Carlos Pinzón, el alma del Festival de Música Clásica de Zipacón

24 de Febrero de 2026 14:45

Carlos Pinzón, fundador del Festival de Música Clásica de Nemocón, sostiene una copa de champán
Por: Cortesía de la familia Pinzón

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En 1983, la Orquesta Filarmónica de Bogotá ya estaba lista. Los músicos se acomodaban, el murmullo del público llenaba el aire, y, justo cuando el maestro alzó la batuta, se fue la luz. Hubo un silencio breve. Luego, retumbó el ruido de las sillas moviéndose, pasos que iban y venían, alguien soltó una risa nerviosa, otro una maldición. En la primera fila, Carlos Pinzón miró a su invitado especial, Gabriel García Márquez, sentado a su lado. Las puertas se abrieron y la gente comenzó a salir, pero no para irse, sino para volver, con velas y linternas. En minutos, el auditorio se llenó de puntos de fuego. Los músicos volvieron a tomar asiento. La primera nota del violín rompió la oscuridad. La Novena Sinfonía de Beethoven empezó a sonar para dar apertura al Festival de Música Clásica, bajo la luz temblorosa de las llamas.

Al finalizar el concierto, García Márquez se levantó y pidió que nunca más pusieran luz eléctrica en ese lugar.

¿Destino o casualidad?

Carlos Pinzón Moncaleano fue un presentador, productor y empresario colombiano de radio y televisión. Su hermano, Roberto Pinzón, escribía un guion para su programa de radio sobre turismo en Colombia y alguien mencionó el nombre del pueblo: Zipacón. Por eso decidieron ir a conocerlo. Viajaron.

Al llegar, los habitantes lo recibieron. El pan de maíz, típico del lugar, salió del horno a su paladar. Sus calles se extendían entre casas coloniales. El aire helado le enrojecía la nariz. Desde entonces, Carlos Pinzón, pionero de la televisión en Colombia, volvió una y otra vez.

En una de esas visitas conoció a Ana Oliva Camargo de Gómez, quien lo presentó al torero Félix Rodríguez. Compartieron el gusto por las corridas, y fue él quien convenció a Carlos de comprar un lote en el lugar. Recorrió el municipio y se decidió por uno con una quebrada al fondo, una casa pequeña y un silencio interrumpido por el canto de las aves, cercano a la vida del pueblo, pero con la soledad de la ruralidad. Con el tiempo, comenzaron a reconocerlo como un zipacón más.

“Un hombre con un corazón muy grande”, decía Ana Oliva. El visitante se volvió parte del paisaje, de las fiestas, de las conversaciones y de las historias.

Sus raíces

Carlos Pinzón nació el 24 de octubre de 1927. Creció entre los pueblos de la Sabana, aunque su pueblo natal es Choachí, Cundinamarca. Las cuestiones económicas no eran las mejores, pero caminaba con sus alpargatas, estudiaba en escuelas públicas y, aunque era rebelde, las lecturas de novelas lo rescataban cuando sus notas eran bajas. Se casó con Norma Henker y compartieron veinticinco años de vida. Tuvieron tres hijos: Claudia, Norma y Carlos Junior. Ellos crecieron entre el ruido de los micrófonos y las voces que su padre presentaba al país, aprendiendo lo que significaba la comunicación. Siempre estuvo presente como padre, pese a sus ocupaciones.

Después conoció a Elena de Pinzón, con quien compartió más de cuarenta años. Ella lo llama “el amor de su vida”, el hombre que Dios “le mandó” para acompañarla. Dice que su risa era tan grande que a veces terminaba en lágrimas. Juntos recibían a los nietos, que para él eran su alegría.

Su lugar seguro

La cabaña de Carlos Pinzón recibió a muchos visitantes de distintos rincones del mundo. Entre ellos, los músicos Frank Preuss, André Rieu, Carlos Villa y la Orquesta Filarmónica de Bogotá; artistas y figuras de la televisión como Fernando Gonzales Pacheco y Álvaro Ruiz; además de escritores y periodistas como Gabriel García Márquez.

Una tarde, José Humberto “Pepe” Cáceres, otro invitado de Carlos, toreó en la plaza del pueblo con su hija Adriana Eslava en brazos. Para cada uno de sus invitados la comida solía ser la misma: ajiaco, preparado por su personal de servicio, tanto en eventos como en su casa. Yolanda Forero, quien trabajó con la familia Pinzón, recuerda: “Ellos eran felices comiendo ajiaco. Y él pa’ todo era: háganme el favor.”

