Mujeres tras la cámara: equidad en la industria audiovisual

25 de Noviembre de 2025 09:35

Encontramos en set a Carolina Bermúdez CEO de una productora audiovisual de cine y televisión con más de 17 años de experiencia, la cual ha vivido un poco el desarrollo y la evaluación de la participación de las mujeres en el mundo audiovisual
Por: Laura Castilla

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El sonido del claquetazo corta el aire. Una cámara se eleva, las luces bañan el set y el silencio se convierte en lenguaje. En medio del ajetreo, son ellas quienes dirigen la orquesta invisible del rodaje: una directora da instrucciones con calma, una sonidista ajusta el boom sobre el actor principal y una jefa de arte acomoda los últimos detalles del decorado.

“¡Silencio en el set!”, ordena una voz femenina, firme y serena. El poder se ve distinto: tiene rostro de mujer.

En los rodajes, estudios y aulas de Bogotá se gesta una transformación profunda. Mujeres productoras, directoras, artistas y técnicas están conquistando un terreno que durante décadas fue de dominio masculino. Con talento, liderazgo y una visión más humana del trabajo audiovisual, están cambiando no solo quién cuenta las historias, sino también cómo se cuentan.

Durante gran parte del siglo XX, la industria audiovisual colombiana fue una extensión del sistema patriarcal que decidía qué historias merecían ser contadas y quién tenía el poder de narrarlas. Las mujeres estaban presentes, pero desde los márgenes: maquilladoras, vestuaristas, asistentes. Rara vez firmaban una dirección o encabezaban una producción.

Hoy, Bogotá se ha convertido en el epicentro de un cambio histórico. Los rodajes ya no son exclusivamente masculinos y las nuevas generaciones de creadoras están transformando la manera en que el país se mira a sí mismo a través de una cámara.

Carolina Bermúdez, productora ejecutiva y CEO de Mamut Producciones, resume el espíritu de esta nueva ola: “Abrirme camino en una industria donde históricamente la voz femenina ha sido minimizada no ha sido fácil”, afirma. Desde su oficina, entre libretos y planes de rodaje, explica que la clave ha sido combinar liderazgo y empatía: “Aprendí a mantenerme firme sin perder mi sensibilidad. Hoy lidero con la convicción de que una mirada femenina no es una debilidad, sino un valor”.

En su productora, la equidad de género es más que una política: es una práctica. Los equipos son diversos, las voces femeninas ocupan puestos de decisión y cada proyecto busca dar visibilidad a otras creadoras.

Ese cambio también se siente en los rodajes televisivos. Camila Navia, asistente de dirección, recuerda los inicios de su carrera, cuando el respeto se ganaba a gritos. “Cuando empecé, para ser escuchada había que hablar fuerte y aguantar actitudes que hoy no serían tolerables. No era suficiente ser buena, había que ser perfecta”, relata. Con el tiempo, entendió que la firmeza y la serenidad también son herramientas de liderazgo: “Aportamos otra manera de dirigir. No desde la imposición, sino desde la escucha y el trabajo colectivo. Y eso también es poder”, asegura.

Una brecha que se va cerrando

Aunque los cambios son evidentes, las brechas persisten. A muchas mujeres les cuesta acceder a cargos técnicos, a la dirección o a la cinematografía, roles históricamente dominados por hombres. Según cifras del Ministerio de Cultura y Proimágenes Colombia, menos del 30% de las películas nacionales estrenadas entre 2020 y 2023 fueron dirigidas por mujeres.

La cifra mejora en áreas de producción y arte, pero sigue evidenciando una desigualdad estructural. “Faltan políticas que garanticen oportunidades equitativas y formación con enfoque de género”, explica Bermúdez.

Para Sole Olarte, directora de cine y publicidad, el problema no es solo de acceso, sino también de narrativa: “De cada diez directores, solo una es mujer, y eso se nota en lo que vemos. Las historias contadas por mujeres son distintas, más honestas, más conscientes del detalle y de las emociones humanas”, señala. Para ella, la perspectiva de género en la dirección no es una etiqueta, sino una responsabilidad social: “Contar desde lo femenino es hablar desde la inclusión, la empatía y la diversidad”.

En los últimos años, colectivos como Mujeres Audiovisuales de Colombia y proyectos apoyados por el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC) han impulsado programas de mentoría, becas y redes de apoyo para cineastas. Estas iniciativas han permitido que más creadoras lleguen a festivales, rueden sus primeros cortometrajes y consoliden productoras independientes. Sin embargo, todavía falta camino: muchas enfrentan presupuestos menores, salarios desiguales y la falta de reconocimiento institucional.

