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3 de Noviembre de 2025 13:00
Son las 2 de la tarde en Chía. A lo lejos, observo una casa de dos pisos pintada de amarillo con marcos verdes. Las cortinas dejan ver el interior cálido que tiene. En el patio se escuchan risas infantiles y se roba las miradas un letrero pintado con muchos colores que dice: mientras más alto sueñes, más arriba llegas.
“Ciudad de Dios Zoé no es solo una casa hogar o casa refugio. Es una familia llena de amor y compromiso con cada vida que llega”, dice una mujer que, desde la entrada irradia paz. Maria Paola es optimista y amorosa, cualidades que se sienten desde el saludo hasta la despedida. En cuanto a su apariencia física, es una mujer de piel clara, con el cabello rubio, que suele llevar recogido en una trenza larga. Su rostro es redondeado, de facciones suaves y mirada expresiva.
Criada en una familia que le inculcó la fe y el valor de servicio, María Paola Franceschi, psicóloga de la Universidad de Los Andes, se sensibilizó desde joven ante el dolor que vivía el país. “Secuestraban por un mercado, mucha gente desplazada, mucha violencia. Me dolía mi alma y mi país. Pero no sabía que hacer”, recuerda. Decidió entonces abrir una casa para los niños que han atravesado la mayor oscuridad que puede experimentar un ser humano, siendo objetos, padeciendo pobreza extrema, humillaciones y violaciones. Con la ayuda de Dios y algunos amigos, consiguió los primeros arriendos, camas y comida.
Actualmente, la Fundación Ciudad de Dios Zoé brinda acompañamiento a 73 beneficiarios activos. En sus 25 años de trayectoria, ha impactado directamente a más de 1.500 niños y niñas víctimas de violencia. Gracias a sus talleres y conferencias enfocados en la prevención, y visibilización de la violencia sexual y la trata de personas, ha logrado sensibilizar a más de 10.000 personas en Colombia.
Conversar con ella lleva a reflexionar sobre una problemática actual: la violencia no se erradica de la noche a la mañana. “Somos una sociedad a la que le duelen las realidades de violencia en Colombia, pero hablamos mucho y hacemos poco”, afirma. Lo más gratificante es cómo, a pesar de estar sola, ha logrado unir las comunidades de Chía, Cota, Zipaquirá y Cajicá, que la han apoyado mediante insumos y alimentos.
Aunque su vocación social ha sido determinante, María Paola nunca dejó de lado su formación profesional. Es psicóloga y aún ejerce, enfocada en psicología clínica y social, con amplia experiencia en violencia sexual, de género y trata de personas. Además, dicta charlas y cursos en colegios públicos, convencida de que “estos espacios sanan y previenen la violencia sexual”.
María Paola comparte su hogar con su esposo, 2 hijos biológicos y un sinnúmero de hijos que han pasado por su vida dejando un legado de amor en su corazón y de agradecimiento a Dios por haberle permitido ayudar a los seres más vulnerables en medio de una lucha entre la luz y la oscuridad.
La fundación se sostiene gracias al apoyo de personas y empresas que donan tiempo, dinero, ropa, alimentos y artículos de aseo. “Algunos vienen a compartir con los niños, otros ordenan su casa y sacan lo que no usan, y con eso vestimos a los beneficiarios: tenemos camas, cobijas y juguetes gracias a esos gestos”, explica.
Actualmente impulsan una tienda de usados, donde esperan vender a bajo costo objetos como porcelanas o vestidos de oficina. De esta manera, no solo generan recursos sino que también ayudan a familias con pocos ingresos a acceder a productos de buena calidad. “Algunas empresas hacen sus programas de responsabilidad social con nosotros, y otros, incluso antiguos beneficiarios, hoy nos apoyan con lo que pueden. No hay aporte pequeño, cada centavo cuenta”, afirma.
Para ella, el secreto está en la fe: “es nuestro mayor activo. La convicción de que este proceso es un gana-gana. Quien dona pasa de la emoción a la acción y gana más de lo que da con su generosidad”.
Pero más allá lo que representa hoy en día, María Paola, como todo ser humano, reconoce sus luchas internas: “me cuesta el equilibrio entre mi vida en la fundación y mis hijos...lo estoy aprendiendo, y sé que ellos sienten que muchas veces no estoy para ellos, de la forma que las mamás normales están, confiesa. Sus palabras reflejan el lado más humano y vulnerable de las personas: el sentimiento de culpa con el que se carga por tener que cumplir con todo, a veces sacrificando lo que nos rodea por hacer lo que nos apasiona y por lo que vinimos al mundo.
Ella admite que puede llegar a ser un poco terca y pensar que todo se puede: “he tenido confrontaciones fuertes por ser de esta manera y me cuesta aceptar mucho un no como respuesta”. Esa misma terquedad, sin embargo, ha sido la que la ha mantenido firme frente a las adversidades. Y no han sido pocas: amenazas de muerte, episodios de violencia e incluso una balacera que la hizo pensar que “el mal estaba ganando”. Aun así, cada historia de superación que ha presenciado le recuerda por qué sigue adelante.
En este camino no ha estado sola. Un momento decisivo en su vida fue cuando conoció a Juan, su esposo. "Él siempre me ha apoyado en este propósito que para muchos es locura, y no sería honesta si te digo que todo lo que he hecho es con la ayuda de Dios. Ver esto sin mi esposo no tendría sentido, es quien hace posible cada paso”, asegura con gratitud.
Quienes la rodean dan fe de esa fuerza que inspira. “Es una de las personas más amorosas y generosas que he conocido, ella ve en los demás las cualidades que nadie logra ver, cree en las mil oportunidades y eso ha salvado la vida de muchas personas, cuenta Nayi, la mejor amiga de María Paola y quien trabaja en la fundación desde hace varios años.
Su esposo, compañero en este camino, reconoce que a veces le preocupa el desgaste que conlleva tanto compromiso, pero también admira su determinación: “No sabe rendirse y por eso ha logrado todo esto”.
Más allá de la fortaleza que inspira, María Paola es también una mujer que se equivoca, que carga culpas y que lucha por encontrar equilibrio. Y quizá es allí, en su esencia, donde radica su mayor valor: mostrar que se puede servir y amar a otros sin dejar de ser profundamente auténtica.
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