El regreso a tierra del teniente coronel Ricardo Pinzón

30 de Marzo de 2026 16:42

Ricardo coronó el junto a un helicóptero del Ejército Nacional de Colombia.
Por: Sarah Sofía Hurtado Posada/En la foto aparece Ricardo Pinzón junto a un helicóptero Bell UH-1 Iroquois.

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El helicóptero ya estaba en tierra cuando Ricardo Pinzón logró sacar el celular. Fueron segundos bastante largos dentro de una nube entre las montañas de Antioquia, al noroccidente de Colombia. Él no sabía si el helicóptero caía, giraba o iba a gran velocidad. Tenía la vida de 15 hombres a bordo en sus manos. Todo salió bien.

Cuando por fin se bajó, todavía con el corazón en la mano, llamó a su esposa Indira Esperanza Moreno: “Amor, casi nos morimos, gracias a Dios estoy bien”, expresó Ricardo en una llamada de pocos segundos.

Ella, al otro lado, guardó silencio. Después lloró. Él también. Esa llamada resumía años de servicio y el riesgo constante que implica volar en Colombia, aunque la tasa de accidentalidad aérea ha disminuido casi un 49% en los últimos 35 años. Los números siguen siendo impactantes: solo entre 2015 y 2025 se registraron cerca de 497 siniestros aéreos en Colombia, la mayoría no fatales. En el mundo, según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), ocurre aproximadamente un accidente por cada 1,26 millones de vuelos, suficiente para recordar que el margen de error en el aire es mínimo, pero no nulo.

Ricardo tiene 45 años, nació en Bogotá, capital de Colombia. Es de contextura gruesa, mide alrededor de 1,70 m, su cabello es escaso y tiene una sonrisa que logra transmitir felicidad inmediata. Ingresó a la Escuela Militar en enero de 2001, junto a casi 200 jóvenes en Bogotá que, como él, decidieron apostarle a la carrera militar. Se retiró como teniente coronel en 2023, después de más de dos décadas de madrugadas a las 3:00 a. m., operaciones en selva y jornadas que se extendían hasta las 10:00 p. m.

Su decisión no nació de la improvisación. Para ingresar como oficial hay que cumplir requisitos estrictos: ser colombiano por nacimiento, tener entre 16 y 21 años en convocatorias regulares, presentar pruebas académicas, psicométricas, exámenes médicos completos y puntajes mínimos en la prueba de Estado. La disciplina empieza antes del uniforme.

Sus amigos más cercanos lo describen con dos palabras que se repiten: servicial y disciplinado. “Ricardo siempre está pendiente de los demás”, comentan los compañeros de curso con los cuales empezó su carrera militar. Esa actitud fue clave para que lo enviaran como candidato a la Aviación del Ejército; fue el único que logró el cargo de piloto, después de sus resultados en tierra como operaciones de abastecimiento y apoyos en combates.

Ricardo empezó en helicópteros pequeños como el Schweizer, una aeronave compacta donde solo hay lugar para dos personas. Después piloteó el MI-17, un helicóptero de fabricación rusa, uno de los más grandes en Colombia y con mayor capacidad. Voló misiones de abastecimiento, evacuación médica y apoyo a tropas.

El día del accidente era la tercera rotación de abastecimiento. Ricardo y demás oficiales llevaban comida a las unidades militares que se encontraban en tierra; normalmente se realizaban tres rotaciones, cada una era ida y vuelta. Se encontraban en el helicóptero MI-17. En este tipo de aeronaves siempre hay un piloto al mando con más de 3 mil horas de vuelo y Ricardo, el copiloto, contaba con aproximadamente 600 horas. Las condiciones del clima eran normales, ya era la última rotación del día, hasta que quedaron atrapados en una nube que apareció al costado derecho de la aeronave por los cerros de Antioquia.

