Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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24 de Marzo de 2025 10:30
En un país donde la memoria sigue siendo un terreno en disputa, la película Noviembre, del director Tomás Corredor, revive la toma del palacio de justicia desde un baño donde rehenes y miembros del M-19 quedaron atrapados durante 27 horas
Corredor no llegó al séptimo arte por la vía tradicional, mucho antes de que él naciera, el cine ya estaba en su familia. Su abuelo, al que nunca conoció, había producido una película en la que su propio padre, con apenas diez años, había actuado como niño protagonista.
Su padre, a su vez, dio un giro radical a sus treinta años. Este abandonó los negocios para convertirse en pintor, fotógrafo y, finalmente, actor de televisión. Por eso Tomás desde muy pequeño se acostumbró a vivir entre sets de grabación y cámaras.
A los 16 años empezó a estudiar publicidad en el Politécnico Grancolombiano, pero tras haber dirigido más de 300 comerciales en Colombia, Ecuador, Guatemala, Kenia y Tanzania; supo que aquello no era lo suyo. Se pasó entonces al mundo del cine, y aunque logró éxito y reconocimiento en publicidad, siempre sintió que tenía una deuda pendiente con la gran pantalla.
Paralelamente, desde muy joven se desempeñó como docente en varias universidades y escuelas de cine en Colombia. Con poco más de veinte años ya tenía en sus clases a muchos de los directores que hoy destacan en el país. Corredor considera que esa etapa de enseñanza fue su verdadera escuela: aprendió de sus estudiantes incluso más de lo que él les enseñó, y todavía mantiene una relación cercana con varios de ellos.
En 2020 estrenó el cortometraje Graceland y, desde entonces, se desempeña en el cine autoral. Lo que le permitió una distancia que él mismo define como “una calma necesaria para mirar a Colombia sin la pasión desenfrenada que a veces nos impide ver”.
Con Noviembre, su primer largometraje, seleccionado en los festivales de Toronto y San Sebastián y estrenado comercialmente en Colombia en medio de una polémica judicial, Tomás Corredor cumple por fin esa deuda pendiente y entrega una de las obras más potentes y necesarias del cine colombiano reciente; un grito desde la sociedad civil atrapada en el baño del Palacio de Justicia, y una reflexión urgente sobre memoria, verdad y libertad creativa en un país que aún no logra mirarse al espejo sin romperlo.
En esta entrevista, Corredor habla con absoluta franqueza sobre los años de investigación, los dilemas éticos de ficcionar un trauma colectivo, la controversia judicial y lo que le diría a quienes sueñan con hacer cine en un país que todavía no cierra sus heridas.
Periodista: El Palacio de Justicia ha sido abordado en documentales, novelas, teatro… ¿Por qué sintió que el cine, y específicamente su cine, aún tenía algo nuevo que decir sobre el 6 y 7 de noviembre de 1985?
Tomás Corredor: Colombia tiene el acontecimiento más investigado judicialmente de toda su historia, pero ese conocimiento está fragmentado, disperso y resulta casi inaccesible para la mayoría de la gente. Existen películas valientes como Antes del Fuego o Salvador, pero todas miran desde afuera; la pelea entre ejército y guerrilla. Noviembre mete la cámara dentro del edificio, entre los civiles que nunca habían sido protagonistas. No pretende descubrir una verdad nueva, sino devolverle el relato a la sociedad civil que siempre termina poniendo los muertos. Porque, como dice la Comisión de la Verdad, el 90 % de las víctimas del conflicto armado colombiano han sido civiles, no actores armados. Queríamos recordar que entre los dos “héroes” que se culpan eternamente hay un pueblo atrapado, invisible y silenciado.
P: La película transcurre casi íntegramente en un baño. ¿Qué le llevó a elegir ese espacio como núcleo narrativo y cómo cree que resalta aspectos humanos que otros relatos históricos pasan por alto?
TC: No quería una película explicativa ni una de guerra hollywoodense llena de explosiones y cámara lenta. Quería que la violencia fuera un monstruo sonoro que crece afuera mientras vemos a la gente que la resiste desde adentro. El baño es una representación del país en esa época; mujeres dedicadas a limpiar o cuidar heridos, hombres que toman todas las decisiones, un indígena y una afro que terminan en armas porque la sociedad no les dio otra salida. Ahí cabe la diversidad del país y, sobre todo, la puntita del iceberg de un conflicto gigantesco. La película no pretende decir “esto pasó exactamente así”, sino generar preguntas suficientes para que cada espectador sienta la necesidad de seguir investigando por su cuenta y construir su propia memoria.
P: En la investigación, ¿qué fuentes fueron más impactantes: archivos judiciales, testimonios de sobrevivientes, autopsias?
TC: Todo impacta cuando empiezas de cero, pero lo que más me marcó fueron los más de 6.000 folios del juzgado, los 54 testimonios de personas que estuvieron en ese baño y, especialmente, las autopsias con sus fotos de levantamiento de cadáveres. Ver cómo murieron realmente algunos personajes abre lugares muy oscuros y dolorosos. Los testimonios son profundamente contradictorios, unos dicen que nunca apagaron la luz, otros recuerdan pánico cuando la apagaban; unos callaban y otros no paraban de hablar. Esa fragmentación del trauma colectivo es un terreno fértil para la ficción, permite conectar vacíos históricos con respeto y construir un relato posible sin traicionar la esencia de lo que se sabe.
