Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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10 de Abril de 2026 14:10
Cuando llegué a la casa de Nicolás Barake la puerta ya estaba abierta. No hizo falta timbrar, su hijo dormía y todo estaba dispuesto para no interrumpir ese silencio doméstico. Nico apareció en medias, con esa naturalidad de quien está en su propio refugio. Sonrió apenas me vio y, entre bromas y risas suaves, me dio un abrazo de bienvenida. No era la primera vez que nos encontrábamos; ya lo conocía desde antes, lo suficiente para que el saludo tuviera algo de familiaridad.
Vestía un pantalón tipo jogger gris y una camiseta sencilla. Encima llevaba un buzo de cremallera azul oscuro, de una tela gruesa que recordaba a una cobija, de esas prendas que parecen elegidas más por comodidad que por apariencia. En él no había ninguna intención de pose; solo la tranquilidad de quien recibe a alguien en su casa tal como está, en medio de la cotidianidad.
Nos sentamos primero afuera, en el pequeño parque frente a la casa. La tarde estaba tranquila y la conversación empezó sin prisa. Más tarde, cuando el bebé despertó, entramos. En la casa se sentía el movimiento suave de la rutina familiar: su hijo, también llamado Nicolás, estaba siendo cuidado por su esposa, Andrea, mientras nosotros continuábamos hablando entre pausas y sonidos de hogar.
Antes de empezar con la entrevista, Nicolás cambió los roles por un momento. Fue él quien preguntó primero. Quiso saber cómo iban los parciales, cómo me estaba yendo en la universidad y qué era exactamente lo que quería preguntarle ese día. Le respondí que, más que una entrevista puntual, quería que me hablara de su vida; conocer su historia y aprender un poco más de él.
Entonces empezó desde el principio. Recordó su niñez con una mezcla de nostalgia y humor. Nació en Bogotá y es el menor de tres hermanos, “crecí en una familia donde siempre hubo amor, en un entorno lleno de cariño” comenta Nico. Desde muy pequeño mostró un interés particular por la guitarra y por la música. En medio de la inquietud natural de un niño, encontró en los instrumentos una especie de refugio. Su papá, fanático de The Beatles, llenaba la casa con esas canciones, y así fue como Nicolás creció escuchándolos, casi como una banda sonora permanente de la infancia.
Ese interés pronto se volvió disciplina. De niño tomó clases en la Academia Cantata, en Bogotá, un lugar al que volvería tiempo después. Hace apenas dos años regresó allí acompañado por su hijo, como una forma de reencontrarse con los espacios donde todo había comenzado. Cuando habla de su infancia, Nicolás no intenta idealizarla. Él mismo se describe como un niño “un poquito desjuiciado”. Era inquieto, curioso, de esos que siempre estaban probando los límites. Recuerda, por ejemplo, una anécdota que todavía lo hace reír: durante un viaje a Estados Unidos, siendo muy pequeño, logró llamar al 911 desde todos los teléfonos que encontró. “Yo era muy travieso y creo que la vida me va a devolver eso con mi hijo”, cuenta entre risas.
Su recorrido escolar también aparece en el relato de esos años. Pasó por el Colegio Rochester antes de llegar al Gimnasio Campestre. Durante buena parte del colegio, las matemáticas fueron una de sus materias favoritas, aunque admite que en grado once dejaron de parecerle tan sencillas como antes. Más allá de lo académico, recuerda con especial cariño el ambiente del Campestre. “Ellos me apoyaron mucho con el tema de la música, nos abrían el espacio para tocar en eventos” dice y cuenta cómo esto lo ayudó a seguir explorando ese camino.
Fue también en esa etapa cuando empezó a tocar en distintos eventos escolares. Con una banda que había conformado junto a otros estudiantes, participaba en presentaciones y actividades del colegio, pequeñas tarimas donde comenzó a tomar forma lo que después sería una vocación más clara. Entre esos ensayos y presentaciones empezó lo que con el tiempo se convertiría en Bonka. Al principio estaba conformada por Felipe Harker, Daniel Mora y Nicolás; luego se unirían Alejandro González y Juan Barake.
