Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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8 de Septiembre de 2026 11:00
El estruendo de los motores Cummins y el olor a diésel quemado en la pista del Autódromo de Tocancipá no son solo señales de un evento deportivo de alta exigencia, representan la culminación de un proceso familiar de años de tradición. Entre el rugir de las máquinas y el afán del cronómetro, el certamen conocido como el Gran Premio Nacional de Tractomulas —organizado por Mobil Delvac— fue testigo en 2026 de un hito en sus casi cuatro décadas de historia: la consolidación de la Copa Femenina y la consagración de Juliana Castelblanco como su primera campeona.
Detrás del volante de un gigante de varias toneladas, Juliana no solo desafía las leyes de la física en pruebas de destreza y slalom, sino que también rompe los paradigmas de un gremio históricamente masculinizado. Su historia es la de una herencia sobre ruedas, apoyada por una "dinastía" familiar que ha convertido el taller en su segundo hogar.
Y es que estas competencias van mucho más allá de ver qué camión corre más rápido. Se trata de auténticas exhibiciones de destreza donde gigantes de varias toneladas deben esquivar obstáculos ajustados, cruzar túneles estrechos y frenar con precisión milimétrica, demostrando que en la pista la habilidad y el control valen más que la fuerza bruta.
El vínculo de la familia Castelblanco con los vehículos de carga pesada nació décadas atrás con la influencia del abuelo y un tío, quienes introdujeron al padre de Juliana en la operación de maquinaria, camiones y mezcladoras, hasta llegar a las tractomulas. Con el tiempo, la afición por los motores pasó de los viajes de vacaciones por la geografía colombiana a los talleres de mantenimiento y, finalmente, a la pista de carreras.
Los tres hermanos —Óscar, Javier y Juliana— crecieron inmersos en esa rutina. "Desde que éramos pequeños mi papá nos llevaba a mirar, era como un evento tradicional y familiar", evoca Javier Castelblanco, copiloto y hermano de Juliana. Para ella, el amor por los camiones comenzó acompañando a su padre desde Bogotá hacia puertos como Buenaventura o Medellín.
"Eran mis vacaciones: irme de paseo y recorrer toda Colombia con él; era super bacanísimo", recuerda Juliana, quien cursa séptimo semestre de Ingeniería Industrial en la Universidad de los Andes y distribuye sus jornadas entre las aulas, la empresa familiar y el alistamiento mecánico previo a cada válida.
Durante años, la posición de Juliana estuvo del lado de la tribuna junto a su madre, observando cómo su padre y sus hermanos alternaban el volante y la navegación. No obstante, el anhelo de ocupar el asiento de copiloto siempre estuvo presente. Tras un periodo de año y medio viviendo en Estados Unidos —donde experimentó la nostalgia de seguir las transmisiones virtuales del certamen—, regresó a Colombia decidida a involucrarse formalmente en la competición.
El salto definitivo al rol de piloto se dio gracias al impulso de sus hermanos y su padrino, Ricardo Cubides, quienes gestionaron la obtención de su licencia deportiva. "Yo estaba con la idea de correr, pero como todo al principio, tiene demasiados nervios y mucho miedo", confiesa Juliana. Su debut en pista tuvo lugar en Miraflores, Boyacá. Allí, sin la oportunidad previa de realizar prácticas formales de slalom o zonas de frenado, asumió la responsabilidad de conducir la mula desde Bogotá a lo largo de seis horas de trayecto para afianzar el dominio del vehículo.
El apoyo dentro de la cabina recae habitualmente en su hermano Javier, quien ejerce la función de guía. De acuerdo con las regulaciones de seguridad, la presencia del copiloto es obligatoria en la mayoría de las pruebas para orientar la trazada y recordar el orden de los obstáculos. "Las pruebas muchas veces son muy largas. El copiloto tiene que dar esa tranquilidad y recordar cada uno de los obstáculos que vienen", explica Javier.
Competir en el nivel de élite exige una rigurosa preparación técnica que transforma una herramienta de trabajo pesado en una máquina configurada para la velocidad y la precisión. A diferencia de los motorizados de serie convencionales, las tractomulas empleadas por la familia Castelblanco —como su modelo Kenworth— cuentan con modificaciones específicas desde su encargo en concesionario y posteriores ajustes en taller.
Luis Gluma, mecánico con cerca de dos décadas de experiencia con la familia, resalta que el margen de error técnico debe ser cero: "En este mundo un tema de frenos o de dirección es algo que no puede fallar en ningún momento en una competencia. Si falla el motor, el carro se apaga y no pasa nada; pero los frenos son esenciales".
El alistamiento implica detener la operación comercial de los vehículos entre una y dos semanas antes del evento. Durante ese lapso, se realizan reemplazos preventivos de filtración, ajustes de lubricación con grasas de alta resistencia térmica para evitar que el calor de la frenada afecte las ruedas, y el icónico corte estético en los guardabarros, considerado la firma visual de la familia.
El esfuerzo económico detrás de cada participación es considerable. Retirar un camión de la cadena de transporte implica detener su producción económica durante varios días, sumado a la inversión en licencias, insumos mecánicos y logística de traslado.
Sin embargo, para los participantes, el factor financiero queda relegado frente a la convicción deportiva. "Los 150 competidores hacemos un esfuerzo grandísimo en la parte económica porque el carro deja de producir casi semana y media, pero la pasión y el gusto que genera hace que lo económico pase a un segundo plano", agrega Javier.
A la par de las exigencias técnicas y económicas, Juliana enfrenta la gestión del tiempo entre la academia y el circuito automovilístico. Mantener la honestidad con sus profesores en la universidad le ha permitido ajustar fechas de exámenes para cumplir con la agenda de competencias. "Le dije la verdad a un profesor: 'Tengo una carrera de mulas'. Quedó en shock, pero me dejó presentar el parcial otro día", relata entre risas.
La consecución del título en la primera Copa Femenina de Tractomulas no marca el final del camino para Juliana, sino el inicio de un estándar más alto. Con victorias previas en escenarios como Acacías y Tocancipá, su meta inmediata es medirse a la par con las posiciones de vanguardia de la clasificación general absoluta.
"Mi objetivo es poder decir que estoy al nivel de los pilotos más experimentados, competir contra mis hermanos o contra las personas que siempre están en el top 20", sostiene Juliana. La agenda familiar proyecta además la posibilidad de representar a Colombia en válidas internacionales en países como Ecuador y México, donde la disciplina de las tractomulas ha comenzado a ganar terreno.
Más allá de los trofeos, la presencia de la dinastía Castelblanco en los talleres y Autódromos reafirma cómo la pasión por los motores, la disciplina técnica y la unión familiar pueden transformar el trabajo pesado del transporte en un deporte de alto rendimiento.
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