Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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12 de Abril de 2026 13:40
La sede de este revolucionario proyecto se encuentra en una modesta casa de la calle 85, en el norte de Bogotá. Podría pasar desapercibida, pero tras cruzar la reja, queda claro que no es una vivienda común: el ambiente funcional y estructurado reemplaza la típica configuración hogareña.
En la planta baja, una pantalla grande domina la pared donde se muestran los horarios, turnos y tareas de cada integrante del equipo. Allí, Hernán, el mensajero, observa con rigor técnico una caja que contiene mecanismos complejos. Estos son los componentes críticos de los neuro-navegadores, esencialmente GPS quirúrgicos que guían al cirujano en tiempo real hacia el tumor. Hernán los inspecciona y analiza pieza por pieza antes de sellarlos y entregarlos a un hospital.
La llegada de Alejandra Bohórquez marca un cambio en el ambiente. Con naturalidad, toma la iniciativa de presentarme a todo el equipo, provocando sonrisas y bromas amistosas acerca de su rol como "la protagonista" de la jornada. Ella responde con risa fácil y complicidad, dejando en claro que la jerarquía en Navimetric es más horizontal que rígida. Lo que realmente define el ambiente de trabajo aquí es la confianza mutua que va más allá del respeto formal.
En el segundo piso, ese equilibrio se hace aún más evidente. Los roles se organizan de manera tangible: una fila vertical de cinco escritorios alberga a gran parte del equipo. En el cuarto lugar se encuentra el espacio de Alejandra, donde destaca un termo verde metálico que siempre mantiene a mano. Es parte de su rutina diaria; tan pronto como se vacía, se dirige al dispensador de agua para recargarlo, mostrando su inagotable energía y constancia.
Bajo el borde inferior de su monitor principal, una fila de muñecos pequeños y tiernos rompe la sobriedad técnica. Están organizados estratégicamente, como si custodiaran el teclado. Cuando se le pregunta por ellos, Alejandra sonríe con esa sencillez que la define, y explica: “Me los da mi novio, Julián, para que no me olvide de él”.
Al lado de su puesto, la pared sostiene su tótem personal. Es una hoja de papel de impresora común, con una ilustración en blanco y negro pegada con un trozo de cinta. Dice “Moandra”. Es el dibujo que Hernán le regaló por su cumpleaños, comparándola con Moana por su melena rizada y su espíritu de líder nata, decidida y valiente.
Esa imagen de líder decidida que proyecta el dibujo de la pared no es solo una metáfora; es el reflejo de una disciplina diaria que empieza por la mañana. Alejandra es una mujer de prioridades. Cada mañana, comienza el día con una actitud práctica y resuelta. Opta por aprovechar unos minutos más en la cama en lugar de invertir tiempo en maquillaje o arreglos frente al espejo.
Aunque no destaca por su estatura, su presencia es innegable. Con apenas un metro cincuenta de estatura, es una de las más bajas del equipo, pero camina por la oficina irradiando una confianza imposible de ignorar. Su melena rizada enmarca su rostro y se mueve constantemente cuando gira con agilidad para responder a alguien. Sus ojos, vivos y atentos, dan la impresión de estar siempre procesando múltiples cosas a la vez.
Su estilo refleja funcionalidad: jeans oscuros, camisetas polo en tonos neutros y una chaqueta cómoda para combatir el clima frío de Bogotá. A medida que recorre los escritorios, saluda, consulta y supervisa detalles con total naturalidad, como si cada paso formara parte de una rutina.
Su personalidad es la de alguien que no pierde el tiempo en rodeos ni en protocolos innecesarios; es decidida y directa, con una valentía para asumir las responsabilidades más pesadas sin que se le mueva un solo rizo de su cabello. Su sentido del deber es su motor, pero lo vive con una serenidad que contagia al resto, convirtiéndola en el ancla del equipo.
El engranaje humano de Navimetric está compuesto por personas fundamentales que dan vida al proyecto: Angie Pino, en cirugía; Carolina Triana, la encargada de recursos humanos; Alejandra Torres, la contadora; y tres ingenieros, entre los cuales se encuentra Alejandra.
Según Angie Pino, la carrera que comparten combina ingeniería y medicina. En ese cruce, las mujeres han tenido una participación motivante porque se considera que el aporte femenino logra complementar lo técnico con la sensibilidad médica, algo que no siempre se ve en otras ingenierías tradicionalmente dominadas por hombres. Todos reconocen a "Aleja", porque trabajar con ella es, según dicen, como trabajar con una amiga en la que se puede confiar para todo. No es la jefa que manda, sino la líder que sabe equilibrar la exigencia con el bienestar mental.