Poco a poco empezaron a hacerse conocidos entre los jóvenes de Bogotá. Tocaban en eventos, en fiestas y en espacios donde el boca a boca iba creciendo. Con el tiempo firmaron con una disquera y lanzaron canciones como La Mona y El Problemón, temas que los impulsaron a una “popularidad inesperada".
—¿Siempre se llamaron Bonka? —le pregunto.
—No. Antes nos llamábamos Fraxs, pero ese nombre no nos sonaba bonito y no significaba nada. Un día estábamos sentados en una tienda, que era a la que siempre íbamos a parchar, y decidimos cambiarle el nombre. Al principio no sabíamos cómo ponerle. De pronto alguien dijo: “¿qué tal Bonka?”. Así se llamaba la tienda. Y se quedó Bonka… y sigue siendo Bonka veinte años después.
La banda empezó a crecer rápidamente y con ella llegaron los viajes, los conciertos y una exposición que no habían imaginado. Bonka los llevó a la fama y empezaron a ser reconocidos incluso fuera del país. En ese momento Nicolás recuerda: “la prioridad de todos era la banda. La universidad ni siquiera estaba en la conversación. Nos la pasábamos tocando, viajando… no había tiempo para nada más”.
Pero el ritmo no duró para siempre. Con el paso del tiempo algunos integrantes empezaron a sentir la necesidad de estudiar y seguir otros caminos. Nicolás también comenzó a pensarlo. A los 21 años, en 2009, empezó a preguntarse qué pasaría si Bonka no duraba toda la vida. Fue entonces cuando decidió entrar a estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad de los Andes. “Al principio acostumbrarme otra vez a estudiar fue muy difícil. Llevaba tiempo sin hacerlo”, comenta.
Intentó durante un tiempo combinar ambas cosas, la universidad y la banda, pero no resultó tan fácil. Recuerda que incluso perdió una materia y que ese semestre solo había inscrito media matrícula. “A punta de media matrícula y tirándome la mitad de las materias me iba a graduar en 20 años, entonces ahí decidí enfocarme solo en la carrera” cuenta riéndose. No fue una decisión sencilla. Dejar atrás una etapa tan intensa “tuvo su peso y fue duro”.
Con los semestres logró encontrar el ritmo. Durante la carrera hizo un intercambio en Noruega y empezó a adaptarse a una vida más académica. Estudiaba mucho, aunque hoy admite: “si yo hoy volviera a estudiar, yo creo que sería un poco más relajado. Intentaba estudiar mucho para entregar todos los trabajos y quices para que, si me bloqueaba, tuviera ese salvavidas en la nota”. Aun así, de esos años salieron amistades que siguen presentes en su vida. Recuerda esa época con cariño, como una etapa de transición en la que tuvo que reinventarse.
Mientras habla, Nicolás mantiene una actitud relajada. Durante la conversación se sienta con las piernas cruzadas sobre la banca, en posición de indio, como si estuviera conversando con un amigo más que participando en una entrevista. Tiene carisma, y se nota en las líneas que se forman en las esquinas de sus ojos cuando sonríe. Tiene 38 años, la nariz recta, los ojos pequeños, los labios finos y una barba corta y prolija enmarcan su rostro, que transmite calma. Mide alrededor de 1.73 metros y se mueve con la naturalidad de quien está cómodo en su propio espacio.
Su historia personal también encontró un rumbo claro años después. En 2021 se casó con Andrea, a quien había conocido mucho tiempo atrás, cuando ambos eran más jóvenes. Él tenía 18 años y ella 14, y en ese momento “la diferencia de edad hizo que no nos acercáramos demasiado” específica Andrea. Ocho años después se reencontraron en una fiesta en Andrés Carne de Res Chía, y allí empezó una historia distinta.
La boda llegó en plena pandemia. Fue una ceremonia pequeña e íntima, estaban solo los papás, los padrinos de matrimonio y unos tres amigos cercanos. No hubo una gran fiesta, pero sí un brindis sencillo para celebrar. Un festejo discreto que, de alguna manera, refleja también el tono con el que Nicolás cuenta su propia vida: con humor y con una calma que parece venir de haber vivido ya varias etapas distintas en un mismo camino.