Nuevos roles, nuevas éticas

Entre las voces más innovadoras del cambio está Natalia Cortés Rocha, actriz y coordinadora de intimidad, una doble faceta que refleja las transformaciones más profundas del medio.

En la actuación, Cortés ha vivido de cerca los estereotipos de género que persisten en el cine y la televisión colombiana. “Los castings para mujeres indígenas o de piel más oscura siguen siendo los mismos: la sirvienta, la revolucionaria, la mujer empobrecida. Casi nunca la empresaria o la heroína”, cuenta.

Esta experiencia la llevó a cuestionar la estructura machista que subyace en muchos procesos de producción y así nació su segundo rol: coordinadora de intimidad, un oficio que replantea la ética de los rodajes.

Desde 2021, Natalia trabaja en el colectivo SILA Latinoamérica, junto con otras profesionales de Chile, México y Argentina. Su función consiste en mediar entre directores, actores y equipos técnicos cuando hay escenas sensibles de desnudez, violencia o contacto físico, asegurando que se realicen con consentimiento, respeto y acompañamiento psicológico. “Hemos abierto el camino para hablar de bienestar y límites en el audiovisual. Antes eso no existía. Nuestro trabajo evita abusos, pero también educa”, explica.

Cortés considera que su doble mirada como actriz y como coordinadora le permite entender ambas caras del problema: “Como actriz sabes lo vulnerable que te sientes frente a un equipo de veinte personas y una cámara. Como coordinadora, sabes que la producción tiene tiempos y presiones. Mi trabajo es unir esos dos mundos para que la escena salga bien sin vulnerar a nadie”.

Además, promueve la formación de nuevos coordinadores con enfoque de género, convencida de que la presencia de estas figuras puede cambiar para siempre la cultura laboral del sector. Su trabajo también ha generado impacto en políticas internas de productoras y plataformas de streaming, que comienzan a exigir protocolos de intimidad y equidad laboral. En sus palabras: “La industria no puede seguir normalizando el abuso como parte del arte. El cuidado también es parte de la creación”.

Con ojos de mujer

La revolución femenina también se nota en el arte y la estética. María Juana Botero, directora de arte en cine y televisión, asegura que la mirada de las mujeres ha cambiado la manera en que se construye el mundo visual de las historias. “Los objetos y colores también cuentan. Los detalles son una forma de narrativa”, dice.

Para ella, el arte femenino ha traído una nueva sensibilidad: “Las mujeres observamos distinto. Vemos lo pequeño, lo humano, lo que a veces no se dice pero está ahí”.

En la academia, el cambio está germinando. Valentina Gómez, estudiante de Cine y Televisión en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, forma parte de una generación que crece con más referentes y conciencia crítica. “Queremos contar historias reales, no idealizadas. Mujeres que sienten, se equivocan, deciden”, explica.

En la universidad, aún persisten roles tradicionales: “En los grupos de rodaje, los hombres suelen ir a cámara y las mujeres a producción o arte. Pero eso está cambiando. Ya no nos conformamos con mirar desde la distancia”.

El papel de la academia y las políticas culturales es clave para consolidar la equidad. La Secretaría de Cultura de Bogotá y entidades como Idartes han impulsado becas para mujeres en el audiovisual, además de programas de formación técnica en áreas como iluminación, cámara o posproducción, donde la participación femenina sigue siendo baja. Estas acciones buscan que las próximas generaciones no hereden una industria desigual, sino una donde el talento sea el único criterio.

También el público empieza a notar el cambio. Catalina Pérez, televidente habitual, lo resume así: “Antes las mujeres en la televisión eran la víctima, la mala o la novia del protagonista. Ahora hay historias con mujeres reales, imperfectas, poderosas. Falta diversidad, pero ya hay un cambio visible”.

El cine y la televisión bogotana atraviesan una revolución silenciosa que trasciende los sets. Las mujeres no solo están ocupando cargos, sino redefiniendo la narrativa, el liderazgo y la ética del trabajo audiovisual.

Productoras que fomentan la equidad, directoras que reescriben estereotipos, artistas que transforman la estética, académicas que siembran conciencia y profesionales que ponen el cuidado y el respeto en el corazón de la creación.

En palabras de Carolina Bermúdez: “Imagino una industria donde la presencia femenina sea la norma y no la excepción”. Ese futuro, antes inimaginable, hoy ya tiene nombre, rostro y voz. Está en Bogotá, y lo están filmando las mujeres.

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