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4 de Noviembre de 2025 11:59
A las afueras de Bogotá, donde el aire es más frío y una hermosa sabana nace, existe un circuito que palpita al ritmo de los motores. Este no es solo un lugar, es un templo de la velocidad, el Kartódromo de Tocancipá. Para el público general, puede ser un punto invisible en el mapa deportivo nacional, pero es, sin duda, la cuna de los campeones del automovilismo colombiano y el punto de partida de aquellos cuyos sueños son llegar a las grandes ligas. Aquí, la pasión se mide en vueltas por minuto, el sudor de los mecánicos y la determinación de los jóvenes. Contar la historia de Tocancipá es revelar un semillero silencioso que ha forjado leyendas y mantiene viva la chispa del deporte automotor en un país donde este rara vez tiene relevancia.
Para entender por qué Tocancipá se ha consolidado como la academia de corredores más grande de Colombia, es indispensable nombrar a su figura más mediática. El Kartódromo es, en gran medida, la consolidación de un legado que lleva el nombre del mejor corredor que el país ha conocido: Juan Pablo Montoya. Montoya no es solo el referente de éxito en escenarios internacionales, él es la base. Este espacio existe gracias a su visión y dedicación, pues fue él quien fundó este semillero de competidores, en el año 2002. La creación de este centro de enseñanza es la base para el desarrollo del talento joven. Tocancipá se convirtió así en el escenario donde figuras icónicas dieron sus primeras vueltas, mucho antes de conquistar pistas de la Fórmula 1, IndyCar o Nascar.
El sonido de los karts rompe el silencio de la sabana, gracias a los jóvenes conductores que, día a día, pulen su técnica en las curvas de Tocancipá. Desde niños de apenas cinco años hasta adolescentes en la recta final de su preparación, todos comparten una ilusión inquebrantable: seguir los pasos de los campeones que ya salieron de este mismo asfalto.
Para estos jóvenes, el kartódromo no es un pasatiempo; es una rutina fuertemente construida. Sus vidas giran en torno al entrenamiento, la mejora de tiempos por vuelta y el enriquecimiento de las lecciones de los instructores. Aquí, aprenden que la velocidad no es solo un acto reflejo, sino una compleja mezcla de física, estrategia y disciplina mental. Ellos simbolizan la continuidad del talento y la promesa en las grandes competencias internacionales.
Sus voces hablan en el rugir de los motores, narrando sus historias, pasiones y logros gracias a la importancia formativa del kartódromo y el camino hacia el profesionalismo. El Kartódromo de Tocancipá cumple un papel fundamental al ser un espacio de preparación deportiva que, aunque muchas veces invisible para la mayoría, es el punto de partida para quien aspira a la élite del deporte motor.
Detrás de la instrucción de esta nueva generación se encuentran figuras clave, como Angélica Rodríguez, directora del campeonato y presidenta del Club Deportivo KWC. Con 20 años de experiencia en el kartismo, Angelica, conocida como Pickells en el "bajo mundo del automovilismo y el cartismo", ha escalado hasta dirigir un equipo de carreras y una escuela, logrando un respeto tal que otros equipos remiten a sus corredores más jóvenes a su instrucción.
Para Angélica, la pista de Tocancipá es esencial para esta preparación: "Me gusta trabajar acá muchísimo porque esta pista es muy técnica". No es una pista donde solo se acelera; exige control mental y técnico. La clave es saber frenar, controlar el kart y saber "exactamente dónde tienes que volver a acelerar para no perder esa potencia". Es la abundancia de curvas lo que la hace demandante y formativa.
Angela, quien estudió pedagogía infantil, aplica su conocimiento para maximizar el progreso de los niños más pequeños (desde los 4 años). Ella enfatiza que la escuela debe adaptarse al niño, no al revés. Utiliza actividades lúdicas, como pedir a los padres que jueguen "ponchados" para enseñar a acelerar, lo cual funciona y genera confianza. Esta instrucción temprana crea una independencia y disciplina enorme en los niños, dándoles el control sobre algo a una edad en que todo lo demás está controlado.
Pero la velocidad y el triunfo no son solo responsabilidad del conductor. Angélica subraya que es un esfuerzo 50/50 entre el corredor y el mecánico. En categorías donde se permiten modificaciones, el mecánico "es el que juega realmente" con el chasis y la carburación. Su trabajo es probar y ajustar continuamente para robar tiempo a la pista, haciendo que el mecánico sea "muy importante".
Pero la historia de la velocidad en Colombia no se escribe solo en los pedales del kart. Si los competidores son la gasolina, los padres son el motor financiero y emocional que mantiene el motor en movimiento. Sus voces son esenciales para entender la magnitud del respaldo que se requiere para sostener la carrera de un conductor. El automovilismo es un deporte demandante, y la instrucción en el kartódromo implica un esfuerzo de familia monumental.
Detrás de cada joven que logra un tiempo récord, hay un padre o una madre que ha enfrentado sacrificios económicos y personales considerables. Ellos son los que viajan incansablemente, los que ajustan los presupuestos, los que actúan como mecánicos improvisados y, sobre todo, los que brindan el respaldo psicológico necesario en las dificultades que se presentan en el camino.
