Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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31 de Marzo de 2026 10:40
“Me trajo a vivir con él por venganza”, menciona Mery Rodríguez, una mujer de 68 años, de estatura media, cabello grisáceo, cara ovalada y ojos cafés. Es una mujer amable, carismática y, sobre todo, honesta. Lo que comenzó como una venganza terminó siendo la historia de una mujer que, décadas después, encontraría su propia libertad.
A sus 18 años, salió de la casa de su padre abusivo y se mudó junto a su pareja, Alfonso Díaz, en el Alto del Águila, un sector de Zipaquirá. En ese momento, Alfonso le mencionó una verdad que nadie espera escuchar. La llevaba a vivir con él en venganza por haber tenido una relación previa de noviazgo con otra persona.
Mery conoció a su esposo gracias a su papá, Reinando Rodríguez, ya que trabajaban juntos y, con el tiempo, las cosas entre ellos simplemente surgieron.
El primer año de convivencia fue tranquilo, hasta que llegó el primer golpe, una cachetada. Aunque Alfonso, en sano juicio, era grosero, cuando estaba borracho era un hombre completamente violento.
Luego, al ya tener a sus tres primeras hijas, se casaron porque consideraban que era la “decisión correcta”. La suegra de Mery atribuía la enfermedad de Dora, la hija menor para entonces de ese matrimonio, a la convivencia en unión libre de la pareja.
Una habitación, dos camas y, en medio, una cobija que Mery había tirado al piso. Ella estaba sentada en aquella cobija mientras daba a luz a “Luis”, su cuarto hijo. Una de sus vecinas tuvo que cortar el hilo umbilical y asegurarse de que el bebé estaba bien, ya que todo el proceso del parto lo había vivido sin preparación y lejos de un hospital.
“Alfonso siempre quiso un hijo, y cuando llegó pensé que iba a cambiar, pero se volvió peor”. El cuarto de sus hijos y el primer varón, Luis, llegó un 24 de diciembre. Ella esperaba que eso transformara a su esposo, pero en cambio vinieron más golpes, y Alfonso ni siquiera estuvo presente en el parto. Aunque tener un varón era su sueño, le pegaba a Luis a tal punto que su propio hijo tenía que salir corriendo de la casa y quedarse en el monte.
“Tuvimos que pasar una infancia difícil por cuenta del mal comportamiento de mi papá”, recuerda Luis, el primer hijo varón de la pareja y con quien, desafortunadamente, Alfonso era más agresivo.
Y aunque Luis admite haber sido un niño y adolescente difícil, también recuerda que llegó el momento en que se sentía acostumbrado a los golpes. En ningún momento recibió muestra alguna de cariño por parte de su padre. Al contrario, la última vez que Alfonso lo agredió, no derramó una sola lágrima, sin importar la intensidad con que lo castigó de aquel día.
Para Mery, aquella violencia empezó a ser algo cada vez más frecuente y, a diferencia de otros hombres maltratadores que buscan que las marcas no sean visibles, cada golpe que Mery recibió fue en la cabeza o en la cara. Son esas agresiones las que ahora, años después, la obligan a tomar pastillas para lograr dormir.
Aparte de ser un hombre violento, no aportaba para el hogar. Era Mery quien tenía que trabajar lavando ropa en otras casas hasta que se ampollaba las manos para poder llevar algo de comer a sus hijos. Alfonso no daba un peso para la familia, pues todo lo invertía en beber el fin de semana, después de haber pasado los días anteriores manejando mula.
“A veces comíamos tres veces al día, pero muy poquito”, menciona Luis, quien también recuerda que la proteína de la que se alimentaban provenía de una empresa que les regalaba cabezas de pollo, con las que hacían el caldo del almuerzo, además nunca tuvieron el privilegio de comprar una gaseosa o algo parecido.
A pesar de que todo el peso del hogar recaía sobre sus hombros, cuando su esposo llegaba ebrio a casa, se veía obligada a buscar lugares donde protegerse para evitar otra paliza. Uno de esos refugios era una caja grande de cartón ubicada en un cuarto exterior, en la que echaban la ropa sucia y, aunque allí Mery encontraba una seguridad temporal, también era el lugar que la hacía sentirse humillada, como si se redujera a tener que esconderse como una rata.
Pero no siempre podía quedarse en la caja; a veces debía variar entre esconderse en medio de las matas o en un hueco que estaba al lado de un pequeño acantilado.
Un día, como de costumbre, cuando Alfonso llegó borracho a casa, su nivel de violencia aumentó tanto, que tomó un revólver que guardaba y acorraló a Mery, apuntándole directamente. Sin embargo, en medio de su intento por intimidarla, bajo el arma para dispararle a los pies. Pero, como si fuera obra del karma instantáneo, la bala no atravesó a Mery, sino que impactó en el propio pie de Alfonso. Y aunque Mery se salvó de ser asesinada aquel día, hay muchas que no: en Colombia 140 niñas y mujeres mueren cada día a manos de su pareja o de un familiar cercano, según datos de la ONU.
Al pasar los años, aproximadamente en 2011, Mery dejó de ser parte de los 57.761 casos de violencia de pareja reportados por el informe Forensis del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. En este año, su esposo le confiesa que tenía otra mujer y decide dejar el hogar permanentemente.
Hoy, quince años después, cuenta con el apoyo de sus hijos, lo que le permite no tener que trabajar. Además, se ha permitido hacer más cosas. Participa en los programas del adulto mayor y sale a caminar todos los días por la mañana.
Y aunque mantiene secuelas de la violencia que vivió, cuando su esposo decidió irse, se sintió liberada. Pero, incluso después de tanto tiempo, aún hay momentos en los que la tristeza y la nostalgia la golpean por la soledad.
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