Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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31 de Marzo de 2026 13:00
Antes de irnos del apartamento, noté un conjunto de cuadros que me parecieron la presentación perfecta para aquella mujer de ojos azules y tiernos que acababa de conocer esa mañana. Al escucharla, percibí mucho más que un trabajo, un personaje o una historia de abuso; en ella resaltaba un estilo de vida colorido y entregado a los demás, forjado desde el dolor y el abandono de distintas entidades estatales. Esa esencia se reflejaba de manera exacta tanto en los cuadros sobre la cabecera de su cama como en el paisaje del lugar al que nos dirigíamos para realizar su voluntariado semanal: el barrio El Paraíso, ubicado en la localidad de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá.
María Victoria Zambrano Ibarra es una abogada especialista en servicios públicos. A los 60 años, su enfoque son los casos de abuso y violencia cotra menores que permanecen en silencio en Bogotá. En la ciudad se reportan 140 denuncias diarias, pero se estima que por cada una existen otras tres o cuatro agresiones que nunca llegan a las autoridades.
Más allá de su vida profesional, María Victoria se dedica a escribir, bailar, componer y pintar de manera voluntaria con un único propósito: frenar el abuso sexual y la violencia intrafamiliar contra mujeres y menores de edad. Cecilia Ibarra, madre de María Victoria, expresa que solo le basta con escuchar a su hija y sus quehaceres diarios para sentirse agotada.
Al llegar al barrio, nos dirigimos a la fundación Construyendo Esperanza y Amor (CEA). Era una casa de tres pisos, pálida y estrecha. Aquí, María Victoria ayuda a crear coreografías para ayudar a los jóvenes a expresar, a través de su cuerpo, las situaciones por las que han pasado en sus vidas. En el tercer piso se encontraba el grupo de baile con más de 40 integrantes, que a duras penas cabían en aquel salón. Este grupo se divide en dos de tal modo que los más pequeños bailan en el salón y los de mayor edad en la calle al frente de la fundación.
Luego de pasar una hora en el salón de danza, mi cuerpo estaba ahogado; no por el calor que hacía en aquel lugar, sino por las historias que los niños contaban donde el patrón de romper puertas y ejercer violencia se repetía sin cesar. Eran niños de entre 5 y 7 años, cuyas lágrimas brotaban tiernamente al relatar cada suceso violento que habían presenciado en la semana.
Con mi corazón latiendo de impotencia, recordé las palabras de Ana María Venegas, coautora del último libro que sacó María Victoria, “¿Tú sí me crees?”, quien expresó una situación por la que muchos pasamos al escuchar la crudeza de las historias:
— “Uno habla de abuso sexual infantil y todo el mundo dice '¡Uy, no, terrible!', pero eso no pasa en este país. O incluso dicen: 'vamos a marchar por la niña que abusaron', pero al otro día eso queda en el pasado”.
Supe que María Victoria era única porque, mientras yo me hundía en la indignación, ella estaba en una esquina con sus jeans y su camiseta del voluntariado dándoles a los niños escucha y atención, algo que para ellos es lo más importante.
A pesar de que el sistema judicial colombiano recibe miles de denuncias, el boletín del Ministerio de Justicia revela que el 95% de los casos de violencia intrafamiliar nunca superan la fase inicial de indagación, dejando a las víctimas en una impunidad casi absoluta. Frente a este sistema que las ignora, María Victoria les devuelve la credibilidad. Con voz entrecortada, menciona: 'No hay nada que me desgarre más el alma que un niño me diga que habló de abuso y no le creyeron; eso me destroza".
A los ocho años, María Victoria ya había atravesado escenarios de violencia y abuso sexual que marcarían su vida de allí en adelante. Pasó de un abuso sexual por parte de su abuelo a involucrarse con parejas donde estaban normalizados comportamientos de violencia física, psicológica y sexual, debido al ambiente en el que ella se había criado.
“El testigo de la violencia también es una víctima”, menciona la hija de María Victoria, Laura López, quien en múltiples ocasiones presenció escenarios de violencia contra su madre. Laura siempre rehuía a relacionarse con sus compañeros de clase o con sus amigos, debido a los escenarios que vivía a menudo. Sin embargo, también reconoce que las situaciones que vivió la ayudaron a poner límites para no permitir que la violencia la afectara más de lo que ya lo había hecho.
Esta historia es el resultado de un “legado generacional”, tal como lo describe Cecilia, quien vivió de igual forma la violencia intrafamiliar. Luis, su padre, a quién describe como un hombre "misógino y alcohólico", ejercía constantemente violencia contra Laura, su madre. Al año de haberse casad, Cecilia enviudó a los 20 años y no tuvo otra opción que llevar a sus hijas a aquel lugar en el que ella había crecido y donde, lastimosamente, “el daño ya estaba hecho”.
Pero ese sábado en la fundación, mientras María Victoria compartía con los niños y bailaba con ellos sin importar el dolor que esto pudiera causar en sus rodillas, no vi a una mujer que llevara un legado de violencia y abuso; al contrario, veía a una admirable escritora que representaba fielmente lo que es entregarse a una causa.
Con tres libros, había logrado dar la educación sexual necesaria para prevenir el abuso y la violencia. Según una encuesta publicada por la Pontificia Universidad Javeriana, en un 69.7% de las instituciones no se da orientación reproductiva debido a la falta de capacitación de sus docentes. María Victoria confiesa que la ausencia de educación sexual en su vida hizo que se enterara de que había sido abusada muchos años después, al tener su primera relación sexual y comprender que lo que le había ocurrido no fue consentido.
Ella sostiene que, sin las experiencias dolorosas que vivió, no sería la mujer fuerte que hoy da voz a las víctimas a través de sus letras. “La violencia de puertas para adentro”fue su primer libro y se convirtió en el símbolo que unió las dos miradas que hoy lleva consigo: la de quien sufrió el abuso y la de quien lo superó.
Luego de llenar miles de páginas con odio, rencor y dolor, el libro estaba terminado. Sin embargo, el odio pasó en segundos a ser inspiración luego de que una amiga lo leyera y dijera que, gracias al texto, había descubierto que en algún momento ella también había sido víctima. Desde ahí, todo el odio y la negatividad impresos en el manuscrito se transformaron en una motivación para educar, sanar y perdonar, mas nunca olvidar.
Aunque María Victoria no creía mucho en Dios, partiendo de la fe emprendió un camino en el cual se ha dedicado a perdonar y vivir de manera que sus agresores no le quiten más de lo que ya le fue arrebatado, sirviendo a los niños y mujeres del país. Asimismo, siendo artista, compositora, abogada, bailarina y escritora, busca garantizar que las víctimas puedan pintar su vida de manera que pasen de la oscuridad al color, tal como aquellos cuadros que estaban colgados en la cabecera de su cama y fueron lo primero que noté al empezar el día.
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