El piloto comenzó a girar el helicóptero a la izquierda superando los límites de inclinación, los cuales eran 15 grados aproximadamente; él ya estaba llegando a los 30. Ricardo advierte, pero el capitán ya había perdido el control. “¡PINZÓN!”, grita el piloto. La aeronave comenzó a caer como un ladrillo sobre las montañas que los rodeaban. El indicador de actitud, el cual señala si el helicóptero se dirige hacia arriba, abajo, derecha o izquierda, no respondía; la aguja de descenso marcaba la velocidad. Estaban en alto riesgo.

Ellos gritaban mientras que el ingeniero de vuelo mantenía la calma de todos los pasajeros. El piloto, en el intento de seguir el procedimiento de emergencia, cogió el cíclico, que es la palanca que da dirección a la aeronave, y pudo estabilizarla, pero el helicóptero seguía cayendo. El piloto se encontraba en un estado de shock. Ricardo le dio una palmada en el pecho y pidió permiso para manejar el helicóptero; cogió el colectivo, una palanca al lado izquierdo del helicóptero para manejar la velocidad, recuperó el control. Regresaron a tierra. Nadie murió.

Durante tres meses Ricardo no quiso volar. “Vi mi vida pasar en segundos, es sentirse uno muerto”, comenta. El protocolo era claro: evaluación psicológica, simulador, reentrenamiento, horas supervisadas. Volvió al aire, pero ya no era lo mismo.

“Uno piensa en los hijos, la esposa”, advierte. Su hija Alejandra tenía tan solo cuatro años. Actualmente tiene 19 años; es estudiante de tercer semestre de Psicología en la Universidad de La Sabana. Su hijo, Felipe, era aún más pequeño. Indira, su esposa desde hace 20 años, estaba en casa sin saber que en ese instante su vida podía cambiar.

La vida militar no es amable con la estabilidad emocional. Ricardo e Indira estuvieron separados cuatro años. No fue una ruptura explosiva, sino el desgaste acumulado de ausencias, traslados y presión constante. Hoy están volviendo, están reconstruyendo el hogar y recuperando el tiempo perdido.

Alejandra recuerda que, pese a las exigencias, su papá nunca faltó a un cumpleaños ni a una competencia. “No me dio tiempo de extrañarlo”, dice. Esa presencia, en medio de la labor de servirle a un país, es parte de lo que más valora.

Ricardo decidió retirarse voluntariamente. Puso su vida en una balanza, tiempo con sus hijos, recuperar a su esposa y hasta su propia libertad. Entendió que ya había logrado su meta con su labor. Fue un "totazo duro", como lo describe él. Levantarse un día en ese apartamento de dos pisos, con paredes blancas y fotos que recordaban años de servicio, salir de la rutina, abrir los ojos y no tener un objetivo, una misión o una tarea, no tener a nadie que le diga qué hacer, cómo hacerlo ni a qué hora. Lo cierto era que había regresado a tierra para servirle a su familia.

Cuando tomó esa decisión, su familia fue la primera en sentir el cambio. Para ellos no significaba el final de una carrera, sino el comienzo de una nueva etapa juntos. Sus hijos se sintieron felices de saber que ahora su padre podría compartir más tiempo con ellos, acompañarlos en momentos importantes y estar presente en su etapa universitaria.

En su hogar, la ausencia que durante años había sido parte de la rutina empezaba a transformarse en compañía. Su mamá también lo recibió con una alegría profunda, con los brazos abiertos y el corazón tranquilo de saber que su hijo volvía a casa, no solo sano y salvo, sino dispuesto a vivir más de cerca la vida familiar que durante tanto tiempo había tenido que dejar en pausa.

Hoy, a los 45 años, extraña la cabina y la misión de servir a todo un país. Pero, reconoce que su nueva tarea es distinta: estar más presente. Aprender a vivir sin la orden diaria. Redefinir la disciplina fuera del uniforme. La historia de Ricardo se resume en algo más simple y más humano, regresar a tierra y escuchar la voz de quien lo espera.

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