Luis Alfredo Paipa, 25 años de pasión, transformación y enseñanza

22 de Mayo de 2026 07:00

Luis Alfredo Paipa mirando la camara
Por: Imagen compartida por Luis Alfredo

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Una camisa rosada, chaqueta azul sin mangas, jean blanco y zapatos azules. El atuendo de Luis Alfredo Paipa refleja exactamente lo que él es: elegante sin pretensiones, auténtico sin esfuerzo. Profesor de Ingeniería de Producción Agroindustrial en la Universidad de La Sabana, recibe con una calidez que desactiva cualquier formalidad desde las primeras palabras. Su voz es pausada, su mirada atenta, y pronto queda claro que esta no es la historia de un docente que va y dicta clase: es la historia de un hombre que encontró en la educación el lugar donde quería vivir.

Lleva 25 años en La Sabana, pero antes de ser profesor fue estudiante. Llegó al campus en 1992 como parte de la cuarta promoción de Ingeniería de Producción Agroindustrial, cuando el programa era anual y más exigente: perder una materia significaba reiniciar el ciclo completo. Terminó la carrera en seis años y al graduarse se vinculó a Nutrición y Recursos de Colombia, donde trabajó en programación y mejora continua de procesos.

El regreso a La Sabana llegó en 2001, casi por casualidad. Una excompañera de carrera, en ese momento cursando su doctorado, lo recomendó para una asignatura de aplicaciones informáticas. Luis tenía experiencia sólida en programación y en el uso de Excel para formulación alimenticia, así que aceptó. "Venía los martes y los viernes a dar clase", recuerda con una sonrisa. Era docente de cátedra, combinaba esa labor con su trabajo en la empresa, pero la universidad fue ganándole terreno en la agenda hasta que decidió entregarse por completo a La Sabana.

Su trayectoria institucional se fue ampliando con naturalidad. La decana de la facultad de ingeniería, Gloria González, lo convocó para apoyar el proceso de acreditación de alta calidad que la universidad estaba iniciando, una tarea que encajaba con su experiencia en calidad empresarial. Participó en la primera acreditación del programa de ingeniería agroindustrial y contribuyó a la creación del programa de ingeniería informática. En 2004 se vinculó formalmente como profesor de planta, asumiendo también responsabilidades administrativas hasta 2009.

El día que una pregunta lo transformó

Ese mismo año ocurrió algo que Luis recuerda como un punto de inflexión. Una colega le lanzó una pregunta sin anestesia: "¿Cómo vas a hablar de educación si no sabes de educación?" Al principio el comentario le cayó fuerte, pero en lugar de defenderse decidió escucharlo. Esa incomodidad lo llevó a cursar una maestría en educación dirigida por el profesor Ciro Parra (QEPD), quien se convertiría en una figura fundamental de su formación, y lo que descubrió en ese proceso cambió su manera de pararse frente a un salón. "Yo pensaba que educar era preparar una clase y transmitir conocimientos", confiesa. La maestría le reveló algo más hondo: "Realmente lo que uno está haciendo es transformar vidas." Desde entonces esa convicción es el eje de todo lo que hace. Hoy dicta Gestión de Calidad y Control Estadístico, materias que lleva enseñando más de diez años, y en cada clase busca dejar algo más que un contenido.

Luis reconoce que su expresión suele ser seria, herencia de su madre, pero insiste en cultivar una relación cercana y sana con sus estudiantes. Después de 25 años, dice sentirse orgulloso de dos cosas por encima de cualquier reconocimiento formal: el respeto y el cariño que recibe cada día. Es habitual que en un centro comercial algún exalumno lo salude con genuino afecto. Para él esos encuentros no son casualidades: "El destino me los manda para decirme que estoy cumpliendo mi labor. Uno siente el afecto."

Ha visto crecer La Sabana edificio por edificio, proceso por proceso, y ha sido testigo directo de los momentos que pusieron a prueba a la institución. La inundación del 25 de abril de 2011, cuando el desbordamiento del río Bogotá anegó el campus, lo sorprendió fuera del país. Cuando sus compañeros le contaron lo que había pasado, no podía creerlo. Pensó que el semestre se suspendería. Pero la universidad respondió con agilidad y determinación, garantizando la continuidad académica sin perder el rumbo.

Años después, en plena pandemia y en medio de una clase virtual, recibió una llamada que tampoco esperaba: Rolando Roncancio, entonces vicerrector, lo convocaba a sumarse al proyecto de desarrollo de ventiladores mecánicos que la Universidad lideraba para responder a la emergencia sanitaria. Una semana más tarde se integró al equipo, aportando desde la investigación y la gestión administrativa. Su nombre quedó inscrito entre quienes hicieron posible ese ventilador, símbolo del trabajo colectivo en medio de la crisis y del tipo de institución que La Sabana elige ser cuando el mundo se complica.

Lo que más admira de la universidad no es solo lo que ha construido, sino su capacidad de renovarse sin perder la esencia. "Las cosas no pueden envejecer conmigo", dice, y en esa frase cabe toda su filosofía. Cada edificio nuevo, cada programa actualizado, cada proceso modernizado es para él una señal del compromiso genuino con el bienestar de quienes habitan el campus. Y si algo lo mantiene joven es precisamente ese contacto diario con estudiantes de 18 a 20 años. "Uno siente que el tiempo no pasa", admite con una sonrisa tranquila.

Al cierre de la conversación se le pidió que resumiera estos 25 años en una sola palabra. No dudó ni un instante: "Pasión." Y añadió, con la misma convicción con que todo lo dice, que el día que se levante sin ganas de dar clase dejará de serlo. "Amo lo que hago." La Universidad de La Sabana le dio mucho más que una carrera: le dio el lugar donde construyó su vida, formó su familia y creció como persona. Y él, a su vez, le ha devuelto 25 años de entrega, rigor y humanidad. Una deuda que, en el fondo, ambos siguen saldando cada día.s.

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