Los progenitores viven en los pits. Su dedicación visibiliza un esfuerzo colectivo que es fundamental para que la preparación deportiva sea viable. El sueño de la velocidad no es individual; es un proyecto familiar que requiere una inversión constante de tiempo y recursos, haciendo de esta academia de Tocancipá un testimonio constante del amor y la esperanza depositada en el talento joven.
Mauricio Sánchez, corredor aficionado de 37 años con logros en campeonatos de trepadores y piques, refleja esta realidad. Su pasión nació viendo carreras callejeras ilegales en Bogotá hace unos 20 años. Para él, que no tuvo la oportunidad de iniciarse en el kartismo por limitaciones económicas de su propia familia, es un sentimiento "muy bonito" poder brindar hoy a su hijo de 4 años esta experiencia.
Mauricio explica que, más allá del aspecto económico, el tiempo es la clave. Su objetivo es ser una "versión mejorada" de su propio padre y acompañar a su hijo en el proceso. El pequeño, que ha estado rodeado de carros desde bebé y posee una "colección sin fin de Hot Wheels," encontró en el karting un lugar donde canalizar su amor por las ruedas. Para él, subirse al kart es un juego, aunque ya muestra una naturaleza "demasiado competitiva" y se frustra cuando no gana.
Mauricio ve en el kartódromo un poderoso vehículo para la preparación personal: "El principal motivo para tenerlo acá es que crezca desde pequeño con una disciplina". Esta disciplina se aplica a todos los aspectos de su vida. Además, el deporte lo mantiene alejado de las pantallas y fomenta la socialización. El padre conductor confiesa que, para él, correr es una sensación adictiva, "como si fuera una droga," una inyección de adrenalina que genera un "vacío en el estómago" antes de cada largada.
Sin embargo, el respaldo parental también tiene sus desafíos. Angélica Rodríguez señala que lo más complicado de su labor son los padres. Hay quienes exigen demasiado, regañan o amenazan, pensando que así ayudan. Ella recomienda que estos tutores busquen temas de psicología deportiva para realmente asistir a sus hijos. El esfuerzo de tiempo es monumental; los tutores pueden pasar jornadas completas, desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde en la pista, pero si lo manejan bien, es tiempo de calidad y enseñanza.
Si los jóvenes competidores representan el futuro y los tutores el esfuerzo, los trabajadores, instructores, mecánicos y entrenadores del kartódromo son la estructura que mantiene el proyecto en pie día tras día. Ellos son los héroes sin capa que garantizan que el semillero funcione con precisión y seguridad.
Estos instructores o entrenadores han sido testigos del paso de generaciones enteras de corredores. Su rol va más allá de enseñar a trazar una curva; ellos conocen las dinámicas de instrucción y detección de talentos. Han visto a niños tímidos convertirse en competidores feroces y han guiado a futuros campeones desde sus primeras vueltas. La sabiduría que reside en el personal del kartódromo es invaluable, pues son ellos quienes aportan el conocimiento técnico y la cultura de la competencia que permitió a figuras como Montoya prosperar.
De igual manera, los organizadores y directivos del kartódromo son cruciales. Son quienes velan por la historia del lugar, analizan su evolución y enfrentan los desafíos logísticos y económicos de mantener un espacio de esta magnitud. Mantener el karting como la base fundamental del deporte motor en el país requiere no sólo pasión, sino también una gestión eficiente de la infraestructura. Su labor garantiza que este centro de instrucción siga siendo el núcleo del automovilismo colombiano.
A pesar de todo el esfuerzo invertido por familias y formadores, el camino hacia las grandes ligas para los niños es sumamente difícil. Angélica Rodríguez es clara: pasar a las categorías profesionales requiere "miles de euros". El kartódromo, por sí mismo, solo puede ofrecer las mejores condiciones y la seguridad para entrenar.
Angélica hace un llamado urgente: "en Colombia falta un montón de respaldo para sobre todo de la empresa privada". Existe una ley que ofrece beneficios fiscales a las empresas que apoyan el deporte, pero muchas, incluyendo a sus contadores, no la conocen. Siente que hay una falta de conocimiento sobre la magnitud de invertir en un deportista.
A esto se suman los desafíos institucionales. Angélica lamenta que al deporte colombiano se le haya cortado el presupuesto en un 70 u 80 por ciento, afectando a todos los deportes, no solo al kartismo. Para ella, el Gobierno Nacional debe entender que "el deporte es algo sano y es algo que ayuda... para salir adelante" y alejar a los jóvenes de las drogas y malas amistades. Sin estos recursos, se pierde la posibilidad de acercar a más niños a la pista para que puedan cumplir su sueño.
El Kartódromo de Tocancipá es mucho más que un circuito de carreras; es un actor clave en la construcción de la identidad del automovilismo colombiano. Su existencia y labor son una justificación sobre la necesidad urgente de invertir en infraestructura deportiva y, más importante aún, de asegurar un respaldo institucional firme y constante. Aunque los campeones que de allí han surgido han puesto el nombre de Colombia en alto, el espacio que los formó sigue siendo ese semillero silencioso.
El legado de Juan Pablo Montoya, el sueño de los jóvenes conductores que aspiran a ser como él, el amor incondicional y el sacrificio de sus tutores, y la dedicación incansable de los instructores y trabajadores, hacen de este centro deportivo un espacio para demostrar que, en Colombia, el sueño de la velocidad está más vivo que nunca. Solo se necesita prestar atención al rugido de los motores que surge en la sabana, el sonido de un futuro campeón calentando motores.
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