

Esa noche, el inicio del combate fue un balde de agua fría para todo el país. Imagina que has esperado diecisiete años para cumplir tu sueño y, apenas a unos segundos de empezar, el mundo se te viene encima. Douglas Silva de Andrade, un veterano con puños que pegan como martillos, no salió a saludar: salió a terminar la pelea.

El primer golpe fue un impacto seco que nadie vio venir. En el lenguaje de las peleas, un knockdown es cuando te pegan tan fuerte que pierdes el equilibrio y tus rodillas tocan el suelo, aunque no te desmayes. Javier sintió ese primer derechazo, en el minuto 3 con 42 segundos del primer round, y, de repente, el Palacio de los Deportes se inclinó. Sus piernas, le fallaron por un instante. Se fue al piso. El público contuvo el aliento, pensando que el debut del colombiano duraría menos que un suspiro. Pero Javier, con un instinto de supervivencia puro, se puso de pie antes de que el brasileño pudiera aprovecharse.

Sin embargo, el peligro no había pasado. Silva, al ver que lo había lastimado, arremetió con más fuerza. Vino un segundo golpe, a los 30 segundos de haber recibido el primero, una combinación explosiva que volvió a mandar a Javier a la lona. En ese momento, la situación era crítica: ver a un peleador caer dos veces en el primer minuto suele ser la señal de que el árbitro está a punto de detener todo para evitar un daño mayor. Javier estaba en el suelo, con la visión nublada y el fantasma de sus derrotas pasadas apareciendo frente a él.

Lo que pasó después fue lo que separa a un deportista de una leyenda. En lugar de entrar en pánico, Javier usó esos dos golpes como un despertador. Mientras estaba en el piso, su cerebro no se bloqueó; se puso a "leer" al rival. Se levantó por segunda vez, se sacudió el polvo y cambió el chip: dejó de pelear con el corazón y empezó a pelear con la cabeza. Esas dos caídas, que para cualquiera habrían sido el final, para él fueron la lección que necesitaba para medir la distancia y preparar el golpe maestro.

Mientras lo hacía, empezó a notar un patrón. Cada vez que atacaba, Silva se desplazaba hacia el mismo lado, repitiendo un movimiento que, por habitual, se volvía predecible. Ese tipo de información no se procesa de manera consciente en tiempo real, pero se registra en el cuerpo. Entonces cambió el enfoque: dejó de apuntar al rival como estaba y empezó a anticipar dónde estaría. El golpe no fue un impulso, sino la consecuencia de esa lectura.

Conectó limpio. Silva cayó.

Lo que vino después se llama ground and pound: el peleador que quedó encima controla al que está abajo y le lanza golpes desde esa posición. Es el momento más crítico de una pelea porque el que está abajo tiene opciones: puede defenderse, puede intentar girar y levantarse, o puede tapear —golpear el piso con la mano en señal de rendición, gesto que el árbitro interpreta como el fin del combate—. Javier no le dio tiempo a nada de eso.

Hay una cosa que Javier llama el key, la llave: en los primeros segundos de contacto en el piso, un peleador percibe si el otro todavía tiene resistencia o si ya cedió por dentro sin saberlo todavía. Como una intuición que se transmite a través del peso y la tensión del cuerpo ajeno.

“Apenas lo tuve así un momentito, dije: ah, ya te moriste. Ya sabía.”.

Por: Jorge Pelaez

El árbitro intervino a los 4 minutos y cincuenta y seis segundos del primer round. El silencio que siguió fue breve, apenas un instante en el que el público necesitó entender lo que había pasado antes de reaccionar. El Palacio de los Deportes guardó silencio un instante. Después vino el ruido.

El país que no dormía

Eran las diez de la noche y en todo el país había gente que no dormía. Reunida frente a pantallas que normalmente transmiten fútbol, esa noche mostraban una jaula. Gente que quizás no sabía exactamente qué era un ground and pound pero entendía perfectamente lo que significaba ver a alguien de aquí ganándole a alguien con quince años de ventaja en la organización más grande del deporte. Cuando el árbitro le levantó la mano, Javier no pensó en él. Pensó en Colombia.

“Me imaginé como cuando juega la selección y gana. Todo el mundo celebrando. Algo así. Dije: joder, eso es exactamente lo que quería lograr.”.

No exageró. Había videos en todos lados. Gente reuniéndose en sus casas, en bares, a las diez de la noche, para ver a un colombiano pelear en la UFC. Después del nocaut, canales de televisión que antes no dedicaban un minuto a las artes marciales mixtas empezaron a llamar. Así funciona: no hay interés hasta que hay una victoria, y no hay victoria hasta que alguien trabajó diecisiete años en silencio para producirla.

“No fue un solo paso para mí, sino un gran paso para el deporte en Colombia. Antes de esto, RCN, Caracol, nadie quería saber de MMA. Ahora sí. Hicimos historia.”.

Pienso en el muchacho que golpeaba su celular en Soacha, que cruzaba Bogotá en bus todos los días de extremo a extremo, que vendió su moto para poder estar unos meses en un gimnasio de Estados Unidos. Ese muchacho no tenía forma de saber que iba a llegar hasta aquí. Pero tampoco tenía forma de saber que no iba a llegar. Y en esa incertidumbre —en esa apuesta ciega sobre uno mismo— es donde viven los sueños que terminan siendo reales.

El machete todavía tiene camino

Javier tiene treinta y dos años y calcula que le quedan tres de trabajo duro antes de que el cuerpo empiece a cobrarle los intereses del tiempo. Quiere peleas en el top quince de su categoría, los quince mejores peleadores del mundo en peso pluma. No peleas fáciles. Tiene nombres: la Pantera Rodríguez, Bryan Ortega, Jean Silva. Y al final de todo, lejano, pero no descartado, Alexander Volkanovski, el campeón.

Cuando le pregunto cómo quiere que Colombia lo recuerde, la respuesta no tiene pausa:

“Soy un muchacho que arrancó desde cero. No tenía dinero, mis papás no me apoyaban, entrenaba esquivando popó de perro en el pasto. Así empecé. Pura determinación. Trabajo duro. Y mira: diecisiete años después, lo logramos.”.

Por: Jorge Pelaez

Me llama la atención ese “lo logramos”. El plural donde cabría perfectamente el singular. Como si todo lo que le pasó a él también le hubiera pasado, en algún sentido, a todos los que lo miraban esa noche sin haberlo acompañado nunca en el bus.

Quizás eso es lo que hace una victoria así: vuelve colectivo algo que fue completamente solitario. Le presta a todos el sueño que uno soñó solo durante diecisiete años.

Blair sigue en pie. El machete todavía tiene camino por abrir.

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