Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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13 de Abril de 2026 11:14
Después de tomar un par de caminos equivocados y enfrentar trochas imposibles, aparece algo similar a un portón: dos palos sosteniendo tres hileras de alambre de púas. No hay timbre. No hay señal. Solo montaña, árboles y silencio.
Entre el pasto alto se dibuja una figura delgada que avanza hacia nosotros por un sendero marcado a punta de pasos repetidos. Es Juan Manuel Correal, con una cachucha desgastada y botas pantaneras. Saluda con cortesía, pero su mirada, de un azul claro y penetrante, evalúa si pertenecemos a ese paisaje que él eligió hace décadas: su finca, su refugio y, lo más importante, su legado.
No siempre fue así. Durante su juventud, su paisaje fue la frenética ciudad de Bogotá, específicamente el sector de Chapinero, donde nació y vivió toda su niñez. Sin embargo, tras graduarse como biólogo de la Universidad Pedagógica, decidió viajar a España, de donde volvió joven, inspirado y con una pequeña suma de dinero que sería más que suficiente para comenzar con aquel proyecto que se volvería transversal en su vida y se convertiría en su mayor propósito: defender la naturaleza y acercar a los colombianos a sus tierras, no desde el discurso, sino desde la experiencia y el respeto.
“Vi unas experiencias en España muy interesantes que eran, en principio, llevar colegios a las montañas”, comenta. Este viaje lo obligó a replantearse lo que entendía por enseñanza, algo que en los años setenta parecía imposible, especialmente en Colombia, donde para ese entonces, el sistema educativo era sumamente tradicional y poco flexible. “Era una educación desde el cuaderno y los libros, no desde la naturaleza misma. Eso nos motivó a pensar cómo acercarnos a las ciencias naturales con niños y jóvenes de una manera distinta, una manera viva.”
El frío de su casa, que está hecha principalmente de ladrillos, barro y madera, nos recibe, dándonos una probada de lo que significa vivir en la montaña. Mientras hierve el agua en una taza metálica oxidada, me comenta cómo, al volver de España, lo primero que hizo fue comprar esta finca, acompañado de su entonces esposa y sus primeras dos hijas. “Todavía no sabía qué iba a hacer. En principio yo creía que iba a ser un colegio, que tuviera una visión distinta hacia la naturaleza”, reflexiona, y algo en su mirada delata que su mente ha viajado décadas atrás.
Ya con el café entre las manos, relata cómo el propósito de esta finca, donde ya lleva 30 años viviendo, no era otro que traer a estudiantes de grandes colegios de Bogotá para que conocieran el campo. En ese viaje a España conoció el modelo educativo Waldorf: " una experiencia alemana que nació a principios del siglo XX, sobre la naturaleza y sobre la espiritualidad”.
Él siempre ha pensado que la educación de las ciencias enfrenta un gran problema: que es sumamente teórica y poco experiencial. Consideró, en su momento, que la forma de resolverlo de manera eficaz era acercar a la población a la tierra, al campo, a vivir la naturaleza. Fue así como la pedagogía Waldorf se volvió la base filosófica de todos sus proyectos.
El movimiento de sus manos, contrario al tono de su calmada voz, muestra que cada palabra carga una pasión que solo se obtiene cuando aquello que nos mueve es de suma importancia personal. El profundo azul de sus ojos, algo rojos por una alergia de la que padece, atrapan en su historia.
—Además del viaje a España, ¿hubo algo más que inspirara tu motivación por acercar a la comunidad a la naturaleza?
—Una vivencia familiar, nosotros teníamos una finca en el Valle de Tensa. Tenía un río que pasaba por el lado de la finca y mi papá se la pasaba sembrando frutales. Íbamos todas las vacaciones. Entonces fue esa experiencia de oler, de mojarse, de sentir la lluvia y todo eso, que me marcó de por vida.
Si bien el proyecto de traer colegios de Bogotá fue sumamente exitoso y duró casi dos décadas, eventualmente, debido a la alta competencia y el costo que suponía mantenerlo, tuvo que cerrar. En ese punto, Juan Manuel y su equipo buscaron cómo seguir trabajando en pro del medio ambiente y su cuidado.
Él lo describe como si la vida misma le hubiera indicado que era hora de empezar a trabajar en aquello que siempre había sido de gran importancia para él: los proyectos comunitarios. “Hicimos una línea estructural de la escuela con esas ideas de trabajo: dedicarnos a la restauración ecológica, a la soberanía alimentaria y a la educación ambiental”, narra mientras acaricia con su mano arrugada a uno de sus perros, que nos acompañan durante toda la visita a la finca.
—¿Cuál es la diferencia entre seguridad y soberanía alimentaria?
—A la soberanía alimentaria le importa la calidad del alimento, mientras que a la seguridad alimentaria le importa la cantidad. Cuando tú importas algo, no sabes de dónde viene o qué condiciones agrícolas tiene. En la soberanía alimentaria, sí nos importa eso.
