El venezolano Robert Jurado: la frontera del reconocimiento

30 de Marzo de 2026 18:00

Por: Alejandro Nader/Robert Jurado posando con su esposa Maria Eugenia González en su restaurante Robert´s Pizza.

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Entran comandas y salen platos. Robert Jurado, de 45 años, siempre está atento a todo el movimiento de su restaurante. La mayoría de veces lo vas a encontrar parado afuera del negocio, sentando en alguna de las mesas o en la caja cobrando a sus clientes. Si no está en la caja, está repartiendo pedidos por todo el municipio de Chía, a las afueras de Bogotá.

Mira su reloj; falta una hora para cerrar el restaurante. Hace unos años, a esa misma hora, ya estaba en su casa descansando.  

“Antes firmaba documentos y tomaba decisiones que afectaban a todo el pueblo de Cárdenas”, dice con satisfacción, recordando su vida pasada con orgullo. 

En 2016 fue parte del gabinete municipal. Estudió Administración y trabajó como Secretario de Salud y presidente de la fundación FUDESCAR en Cárdenas, Táchira, un estado de Venezuela. Defendió posturas opositoras, creyó en la democracia como principio. Sin embargo, la crisis empezaba a sentirse más profunda, pero Robert todavía tenía esperanza de que todo se resolvería pronto.  

En casa, su esposa: María Eugenia González fue la primera en traer el tema de emigrar a la mesa. No fue una idea que surgió de la nada; fue algo que ella estaba meditando hace mucho tiempo:el salario ya no alcanzaba y las noticias cada vez mostraban un panorama más desolador para Venezuela.  

Ella fue la que empezó a buscar opciones; empezó a llamar conocidos y a documentarse acerca de cómo era la vida en Colombia y qué oportunidades le ofrecía el país vecino.  

La preocupación no era vaga. Tenían una hija pequeña, Sofía, que apenas tenía siete años cuando empezaron a hablar de migrar. La decisión no la tomó Robert, la tomó su esposa; ella fue quien en 2016 decidió irse primero. María Eugenia salió en busca de estabilidad. Él no se quería ir. Creía que todavía podía mantener su cargo, que todo iba a tener una solución natural, que el tiempo era la respuesta. Pero la realidad lo obligó a reconsiderar. 

Robert permaneció un mes y medio más en Venezuela, junto a su hija, tratando de cerrar ciclos y gestionando mantener alguna puerta abierta. La distancia se volvió rutina. A su esposa no le estaba yendo bien, María Eugenia llegó a Medellín pero al poco tiempo se mudó a Chía, no tenía un trabajo fijo, por mucho tiempo lavó platos, fue panadera, hacía almuerzos y domicilios. Pero al final del día tenía un empleo donde le pagaban más de 10 dólares al mes (unos 40 mil pesos). Poco a poco estaba encontrando una estabilidad. 

“Yo no quería irme”, dice Robert con honestidad, a sus 36 años. Nunca pensó en emigrar, pero resistirse no detuvo lo inevitable. No renunció a su cargo: pidió vacaciones. En su cabeza, la migración era temporal. Si no funcionaba, regresaba. Pero, nunca regresó. Como él, otros 7,9 millones de venezolanos, casi el 28% de la población ha salido de Venezuela la última década, lo que se considera una de las mayores migraciones en América Latina. 

Para Robert, lo más difícil fue despedirse de su hija. Sofía se quedó en Venezuela. Y allí sigue. No se fue con ellos porque la migración no ocurrió como un traslado familiar. María Eugenia ya estaba en Colombia intentando estabilizarse y Robert tomó la decisión de no mover a su hija en medio de tanta incertidumbre. Cambiarle el país, el colegio y su entorno de un momento a otro, en plena crisis, le parecía una fractura muy grave para una niña de su edad. 

En el momento de la despedida la puerta quedó entreabierta. Veía a Sofía y ella lo miraba sin entender que su papá no iba a volver. No era un viaje corto, era una despedida que no tenía día de reencuentro pactado. Por eso la despedida pesó tanto: no fue una separación breve, fue aceptar que su hija crecería en otro país mientras él intentaba reconstruir su vida en otro. 

Para Robert, ese fue uno de los momentos más difíciles de su vida. Al hablar de ello se quiebra; cambia su expresión facial e intenta ser lo más disimulado posible. Pero, a la misma vez, sus ojos se iluminan, algo que sólo puede experimentar quien es padre.  

Cuando Robert finalmente cruzó la frontera, solo trajo una maleta vacía y los jeans que tenía puestos. Todavía pensaba que iba a estar en Colombia provisionalmente, que era una alternativa mientras se calmaban las cosas.

María Eugenia describe la llegada de Robert como unas vacaciones para él. “Este hombre vino de paseo”, dice su esposa. “Pues, si no se adapta, ‘papi’, adiós, porque yo no me voy; yo vengo con una meta”. María Eugenia lo tenía muy claro: ella quería levantarse como persona y construir algo propio. Robert, en cambio, veía la situación de una manera muy diferente.

Al tercer día, consiguió trabajo en una obra de construcción. No tenía oficina ni secretaria, tampoco tenía que atender llamadas: su labor era el vaciado de cemento. Solo le bastaron tres días enfermo de la espalda para entender que el título profesional no sirve de nada cuando el cuerpo no está acostumbrado al trabajo físico. Luego, lavó ‘loza’ y atendió mesas. Durante meses trabajó sin contrato formal, y hubo un diciembre en el que no le pagaron. 

La humillación no fue económica, fue moral. Un día una clienta le preguntó si era venezolano. Cuando respondió que sí, sintió el peso de un prejuicio que no conocía. Aguantó meses de malos tratos hasta que decidió responder. “El día que tengas el conocimiento que yo tengo, ese día me siento echado por ti”, le dijo a quien lo amenazaba con despedirlo del trabajo. No hablaba desde el orgullo, sino desde la defensa de su dignidad. 

En 2021 llegó otro golpe duro para él y para su familia: tanto Robert, en Colombia, como su padre, en Venezuela, dieron positivo para COVID-19. Robert logró recibir tratamiento, pagando un millón de pesos colombianos, y pudo recuperarse; sin embargo, su padre no corrió con la misma suerte. Su estado era grave. Robert buscó tiquetes y trató de encontrar la forma de regresar a Venezuela, pero no era sencillo: había trabajado de la mano de la oposición y abandonar el país lo convertía en un objetivo del régimen venezolano. Cuando finalmente encontró la forma de viajar, ya era demasiado tarde. La crisis del sistema de salud venezolano le había arrebatado a su padre sin que pudiera despedirse. La muerte lo sorprendió lejos de casa, a 394 kilómetros de distancia, incapaz de hacer algo distinto a guardar silencio. 

Robert no se quedó en el dolor. Levantó un negocio familiar en Chía. Allí empezaron desde cero: “Mi esposa y yo duramos casi 3 años con un solo teléfono celular. Y más de 2 años sin un televisor. Es un cambio radical que muchos no entienden y tal vez nunca lo hagan”, cuenta Robert. Aprendieron a ahorrar cada peso posible, y con eso fueron trayendo a su familia poco a poco y contratando personas que habían pasado por situaciones parecidas. 

No romantiza la migración. La llama por su nombre: ruptura. Cambió el traje ejecutivo por el delantal y los discursos por el servicio al cliente. Lo que no cambió fue la convicción. 

Se exalta al hablar de política, se quiebra al mencionar a su padre y se emociona cuando nombra a su hija. “Venimos del futuro”, dice, como advertencia de quien ya vio un país derrumbarse. 

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