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31 de Octubre de 2025 15:00
La primera vez que tuve a Nicolás Cruz frente a frente, lo encontré en una sala de reuniones rodeada de paredes de vidrio, donde las conversaciones del pasillo se filtraban como un murmullo constante y el golpeteo de teclas sobresaltaba la tensión del ambiente.
Desde afuera, su figura alta y erguida dominaba la mesa: barba negra bien recortada, cabello corto, camiseta sencilla y un reloj que parecía marcar un tiempo más rápido que el resto del mundo. Sus ojos verdes, atentos y calculadores, me recibieron con una intensidad que obligaba a mantener la mirada. Transmitía una energía firme.
No era para menos: faltaban cinco días para Colombia Tech Week, el evento que dirige y que reúne a buena parte de las voces más influyentes del ecosistema tecnológico latinoamericano. Pero bastaron unos minutos de conversación para que la dureza del gesto cediera, y apareciera el hombre que habla con pasión de tecnología, que mide el éxito no en cifras, sino en la huella que deja.
Nicolás Cruz creció en un hogar donde la juventud de su madre marcó el pulso de su crianza. “Crecí con una mamá joven que hasta hoy en día sigue trabajando y es inspiración diaria para seguir construyendo país”, recuerda. Su padre, empresario, lo acercó pronto al mundo laboral, pero sin privilegios: a los catorce años ya recorría las calles de Bogotá como mensajero de la oficina familiar, con facturas dobladas bajo el brazo y el rugido de los buses como compañía.
Mientras otros adolescentes pasaban sus tardes entre videojuegos y partidos de fútbol, Nicolás aprendía —sin darse cuenta— sobre puntualidad, negociación y la importancia de la palabra dada. “A pesar de que mi papá era el dueño de la empresa, empecé desde abajo como mensajero, y poco a poco fui creciendo y ganándome mi puesto”, relata.
Hoy reconoce ese inicio como el cimiento de todo lo que vendría. “Soy privilegiado, pues desde joven he estado involucrado en el mundo de los negocios y del crecimiento de empresas. He aprendido a disfrutar y esforzarme por el trabajo”, afirma. Y en esa mezcla de esfuerzo temprano, guía familiar e inspiración constante, Nicolás encontró la semilla que lo convertiría en líder y constructor de oportunidades.
Cuando ingresó a estudiar Derecho, lo hizo con la convicción de que allí encontraría su vocación. Pronto descubrió que lo que le atraía no eran las leyes, sino la esencia del servicio y la capacidad de construir soluciones para otros. “Mi vocación siempre fue servir, la idea de emprender y convencer a la gente siempre estuvo presente”, asegura. Se graduó, trabajó en firmas de abogados y llevó trajes impecables, pero cada día sentía más que su escritorio se convertía en una jaula.
El regreso a la empresa familiar —una agencia de marketing y desarrollo de aplicaciones— le devolvió el aire. Entre reuniones rápidas y tableros llenos de ideas, entendió que lo suyo estaba en liderar y vender, pero también en conectar personas. Ese ambiente lo hizo reencontrarse con la creatividad que había dejado dormida durante los años de Derecho, y con la convicción de que el trabajo debía tener propósito.
Nicolás reconoce que hubo un momento en el que se sintió desorientado: no era abogado, pero tampoco un emprendedor consolidado. En ese cruce de caminos apareció Camilo Gómez, con quien se asoció para dar vida a Phylo Legal, una startup colombiana que ofrece servicios legales en línea para emprendedores.
Su propósito es claro: solucionar los retos legales de manera más rápida y económica que una firma de abogados tradicional, utilizando un modelo de economía colaborativa y tecnología. Allí, finalmente, halló la síntesis de su recorrido. “Phylo fue donde mis dos mundos se juntaron: el derecho y el emprender con tecnología fue la mezcla perfecta”, dice. Y en esa fusión encontró el punto de partida para todo lo que vendría después.
Hoy, con 28 años, Nicolás se mueve entre videollamadas internacionales, reuniones improvisadas en la sala de vidrio y conversaciones rápidas que se resuelven en minutos. Convoca a emprendedores, inversores y visionarios que comparten su idea de que la innovación es una necesidad, no un lujo. Esa energía arrolladora también la perciben quienes lo rodean de cerca.
Mariana Rivera, voluntaria en Colombia Tech Week, lo describe con admiración: “Está en todas partes, logra saber de todo y vive ocupado, pero también logra darte la prioridad, sea un CEO de alguna empresa reconocida o un voluntario que llega a ayudar”. Para ella, lo más valioso es su capacidad de equilibrio: “En el futuro me encantaría tener las habilidades de ser divertido y amigable sin dejar su posición como jefe y líder de proyectos importantes. Nunca se sale de su papel de jefe. Es el CEO, pero las personas de la empresa lo reconocen por su lado humano y también por su exigencia constante y presión. Es una persona súper racional”.
La primera impresión quedó grabada en su memoria. “La primera vez que interactuamos fue por videollamada; cuando lo conocí de forma presencial, se me hizo querido, fue amable, pero ante todo me transmitió esas ganas de trabajar con propósito y energía”, recuerda. En la voz de Mariana, Nicolás deja de ser solo un líder de empresas y se convierte en un ejemplo cercano: un jefe que combina la racionalidad con la humanidad, y que contagia a su equipo la certeza de que siempre hay un propósito más grande detrás de cada proyecto.
“Enamorarse del problema y no de la solución es el mejor consejo que me han dado”, dice Nicolás. Esa idea lo guía en cada paso: en los proyectos que lidera, en la construcción de empresas y en las estrategias que hoy posicionan a Colombia Tech Week como un referente regional, que reúne más de diez mil asistentes e importantes inversionistas internacionales.
Su sencillez desentona con el brillo de los eventos que dirige. En la sala de vidrio, sus palabras parecen suspender el tiempo: las manos acompañan sus ideas, la voz dibuja caminos invisibles y sus ojos verdes aún conservan la curiosidad de aquel adolescente que recorría Bogotá como mensajero.
Entre pantallas encendidas, teléfonos vibrando y un equipo que lo rodea, Nicolás se mueve con la serenidad de quien está en el presente, pero siempre calculando la próxima jugada. Al despedirse, regresa a la frase que lo acompaña como brújula: enamorarse del problema. Y mientras su silueta se funde con el movimiento de la oficina, queda claro que para Nicolás Cruz resolver lo que importa no es solo un trabajo: es el sentido mismo de su vida.
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