Elecciones 2026. Cubrimiento especial.
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23 de Mayo de 2026 09:30
Durante 25 años, Mónica Sarmiento ha recorrido la Universidad de La Sabana limpiando salones, organizando espacios y acompañando, en el silencio de su trabajo, la vida cotidiana de miles de estudiantes. Sin embargo, detrás del uniforme de las trabajadoras de servicios generales, conocidas cariñosamente en la universidad como las “Monis”, se encuentra también una madre de cinco hijos, una mujer apasionada por el deporte y las manualidades, y alguien que habla de la universidad con un profundo sentido de pertenencia.
Mónica recuerda que llegó a la universidad cuando su hija mayor tenía apenas tres años. Empezó trabajando medio tiempo y, aunque solo eran unas horas, dejarla sola le parecía difícil. “Para mí fue tenaz”, recuerda. Aun así, encontró en el trabajo una oportunidad para salir adelante y construir un futuro para su familia.
Con el paso de los años, la universidad dejó de ser únicamente un lugar de trabajo. Mónica participaba constantemente en actividades deportivas, concursos y diferentes iniciativas organizadas para los empleados. Su gusto por las manualidades la llevó a destacarse especialmente en los concursos navideños, donde junto a sus compañeros obtuvo varios reconocimientos.
En sus primeros años encontró apoyo en compañeras como doña Gladys Cruz, una trabajadora de la universidad que, según recuerda, la acogió y le enseñó a aprovechar cada oportunidad que ofrecía la institución. Para Mónica, ese sentido de comunidad siempre ha sido una de las características más importantes de La Sabana.
Pero su historia en la universidad no ha estado marcada únicamente por momentos felices. Hace algunos años comenzó a sufrir fuertes dolores en la cadera y el hombro debido a un problema físico que poco a poco limitó sus movimientos. Durante años trabajó en distintos espacios de la universidad, pero sus dolencias hicieron que tuviera que permanecer en la biblioteca, un lugar más tranquilo para continuar con sus labores. “Llegó un punto en que no podía trapear ni alzar cosas”, explica.
Su familia, el fruto del cariño y el esfuerzo
Hablar de sus hijos es hablar de orgullo para Mónica. Uno de ellos es bailarín y ha representado a Colombia en países como México, Chile y Ecuador; otra trabaja en la biblioteca de la Universidad de los Andes; otra se graduó de Diseño Gráfico en la Universidad Nacional y participa en proyectos de muralismo; mientras que uno de sus hijos, quien atravesó un cuadro de depresión, encontró en el barismo una actividad que disfruta y le ha permitido salir adelante poco a poco. La menor, por su parte, creó su propio taller de confección, luego de estudiar diseño de modas en el SENA.
Para ella, gran parte de ese crecimiento también está relacionado con lo vivido en La Sabana. Sus hijos participaron desde pequeños en actividades organizadas por la universidad y crecieron rodeados de un ambiente académico y cultural que, según cuenta, transformó su manera de ver el mundo. “La universidad nunca nos hizo sentir aparte”, afirma.
Ese sentido de pertenencia se fortaleció especialmente durante dos momentos que marcaron la historia de la institución: la inundación del campus y la pandemia . Mónica recuerda el impacto de ver la universidad cubierta de barro y pensar que todo estaba perdido. Sin embargo, también recuerda la rapidez con la que la comunidad universitaria se reorganizó para continuar funcionando.
“Yo vi esto vuelto nada”, dice. Para ella, lo más admirable fue la capacidad de resiliencia de la universidad y de quienes trabajaban allí. Algo similar fue lo ocurrido durante la pandemia. Aunque el encierro y las dificultades personales afectaron profundamente a su familia, especialmente a uno de sus hijos, Mónica asegura que la universidad nunca dejó solos a sus trabajadores. “En ningún momento nos dijeron que nos iban a sacar”, recuerda.
Pero, más allá de los edificios nuevos o el crecimiento institucional, lo que más valora de La Sabana son las oportunidades de aprendizaje. Durante años participó en cursos, actividades y espacios de formación que, según cuenta, les permitían a los empleados aprender cosas nuevas y salir de la rutina diaria. Para ella, eso demuestra que la universidad busca formar no solo a los estudiantes, sino también a quienes hacen parte de su funcionamiento cotidiano.
Hoy, después de 25 años de trabajo, Mónica sigue recorriendo la universidad con el mismo sentido de pertenencia con el que llegó. Aunque reconoce que algún día tendrá que irse, también admite que será difícil despedirse de un lugar que se convirtió en parte fundamental de su vida y de la historia de su familia.
Después de conocerla, resulta imposible pensar en la universidad sin personas como ella: quienes también construyen el proyecto educativo, en silencio.
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