Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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25 de Mayo de 2026 22:58
Cada madrugada, mientras la mayoría duerme, hay personas que ya tienen el motor encendido. Sin ellos, miles de estudiantes y trabajadores de la Sabana Norte simplemente no llegarían. Un oficio invisibilizado, mal comprendido y pocas veces reconocido, pero que sostiene, día a día, la vida de toda una región.
Luis Guillermo Cubides es uno de ellos. Conductor de la empresa La Valvanera, inicia su rutina a las cuatro de la mañana y la termina a una hora que nunca es la misma, porque en este oficio el reloj no siempre obedece. "Ocho horas es la jornada, pero se puede extender a doce o catorce", afirma. Desde pequeño vio a su padre detrás del volante y decidió seguir sus pasos. Hoy es una pieza que muy pocos ven, pero que mueve a miles.
Los conductores de buses intermunicipales se enfrentan cada día a largas jornadas, altos niveles de estrés, prejuicios y trancones; todo con el fin de conectar a las personas de la Sabana Norte con sus hogares y trabajos.
Esta labor suele ser juzgada injustamente por los retrasos, el estado de las vías o la tarifa de los pasajes, factores que son completamente ajenos al conductor, comenta Guillermo. El transporte intermunicipal opera bajo un esquema de libertad tarifaria vigilada: son las empresas las que fijan los precios según sus costos reales de operación. Pero quienes reciben los reclamos son los que están al frente del volante.
En el día a día del bus caben todas las personas y todas las situaciones: pasajeros amables, otros que discuten por el precio del tiquete, algunos que no pagan completo y, de vez en cuando, alguien en estado de embriaguez o, en los peores casos, un ladrón. "Uno se encuentra de todo", dice Luis con la calma de quien ya lo ha visto todo. Y añade que cuando alguien se molesta por el precio, lo primero que tiene que aclarar es que él no lo fija: eso lo decide la empresa.
Para un pasajero cualquiera, todos los buses parecen iguales; lo único que los diferencia son sus rutas. Para Luis, no. Cada vehículo tiene su propio código: en La Valvanera, los que empiezan por 6 van al Portal o a Bogotá, los que empiezan por 1 son internos de Chía y los que inician por 7 van a Cajicá. El color también dice mucho: naranja con amarillo para el Portal Norte, blanco para las rutas locales. Un sistema que Luis lee de un vistazo, y que le recuerda que en este corredor no está solo: La Valvanera comparte caminos con Flota Chía, Teozaca, Zona Trans y Ayacucho.
Antes, cada empresa tenía rutas exclusivas. Hoy, varias pelean por los mismos pasajeros en los mismos corredores. "Hay mucha gente que hay que transportar, pero también es menos lo que entra para cada persona", explica Luis. A eso se suma una competencia informal entre conductores que se demoran más en las paradas para quitarle pasajeros al que viene detrás. Luis los conoce a todos, y todos lo conocen a él.
Y luego está la Pradilla. La vía principal del municipio es, según Luis, "muy congestionada, muy reducida y llena de huecos". El trancón no es solo frustración: si un conductor se pasa del tiempo establecido para completar la ruta, la empresa le cobra una multa. Entonces maneja rápido, no por gusto, sino porque el reloj no da más. "No es porque uno quiera conducir así, sino porque no da el tiempo", y agrega que eso es algo que ni los pasajeros ni el municipio terminan de entender.
Pero lo que más pesa no es el tráfico ni las multas. Es el prejuicio. "La gente piensa que por uno conducir un bus, uno es un ñero", dice Luis.
El estereotipo del chofer grosero y mal hablado es una sombra que recae sobre todo el gremio. Juan Cubides, su hijo, no necesita ir muy lejos para desmentirlo: su propio padre, quien lleva toda la vida en el transporte, es "la persona más decente" que conoce.
Al final del día —o de la noche, según toque—, cuando Luis por fin apaga el motor, lo que queda no es el cansancio ni los reclamos. Es la certeza de haber movido, literalmente, a miles de personas que sin su servicio no llegarían a ningún lado. Muchos viven en Chía y trabajan en Bogotá o en la sabana, y ahí está él cada mañana, para que su movilidad sea posible. En eso, dice, está lo más valioso de su oficio.
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