Entre recuerdos de música y familia, aparece también una coincidencia que ambos cuentan entre risas. “Con Andre pasó algo muy curioso: todas las cosas importantes han pasado un 17”, explica Nico. Andrea completa la lista casi de memoria: “El 17 de noviembre nos conocimos, el 17 de agosto de 2014 nos reencontramos, el 17 de septiembre volvimos a salir, el 17 de octubre nos dimos el primer beso, el 17 de enero de 2015 nos cuadramos, el 17 de abril de 2019 me pidió matrimonio y el 17 de noviembre nos casamos”.
La música, sin embargo, nunca desapareció de su vida. Sus gustos siguen moviéndose entre el pop y el rock que lo marcó desde joven. Escucha con frecuencia a Blink‑182, Foo Fighters y Green Day. Los Beatles siguen ocupando un lugar especial, al igual que Queen. Al mismo tiempo, reconoce que hoy también admira artistas del pop contemporáneo como Dua Lipa, Sabrina Carpenter y Taylor Swift, en parte por influencia de su esposa. “Íbamos a ir a ver a Dua Lipa, pero no pudimos porque ese día se murió nuestra perrita, entonces no pudimos ir. Me hubiera encantado igualmente”, dice Andrea esta vez.
Después de terminar la universidad, Nicolás enfocó su carrera profesional en el área administrativa de distintas empresas. Ha trabajado principalmente en finanzas, pasando por compañías como Ticop y FEMSA, y también tuvo un paso por Bavaria, donde trabajó en áreas como ventas y recursos humanos. “Hoy en día trabajo en una empresa de tecnología que se llama Genesis, en el área de compensación de ventas. Vendemos un software muy complejo, que puede sonar aburrido, pero en realidad es muy interesante porque se enfoca en entender al cliente. No tanto como Bonka, pero igualmente interesante”, cuenta Nico.
Esa mezcla entre pasado y presente también volvió a tomar forma recientemente sobre un escenario. El 12 y 13 de diciembre del año pasado, Bonka se reunió para celebrar sus veinte años con dos conciertos en el Movistar Arena Bogotá. “El Movistar Arena fue un concierto muy importante porque pasó veinte años después de todo, reunió a muchísima gente y llenó completamente el lugar. Fue muy chévere darnos cuenta de que, ya más grandes, todavía podemos hacer ese tipo de cosas”, cuenta Nico. Nunca antes habían hecho un concierto de esa magnitud completamente solos; en otras ocasiones habían compartido escenario con otros artistas.
Recuerda especialmente un momento en medio del concierto en el que decidió detenerse a asimilar lo que estaba viviendo. “El proceso duró tres meses. Yo sabía que la noche se iba a pasar volando, entonces quería hacer conciencia de estar allá y decir: ‘esto está pasando’, para garantizar que esa imagen se me quedara grabada”. Durante el show también buscó varias veces con la mirada a Andrea entre el público. Cuatro veces le hizo una seña con las manos: levantaba dos dedos en cada mano, como si hiciera el símbolo de paz, para saludarla desde el escenario.
Entre todas las canciones de la noche, una tuvo un efecto particular. “Hoy fue muy especial porque la gente lloraba y se abrazaba. Vivirlo y ver que pasó algo así fue impresionante”, recuerda. El recibimiento del público también dejó una sensación clara entre los integrantes: todavía existe un cariño profundo por la banda. Por eso, dice Nico, no descartan volver a hacer algo más en el futuro.
Yo misma estuve allí. Tuve la fortuna de ir a ese concierto el 12 de diciembre, en la primera fecha. Fue el propio Nicolás quien me regaló dos entradas para verlos. Desde pequeña he escuchado su música; siempre ha estado presente de alguna manera hasta hoy. Verlo allá arriba, con su guitarra frente a miles de personas, y después escucharlo hablar con tanta calma en su casa, me hizo entender algo simple: los sueños sí se cumplen. A veces no cuando uno lo imagina, sino como le pasó a Nico y a los otros integrantes de Bonka, veinte años después.
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