DTMF, de Bad Bunny, la gentrificación y la defensa de la identidad puertorriqueña

16 de Marzo de 2026 18:15

Foto collage del concierto de Bad Bunny en Medellín
Por: Juan David Lozano / El cantante puertorriqueño estuvo en Medellín, unas semanas antes de su popular presentación en el Super Bowl.

Juan David Lozano Monroy
Comunicador social y periodista Periodista
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Quieren quitarme el río y también la playa
Quieren al barrio mío y que tus hijos se vayan
No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai
Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái

Bad Bunny (2025).

El álbum Debí Tirar más Fotos (DTMF), de Bad Bunny, lanzado el 5 de enero de 2025, se ha convertido en un referente que articula una crítica al proceso de gentrificación en Puerto Rico. A través de sus letras, un cortometraje y una residencia de más de 30 conciertos en el Coliseo José Miguel Agrelot de San Juan, el artista expone cómo las transformaciones económicas y sociales afectan a las comunidades locales, al tiempo que refuerza símbolos de pertenencia e identidad. 

DTMF ha funcionado como un acto de resistencia cultural: transforma un producto de consumo masivo en un medio de expresión que denuncia la gentrificación y reivindica la identidad puertorriqueña frente al mercado global. Esta situación se ha acelerado drásticamente a causa de políticas como la Ley 22 de 2012 (integrada hoy en la Ley 60 o Código de Incentivos). Esta legislación otorga exenciones totales de impuestos a inversionistas que se muden a la isla. Desde su vigencia, a pesar de su supuesto objetivo de estimular la economía, esta ley ha incentivado la especulación y la compra masiva de propiedades, transformando Puerto Rico en un producto turístico de consumo. 

Esta dinámica ha hecho que la adquisición de una vivienda en Puerto Rico sea una “pesadilla para la población local”. El acaparamiento de propiedades por parte de inversionistas exentos de impuestos ha reducido el inventario asequible y ha generado una sensación de desarraigo, pues los residentes sienten que no pueden competir por un espacio en su propia tierra. 

Dentro de este marco, para entender el alcance de DTMF, es crucial analizar la posición única de Bad Bunny. Es un artista global con un arraigo local innegable, lo que genera una paradoja: denuncia la gentrificación mientras forma parte de la industria internacional que se beneficia de la lógica del consumo globalizado. Sin embargo, esta tensión no reduce su papel como puente cultural, sino que potencia su capacidad de visibilización. Su fama mundial le permite tomar el sistema del consumo masivo y redirigirlo para amplificar una problemática local. 

Su voz no solo llega a la comunidad puertorriqueña, sino a millones de oyentes fuera de la isla, obligando a la esfera pública global a confrontar el impacto del neocolonialismo fiscal. De esta manera, la contradicción entre su estatus de celebridad y su mensaje de resistencia se convierte en un recurso estratégico, dando a la crítica una resonancia sin precedentes.

El cortometraje de “DTmF” (DeBÍ TiRAR MáS FOToS) (2025) utiliza su formato estético como una carta de amor y crítica social a Puerto Rico, denunciando el dolor de la gentrificación y el desplazamiento que transforman la isla tradicional. La narrativa aborda cómo la economía cashless y los nuevos residentes hacen que muchos puertorriqueños se sientan forasteros en su propia tierra. En este contexto, la referencia al sapo concho, una especie endémica en peligro de extinción funciona como una poderosa metáfora. De esta forma, así como el hábitat del sapo está amenazado, la identidad y las comunidades locales están en riesgo por la alteración de su entorno social y económico. Este ícono de apego consolidó el cortometraje como un llamado urgente a preservar la memoria y la identidad cultural de la isla ante los desafíos sociopolíticos.

La crítica central se personifica en canciones como Lo que le pasó a Hawái y La mudanza. La primera establece un paralelo histórico y político directo entre la explotación inmobiliaria en Hawái y el destino de Puerto Rico: 

“Quieren quitarme el río y también la playa
Quieren al barrio mío y que tus hijos se vayan
No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai
Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”.