La llegada de un español, como voluntario a su finca, fue la chispa que dio vida al festival La mochila semillera, ya que él venía de una experiencia muy interesante de recuperación de semillas en India. Descubrieron que en América ya había varios movimientos y colectivos con ideas similares, como la recuperación de semillas y ampliación de la agricultura ecológica, apoyados y financiados en gran medida por fundaciones suizas.
“Indagamos y ya había todo un proceso en Colombia. Empezamos, entonces, a recuperar las semillas”, explica, para luego ahondar en cómo fue todo el proceso de acercarse a los custodios, como se les llama a los guardianes de las semillas milenarias y autóctonas. Con la ayuda de varios profesores universitarios que llevaban años investigando las semillas colombianas, logró dar con estas personas en diferentes partes del país, como en Nariño y en Cauca, logrando que este festival tuviera un gran alcance. “Los indígenas mantienen la chagra todavía, que es una unidad agrícola completamente diversa. Sus semillas se han cuidado, nunca han tenido químicos”.
Como agua que sigue el caudal del río, estas iniciativas y proyectos han crecido y se han fortalecido. La mochila semillera actualmente se ha celebrado con éxito ya cuatro veces y ha contado con el apoyo y financiación del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Cogua. Este festival, más que solo tratarse de charlas informativas ambientales como a las que estamos acostumbrados los citadinos, es un espacio de talleres interactivos, intercambios de semillas y aprendizajes milenarios. Además, en paralelo, maneja la Escuela de la naturaleza, que busca formar a la comunidad en temas ambientales y en agricultura sostenible.
A mitad de entrevista nos interrumpe un vecino, Gerardo, que llega de montar bicicleta. Juan Manuel lo recibe cálidamente, con una sonrisa. El momento, a pesar de su brevedad, está cargado de una expresión de amistad que nos permite ver a un Juan Manuel diferente: cómodo y tranquilo.
"Juan Manuel es un referente para los ambientalistas. Ha enseñado a proteger nuestros suelos", dice Gerardo.
Juan Manuel, que al principio parecía un poco cerrado a permitirnos entrar a su mundo, parece empezar a ver nuestra visita como símbolo de curiosidad y no de invasión.
—¿Cuál es la línea principal que te guía a ti y a tus proyectos?
—La ética.
Hablando con él sobre la pedagogía Waldorf, nos explica que, dentro de dicha filosofía, está la creencia en las venidas secuenciales a la tierra: “uno es como un peregrino que va encarnando y en esta oportunidad yo vine a hacer ética”.
Él hace una interesante distinción entre ser religioso y espiritual, como él se autodenomina. Dentro de su rutina, que él considera sagrada, después de hacer yoga y ver el amanecer todos los días, ora sin falta antes de seguir con su día y sus obligaciones. “Yo aprendí que la vida debe tener unos ritmos, puede parecer aburrida, pero es lo que da seguridad”, aclara antes de dar, por primera vez en toda la entrevista, un sorbo a su tinto, que ya está frío.
Al preguntarle sobre sus metas y miedos, Juan Manuel se queda callado unos segundos, reflexivo. “A mí me preocupa no dejar un legado, que es la Escuela de la naturaleza, pero ampliada”, dice con la mirada perdida. Su principal meta es que nazca una red de escuelas de la naturaleza, que se apoyen y protejan mutuamente mientras propagan la importancia de tener cercanía con la tierra y de saber cuidarla.
En cuanto a los miedos, me vuelve a hablar sobre la filosofía Waldorf: “hay unas frases muy interesantes ahí sobre esa confianza y serenidad, uno tiene un respaldo”. Sin embargo, también recuerda esos miedos que tuvo al comienzo: la soledad y la economía alternativa: “eso la hace más vulnerable porque yo no estoy ofreciendo nada a nadie, sino mi propio trabajo”.
—¿Actualmente no tienes miedos?
—No, en principio uno está joven y entonces está seguro de que la va a lograr. Y si bien ya no tengo esa juventud, siento la misma fuerza para ampliar la escuela.
Juan Manuel habla con una claridad que denota una sabiduría que solo se obtiene con la vivencia, algo que se refleja en sus ojeras, arrugas y la barba canosa que enmarca su rostro. Al terminar la entrevista, nos da un breve paseo por su finca, mostrándonos la casa en la que se criaron sus dos primeras hijas, que es diferente a la que él habita hoy en día, y que arrienda para poder sustentarse.
Es una casita campesina tan sencilla como él, sin muebles, sin cuadros, sin rastro de ser un hogar, pero hay algo familiar en el lugar, tal vez el calor matutino que se cuela por las ventanas o sus coloridas puertas. Casi puedo imaginarme la infancia llena de risas de sus hijas, en aquel lugar. Al verlo, pienso que él también está imaginado o, más bien, recordando lo mismo.
El Juan Manuel Correal que nos despide parece ser diferente al que nos saludó. Su figura alta y delgada, antes misteriosa y distante, se siente más bien como la de un alto y antiguo árbol: fuerte y sabio.
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