Carlos solía llevar a sus invitados a recorrer el pueblo y a disfrutar de los conciertos que organizaba, pero también aprovechaba esos encuentros para pedir apoyos económicos o donaciones que contribuyeran al desarrollo cultural de Zipacón.

Frank Preuss, gran amigo suyo, escribió en el libro Carlos Pinzón, el comunicador social: “Carlos convirtió a ese pequeño pueblo en la Villa Cultural de Cundinamarca, como él mismo lo bautizó. Allí hicimos muchos conciertos y presentaciones; inclusive llegamos a pensar que, en ese pueblo, Zipacón, iríamos a pasar nuestra vejez. Lo que no sucedió. Cuando Carlos decía que se necesitaba algo, inmediatamente se sumaban esfuerzos y se solucionaba la necesidad”.

“Don Carlos no quiso ocupar ningún cargo, porque lo iban a nombrar presidente de la Fundación Amigos de Zipacón… él no quiso. Dijo que el único cargo que aceptaba era director de Relaciones Públicas”, recuerda José Crispín Martínez, extesorero de la Fundación.

Desde ese rol no oficial, pero activo, Carlos impulsó la vida cultural del pueblo. Promovió salas de música, exposiciones y museos. Cada iniciativa surgía entre conversaciones y visitas, sin papeles ni formalidades. Si hacía falta un lugar para ensayar, se adecuaba uno. Si el pueblo necesitaba un escenario, se levantaban tablas y se colgaba cortina, siempre con el apoyo de alguno de sus invitados especiales.

“Allá se escuchaba la música clásica”, afirma Yolanda, trabajadora de la familia Pinzón. Carlos tenía una costumbre: poner música y sentarse a escucharla sin afán. Podía pasar horas así, entre discos que guardaba con un orden. Con el tiempo, ese gusto se transformó en un proyecto: quiso dejarle a Zipacón un lugar donde el sonido también tuviera memoria.

De ahí nació el Museo del Disco, inaugurado el 15 de julio de 1995 en la Casa de la Cultura del municipio. El museo cuenta con cilindros fonográficos, un Edison de 1906, gramófonos RCA Victor de 1920, discos originales de Enrico Caruso y Fritz Kreisler, CDs, tocadiscos y otros instrumentos donados por coleccionistas.

Legado nacional

Mientras Zipacón recibía sus primeros conciertos, Carlos Pinzón puso en marcha la Teletón Colombia. Era un programa de televisión transmitido en vivo durante varias horas, diseñado para recaudar fondos destinados a la rehabilitación de personas con discapacidad física y motora. La respuesta de la gente superó las expectativas y permitió construir la Clínica Teletón en Chía, Cundinamarca, especializada en atención y tratamiento de pacientes con estas condiciones.

Al mismo tiempo, creó el Club de la Televisión e impulsó la Asociación Colombiana de Locutores. Los premios llegaron: India Catalina, Víctor Nieto a Toda una Vida, Cruz de Boyacá. Cada reconocimiento mostraba que sus decisiones generaban resultados visibles a nivel nacional.

Carlos Pinzón quedó en el corazón y el recuerdo de amigos, vecinos, ciudadanos y niños de Zipacón. Fue homenajeado con una placa a su honor en la Sala de la Cultura. Varios de los lugares que impulsó llevan su nombre. Su disposición para ayudar con aportes sociales permanece como testimonio de su paso por el pueblo y es considerado “hijo adoptivo de Zipacón”.

Fue un hombre de traje, corbata y bigote, constantemente frente al micrófono, quien trabajó para impulsar proyectos y ayudar a los demás desde su rol. Sus acciones quedaron respaldadas por su convicción propia: “Es cuestión de humanidad”.

En televisión, el medio que marcó su vida, se anunció su muerte el 30 de abril de 2020: Carlos Pinzón Moncaleano falleció. La noticia del hombre que invitaba a “disfrutar de lo que tienes y alegrarte de compartirlo un poquito” recorrió la pantalla y entró a los hogares; en Zipacón sus obras siguen en pie y este año el Festival de Música Clásica cumple 50 desde su fundación. Hoy, la Clínica Universitaria Teletón, ahora llamada Clínica Universidad de La Sabana, continúa atendiendo pacientes en procesos de rehabilitación, y la Fundación Teletón mantiene sus programas de inclusión y apoyo a personas con discapacidad en el país.

“Es cuestión de humanidad”

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