Esta narrativa de desarraigo se contrapone directamente a la firme declaración de permanencia en La mudanza, donde Bad Bunny culmina con un desafío territorial: 

“De aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo
Dile que esta es mi casa, donde nació mi abuelo
Yo soy de P fuckin' R”

La música de Bad Bunny se convierte en un objeto cultural que, al ser consumido, permite al individuo reafirmar su vínculo con sus raíces. Así, el conejo malo utiliza la infraestructura de la industria global para reforzar lo local, por lo que al consumir DTMF, el oyente no solo disfruta de un producto musical, sino que el álbum se convierte en el lenguaje con el que la comunidad desplazada se comunica y reafirma su existencia.

El consumo global del álbum debe leerse desde una doble perspectiva. Por un lado, es innegablemente un producto mercantil de la gigantesca industria musical. Por el otro, es un medio de comunicación que refuerza la identidad puertorriqueña y la convierte en un imaginario compartido. 

En 2025, Bad Bunny presentó una residencia de 31 conciertos en el Coliseo de Puerto Rico bajo el título No me quiero ir de aquí: Una más. Esta elección no fue al azar; fue la manera del artista de llevar a todo el mundo “Pa’ PR”. El impacto económico fue notable: según Gaither International, citado por El Colombiano (2025), la residencia generó una derrama de 713 millones de dólares, equivalente al 0,25 % del PIB de la isla, con la asistencia de casi 600,000 personas. Además, NielsenIQ (2025) reportó aumentos en el consumo en sectores como gastronomía, transporte y comercio, y se generaron más de 3,600 empleos directos e indirectos. Un aspecto innovador fue la decisión del artista de reservar las primeras y últimas funciones para residentes locales, asegurando que el beneficio económico se quedara en la isla y no en los mercados internacionales.

De hecho, esta visibilidad se amplificó aún más desde el anuncio de que Bad Bunny sería el artista principal en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, un evento que genera la contradicción máxima. Este hito deportivo no es solo el espectáculo más visto de Estados Unidos, sino un ícono del patriotismo y el capitalismo que su música precisamente critica. La expectativa era alta y esta declaración de intenciones se materializó en el escenario del Super Bowl, el 7 de febrero de 2026, donde el artista transformó el mayor escaparate del capitalismo estadounidense en una plataforma de afirmación colectiva. 

Más allá de la protesta, el espectáculo fue diseñado como una inmersión en la identidad latina, retratando las costumbres y la energía de una auténtica fiesta popular a través de visuales de barrios vibrantes, bailes tradicionales y una estética que celebraba la cotidianidad de la región. Esta apuesta cultural no solo resonó en el mensaje, sino también en las cifras: la presentación se convirtió en el cuarto espectáculo de medio tiempo más visto en la historia de la NFL, alcanzando una audiencia de 128,2 millones de espectadores, que le recordó al mundo que la cultura latina no es un producto de consumo desechable, sino una historia de pertenencia y arraigo que domina el mercado global. 

Como se esperaba, esta reafirmación de la soberanía cultural en un evento tan emblemático para el nacionalismo estadounidense provocó una reacción inmediata y divisiva. El presidente Donald Trump rechazó públicamente el evento, calificando el histórico show como un contenido que no representaba los valores del país y cuestionando la fuerte carga política de la presentación. Del mismo modo, miles de estadounidenses negaron esa enunciación de qué es “América”.

Es fundamental reconocer las contradicciones inherentes a la crítica de Bad Bunny. Como celebridad internacional, capitaliza la lógica del espectáculo y el consumo que se entrelaza con el capitalismo que critica. Sin embargo, su influencia permite a la esfera pública global debatir sobre la gentrificación en la agenda internacional. Su obra no resuelve el problema, pero su impacto radica en la visibilidad de Puerto Rico. 

La obra y el performance de Bad Bunny es un artefacto cultural dual: es un producto de consumo exitoso y una herramienta esencial de protesta social. Al utilizar su inmensa plataforma para comunicar sus ideales y establecer paralelismos históricos como el caso de Hawái, el artista ha logrado que una crisis local sea debatida globalmente. Es una declaración que propone una defensa activa de la identidad puertorriqueña frente al despojo y la homogeneización global, demostrando el poder de la música para funcionar como conciencia de una nación.

“De aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo / Dile que esta es mi casa, donde nació mi abuelo / Yo soy de P fuckin' R”

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