P: Al ficcionar testimonios reales, ¿cómo aseguró un enfoque respetuoso hacia víctimas y familias? ¿Hubo dilemas éticos para no revictimizar?
TC: La película parte de una posición ética clara que se muestra al final de la película “estas imágenes nos dejan más preguntas que respuestas”. No cerramos nada porque la historia sigue abierta. Cuando hay seis, ocho o diez versiones sobre la muerte de una misma persona, la ficción tiene derecho a elegir una, combinarlas o incluso inventar una tercera, como se ha hecho con Hitler, Napoleón o el Titanic. Usamos rasgos reales de carácter que aparecen en los testimonios (clasismo, arribismo, miedo) pero los desplazamos de escena si cinematográficamente no funcionan. Lo fundamental es mantener una visión humanista: defender a la sociedad civil atrapada, no tomar partido por ningún bando armado. Eso es profundamente político, pero no politizado para servir a ninguna bandera.
P: Su cortometraje Graceland (2020) ya exploraba pérdida y resiliencia. ¿Cómo influyó esa experiencia en Noviembre?
TC: Graceland y mi video-diario Lo-Fi Diary fueron mi gimnasio personal para dejar atrás las fórmulas de la publicidad y encontrar un lenguaje propio. Aprendí a no tener miedo a los planos largos, al silencio, a la intimidad. Fueron la preparación física y mental para pasar de correr 100 metros planos a una maratón de dos horas. Sin esos ejercicios previos no hubiera tenido la valentía de sostener la tensión casi exclusivamente con miradas y sonidos en Noviembre.
P: Ha vivido y trabajado fuera de Colombia varios años. ¿Cómo influyó esa distancia en una historia tan local?
TC: Me regaló perspectiva y calma. Cuando vives afuera dejas de pelear visceralmente por “tu” verdad y aprendes a escuchar diferencias sin tanto prejuicio. Rodar en México con equipo de varios países me enseñó humildad, no llegas a imponer “así se hace en Colombia”, sino a integrar formas distintas de ver el mundo. Creo que eso me hizo más abierto, y algo de ese crecimiento humano se filtró en la película, en la forma de tratar a cada personaje; incluso a los que cometen errores terribles.
P: Una orden judicial obligó a eliminar un diálogo de la película y ha generado debate sobre censura. ¿Cómo impactó esto en su percepción de la libertad creativa en Colombia?
TC: Es triste y violento. Revela que en Colombia sigue siendo más fácil silenciar al otro que sentarse a dialogar con él. Respeto profundamente a todas las víctimas y la película está dedicada a ellas y a quienes aún buscan a los desaparecidos. Pero cuando las investigaciones siguen abiertas y hay versiones contradictorias, el arte tiene derecho a elegir una sin mala fe. Silenciar simbólicamente una ficción porque incomoda a algunos puede sentar un precedente peligrosísimo para la libertad de expresión y la creación artística en el futuro del país.
P: Tengo entendido que la corte estableció que la película debía ser catalogada como documental en vez de ficción, ¿entonces qué diferencia hay entre estas dos categorías, y de qué manera se puede preservar la memoria a través de estos?
TC: No, hay una confusión grande. La justicia nunca ordenó catalogar Noviembre como documental, simplemente el juez la juzgó como si lo fuera; incluso llegó a hablar de “ciencia ficción” en el fallo, lo que deja clara la confusión. In embargo, la película siempre ha sido ficción. La diferencia es radical, un documental puede ser demandado si falsea hechos verificables, pero una ficción tiene derecho pleno a la creación artística, a la sátira, al absurdo y a la interpretación.
Si aplicáramos al cine de ficción las reglas del documental no existiría El Conde, de Pablo Larraín, donde sale Pinochet convertido en vampiro de 250 años; ni Bastardos sin gloria donde matan a Hitler en un cine. Por eso la ficción es una herramienta poderosa para preservar la memoria, no pretende ser la verdad absoluta, sino abrir preguntas, emociones y reflexiones que un documento frío a veces no logra. El documental nos cuenta qué pasó, mientras la ficción nos hace sentir por algo todavía duele. Ambas son necesarias y complementarias, pero no pueden juzgarse con la misma vara.
P:Teniendo en cuenta la audiencia que no vivió los hechos. ¿Qué espera que los jóvenes saquen de la película y cómo puede el cine ayudar a la reconciliación?
TC: Que se hagan preguntas y que las investiguen, que no se queden con la información de un reel de un minuto. La película es punto de entrada para quien no sabe nada y punto de reflexión para quien ya sabe mucho. La historia cuenta hechos cerrados, la memoria nos obliga a preguntarnos en el presente “¿cómo permitimos que esto pasara y cómo evitamos que se repita?”. Abrir preguntas, confrontarlas, tejer democracia desde el diálogo incómodo; eso es hacer memoria viva.
P: Para cerrar, ¿qué consejo le daría a cineastas emergentes que están empezando?
TC: Tengan la conciencia absolutamente tranquila con lo que hacen. Si la motivación es profunda y honesta, más allá de la plata o la prisa por estrenar, que la propuesta sea a prueba de todo. No cedan en sus principios éticos, políticos, humanos ni espirituales con tal de “hacer cine”. Valoren sus ideas por encima de cualquier presión externa y defiéndanlas hasta el final, porque solo así el trabajo resiste el paso del tiempo.
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