“Alejandra es una persona totalmente abierta al diálogo e innovadora. Tiene una disposición para el trabajo en equipo que no se ve siempre; para ella, liderar no es imponer una idea, sino sentarse a escuchar y apostar por la construcción colectiva”, afirma Carolina.
Pero esa cercanía no debe confundirse con falta de ambición. Puertas adentro de esta casa, ese equipo de apenas cinco personas se atreve a competir contra corporaciones de Alemania, Canadá y Estados Unidos que tienen edificios llenos de ingenieros. Alejandra lo explica con una analogía clara: “Es como decir que Colombia creó un Renault y estamos compitiendo contra un Tesla”.
“El costo es mucho, mucho, mucho”, enfatiza Alejandra, dejando claro que el precio supera con creces los 100 millones de pesos. “Normalmente, el equipo suele alquilarse como un servicio; eso nos permite simplificar los trámites administrativos. Pero cuando se trata de una venta directa, la documentación se vuelve mucho más exigente, casi quirúrgica”.
Angie, su compañera de cirugía, lo describe con precisión: “En situaciones de máxima presión, cuando algunos doctores exigen resultados inmediatos, Alejandra no se quiebra”. “Aleja asume el liderazgo con una calma asombrosa; nos orienta a todos para responder de manera organizada, logrando que el equipo no pierda el foco a pesar de los gritos o la urgencia”.
En la oficina, antes de que el grupo salga hacia una clínica, Alejandra y su equipo realizan pruebas en los “phantoms”, maniquíes con cerebros sintéticos que sirven como simuladores de alta precisión. Allí, ella garantiza que el software, esas actualizaciones constantes que ellos mismos desarrollan, funcione a la perfección.
Cuando un neurocirujano la mira esperando que el equipo confirme la ruta de acceso a un tumor, Alejandra sabe que la precisión significa que el paciente pasará menos tiempo en la UCI y ahorrará costos hospitalarios. Aunque el médico lleva la mayor carga, ella asume la responsabilidad del soporte técnico con una calma que le costó aprender. Antes quería hacerlo todo sola por perfeccionismo, pero hoy entiende que delegar es lo que permite que el proyecto escale.
Fuera del trabajo, Alejandra es una mujer de rituales. Disfruta estar con su perrita Meghan, una pug pequeña de color arena que siempre está vestida con sacos y moños. También le gusta pasar tiempo con su novio, ir a terapia psicológica y leer libros de autoayuda. Además, procura mantener su hogar en perfecto estado, porque dice que el orden no es un capricho, sino una herramienta.
“A veces, mientras trabajo en la casa haciendo home office, repito capítulos de series que ya me sé de memoria, como The Big Bang Theory. Es una forma de acompañar el día y hacer el trabajo más llevadero. También suelo poner mi playlist de rock clásico mientras avanzo con mis tareas. Además, los fines de semana, especialmente viernes y sábado, asisto a mi maestría en Diseño y Gestión en la Universidad de La Sabana. Me la pago con mucho esfuerzo y gracias a una beca, así que intento mantener muy buenas notas y aprovechar al máximo esa oportunidad”, relata ella misma al recordar sus días fuera de la oficina.
Sin embargo, esa música que la acompaña tiene para ella un valor que va más allá del gusto. Para entender por qué Alejandra pone tanta ‘fe’ en lo que hace y por qué valora cada sonido, hay que mirar hacia atrás. En la universidad, su camino se detuvo abruptamente por una malformación en un oído. La situación le exigió cuatro cirugías y la implantación de un dispositivo que transmite el sonido por el hueso para que pudiera oír. Por ello tuvo que aplazar un semestre, ver cómo sus amigos se graduaban antes y reintegrarse después en un entorno que ya no sentía completamente suyo.
Esta vivencia personal como paciente transformó su visión profesional; hoy, esa misma sensibilidad es la que aplica en el desarrollo de tecnología médica, conectando su historia de superación con la precisión que exige la neurocirugía. Alejandra sueña con que esta tecnología, nacida en este país, llegue a toda Latinoamérica. Para ella se trata de demostrar que Colombia puede hacer algo tan bueno como los mejores del mundo.
“Tengo fe”, dice con una sonrisa. Al final del día, cuando apaga una de sus dos pantallas y guarda su trabajo, Alejandra no habla de competencia ni de gigantes internacionales. Habla de precisión, de responsabilidad y de fe. Tal vez ahí esté la diferencia: no en el tamaño de la idea, sino en la convicción de quien, habiendo sido paciente antes que ingeniera, defiende que detrás de cada coordenada hay una vida real.
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