Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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22 de Mayo de 2026 18:38
Cuando Mónica Patricia Montes Betancourt llegó a dictar su primera clase en la Universidad de La Sabana, varios estudiantes dudaron de que fuera la profesora. Acababa de salir de la universidad, era joven y se paraba frente al salón con una seguridad que contrastaba con su edad. Nadie imaginaba, entonces, que ese taller de escritura creativa sería el comienzo de una trayectoria que hoy supera los treinta años. Hoy es directora de la Maestría en Lingüística Panhispánica, jefa del Departamento de Literatura en la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas, y doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Navarra. Pero antes de todo eso, fue alguien que encontró en el lenguaje su manera de entender el mundo, y en la enseñanza, su forma de habitarlo.
Su vínculo con La Sabana comenzó incluso antes de graduarse. Mientras buscaba una referencia para trabajar en comunicación organizacional, la entonces decana de la facultad le propuso quedarse como docente. El taller que asumió, previo a los géneros periodísticos, la atrapó de inmediato. "Esa materia me enganchó de una", recuerda. De ahí vino una maestría en literatura y luego el doctorado en España, un camino que fue construyendo sin prisa pero sin pausas, siempre con la investigación y la enseñanza como ejes.
A lo largo de tres décadas, Mónica ha dirigido programas académicos, acompañado investigaciones sobre comunidades indígenas, liderando procesos de transformación educativa que han ampliado el alcance de la universidad mucho más allá del campus. Uno de los más significativos fue la virtualización de la Maestría en Lingüística Panhispánica, un proceso que transformó radicalmente el programa: de tres estudiantes por año a más de cuarenta por semestre, con presencia en distintas regiones de Colombia y en varios países latinoamericanos.
Pero los números cuentan sólo una parte de la historia. Lo que más valora Mónica es que ese cambio permitió que profesores de territorios apartados y estudiantes de comunidades indígenas pudieran acceder al programa y desarrollar las tesis de grado sobre sus propias lenguas y culturas. "Ver a profesores de región que viven en condiciones de marginalidad obtener tesis laureadas y mostrar sistemas de educación propia absolutamente reveladores ha cambiado mucho mi concepción", afirma. A través de esas investigaciones conoció de cerca a grupos Inga, Misak y Siona, y esa experiencia le mostró formas de entender el lenguaje y la educación que ningún libro le habría enseñado.
El lenguaje como forma de vida
Hay un hilo que conecta todos los momentos de la trayectoria de Mónica, desde el primer taller hasta sus proyectos actuales: la convicción de que las palabras no son neutras, que nombrar las cosas de cierta manera tiene consecuencias reales sobre cómo las entendemos y cómo las vivimos.
Esa convicción, que nació en las aulas, encontró su expresión más personal el día en que recibió la beca para hacer su doctorado en España, el mismo día en que descubrió que estaba embarazada y que el diagnóstico médico de su hija era complejo. "El diagnóstico era brutal", dice sin rodeos. Aun así, decidió continuar. Viajó con su esposo, equilibró la vida académica con la maternidad y aprendió algo que no estaba en el programa del doctorado: que los proyectos académicos y la vida familiar no son caminos separados. "Entender que nuestros proyectos se viven al tiempo con la familia y con la vida fue muy importante."
Su hija Ana, hoy de 17 años y diagnosticada con síndrome de Down, es una parte central de lo que Mónica es como persona y como investigadora. De esa experiencia surge su proyecto actual sobre narrativas de la discapacidad, un trabajo que busca reflexionar sobre cómo el lenguaje construye o destruye la manera en que la sociedad comprende e incluye. "A veces el secreto está en ahondar en el lenguaje, en cómo denominamos las cosas", explica. No es un proyecto ajeno ni distante: es, también, una forma de seguir acompañando a su hija desde el lugar que mejor conoce.
La inundación del campus en 2011 la sorprendió en España, en pleno doctorado. Una colega le escribió para contarle lo que había pasado y Mónica imaginó algo menor. Cuando vio los videos, con la universidad navegable y un piso y medio de agua, no pudo contener las lágrimas. La distancia no amortiguó el golpe. Años después, durante la pandemia, vivió otra prueba de lo que la institución es capaz cuando se lo propone: en cuestión de días, la universidad se adaptó a la virtualidad sin detener sus procesos. "Todo el mundo supo ponerse la camiseta y responder al desafío con inmediatez", recuerda. Para ella, esos momentos no son anécdotas sino evidencia de algo más profundo: "Veo en eso una de las historias grandes que cuenta la universidad, su capacidad de reescribirse."
Después de treinta años, Mónica Patricia Montes sigue llegando a la universidad con la misma disposición de siempre. Conserva las placas y los reconocimientos, pero insiste en que lo más importante ha sido otra cosa: acompañar el crecimiento de generaciones de estudiantes, mantenerse curiosa, seguir aprendiendo de quienes enseña. Cuando se le pregunta por el sentido de todo ese recorrido, responde sin dudar: "Para mí, lo fundamental es permanecer en el amor. Siento que el que ama triunfa." Una frase que, viniendo de una filóloga, no suena a lugar común. Es una frase de tanto significado como su vida.
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