Juliana Hernández, la periodista que cubre la F1 desde Colombia

13 de Marzo de 2026 11:00

Por: María Paz Fajardo Rojas / Juliana Hernández, creadora de contenido sobre automovilismo, muestra acreditaciones de carreras en su apartamento rodeada de arte y objetos de NASCAR.
10 Min

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Su familia apagaba la olla exprés, callaba a los perros y bajaba el volumen del noticiero para no arruinar la toma que ya había repetido varias veces. Ese set improvisado en casa, durante la pandemia, fue el inicio de un proyecto que nació cuando intentó convencer a su papá, Juan Pablo Hernández, de hablar de Fórmula 1 frente a una cámara. Aunque él se negó rotundamente, le devolvió la idea. En el transcurso de su carrera de Comunicación Social y Periodismo, la pasión ya venía acompañada de herramientas como el dominio de los programas de edición, el conocimiento del deporte y de la industria; Juliana ya tenía los medios para ser ella quien lo hiciera.

Juliana Hernández creció siendo una niña alegre, cercana a su familia y profundamente unida a su papá; cada domingo, ella y Juan Pablo no se perdían ninguna carrera de Fórmula 1, él explicaba, ella preguntaba. Desde ese vínculo, la euforia y la curiosidad sembraron una motivación que años después se convertiría en su proyecto de vida.

Gran Premio de México F1 2023

Acreditación de staff de NASCAR Mexico Series 2025 que identifica a Juliana Hernández como parte del equipo de producción del campeonato.

Un zumbido constante y potente entró por sus oídos y retumbó para siempre en su pecho. Escuchar en vivo y en directo autos de competencia, le dio un giro a lo que había construido. En el Autódromo Hermanos Rodríguez, en el Gran Premio de México 2023 Juliana —cabello oscuro largo, carné de prensa al cuello y curas en los pies de tanto caminar— se describió como “una hormiga corredora” cubrió más de tres categorías de automovilismo en un mismo día.

Mientras asimilaba lo que estaba pasando, los mecánicos la reconocían, los seguidores esperaban fotos, Juliana estaba viviendo lo que ella denomina como “su sueño americano”.

Detrás del reconocimiento, de la espera de los seguidores a las afueras del hotel y las despedidas en el aeropuerto, hay una historia marcada por comentarios que buscaban desacreditarla. Según un artículo publicado por la revista Estudios sobre el Mensaje Periodístico (2025), el cuestionamiento de la autoridad técnica es la forma más común de discriminación hacia las mujeres en el periodismo deportivo. Juliana, en una industria masculinizada, era percibida como una anomalía donde su opinión “carecía de legitimidad técnica” y era mejor si se dedicaba a tareas domésticas.

Tras bambalinas estaban las interminables horas de edición, los sets improvisados, la investigación con especialistas y el aprender dentro de los paddocks —el corazón operativo de un Gran Premio, donde conviven equipos, pilotos y prensa—. Todo eso construyó su lugar desde cero. Como dice Mónica Rodriguez, su mamá, las batallas más fuertes que ha enfrentado no han sido públicas. Y aun así, siempre eligió continuar.

Antes de salir al aire en TV Azteca, una de las cadenas de televisión más grandes de México y América Latina, lejos de casa, el miedo la paralizó y las dudas aparecieron. Fue una llamada con su mamá la que la sostuvo: al otro lado del teléfono encontró la seguridad que no lograba darse sola. Siempre ha sido así.

Para Juliana, la familia no es el apoyo, es el motor.

Mientras por un lado su mánager y algunos colegas sugerían aumentar sus métricas comprando seguidores o apostando por estrategias de visibilidad artificial, ella sostuvo su contenido desde la naturalidad. Por eso, cuando perdió miles de seguidores tras las depuraciones de Instagram en la que se eliminaron cuentas falsas y métricas no orgánicas, no lo vivió como una derrota. Juliana eligió mantenerse. Con menos números, pero con la misma identidad. Para ella, la credibilidad tiene un valor más alto que los números, una comunidad real vale mucho más que una audiencia artificial.

Desde esa semilla de la curiosidad y viviendo la experiencia en uno de los más grandes premios de automovilismo en el mundo, su mirada fue más allá del lujo y la exclusividad de la Fórmula 1. Aunque fue su bandera verde, encontró en categorías como la NASCAR un espacio único y especial. En él descubrió un deporte menos distante y más humano.

Las tuercas que los mecánicos entregaron a Juliana en los pits: piezas que sostienen las ruedas de los autos de carrera y que, dentro del automovilismo, se convierten en pequeños trofeos de pista.

En los pits, los mecánicos conversaban con ella, le entregaron unas tuercas de un auto stock;

carros que parten de modelos de producción —los mismos que cualquiera podría ver en una concesionaria— pero modificados para correr, con carrocerías anchas y motores preparados para competir. Esas tuercas, las piezas metálicas que sostienen las ruedas del vehículo, terminan siendo pequeños trofeos de la carrera y para Juliana se convirtieron en el símbolo y en el recuerdo más preciado de su relación con el motorsport.

A pesar del acoso, de las miradas y comentarios fuera de lugar que reducían su presencia a su aspecto físico, Juliana dice que allí “se sintió en su salsa”. Incluso agradeció aquel primer video grabado en su cuarto con su computador en el que hablaba de Ferrari, ese que grabó con un gabán rojo, el color inevitable de la escudería. Fue ese inicio el que le abrió las puertas del paddock, donde descubrió su pasión y empezó a ganarse su lugar en la industria.

Objetos, ilustraciones y recuerdos de carreras conforman el santuario de automovilismo en el apartamento de Juliana Hernández.

Juliana tiene los ojos rasgados, una sonrisa tierna y una voz suave que no tarda en volverse carácter. Su apartamento grita experiencia. Objetos firmados por pilotos, productos de colaboraciones con grandes marcas, carnés de paddock colgados en la pared y obras personalizadas hechas por sus seguidores, conforman un santuario construido por objetos que narran una carrera en la que se aprende vuelta a vuelta y circuito por circuito.

Su recorrido no ha sido marcado como una lucha contra los hombres. De hecho resalta que lo que hoy sabe sobre motorsport lo aprendió justamente de colegas y expertos que le enseñaron desde la experiencia. Para ella, el automovilismo se construye desde el apoyo mutuo y las miradas distintas en una misma pasión.

A pesar de pagar los costos de la visibilidad, de haber perdido su privacidad, de tener que peinarse para sacar su perro, Tambor, con el que lleva teniendo una conexión hace más de diez años, Juliana sabe que siempre puede haber alguien observando. Lo asume como parte del proceso de convertirse en figura pública sin dejar de ser persona.

Juan Pablo dice que el mejor recuerdo que tiene con ella no es ninguno de esos. Es un domingo en los Llanos colombianos, una camioneta enterrada en un barrial, sin señal, sin nadie cerca. Juliana lo miró y dijo: "Papi, esto es una chocoaventura." Salieron a pie a buscar ayuda. La encontraron media hora después.

Eso fue antes del autódromo, antes de México, antes de las tuercas y los carnés. Antes de todo. Hoy Juliana graba en su propio apartamento. Sus papás ya no tienen que apagar la olla exprés ni bajarle el volumen al noticiero. Tambor sigue ahí, sin entender de circuitos ni de cámaras. Pero ahí está. ¡Como siempre!

Juliana Hernández graba contenido en su apartamento junto a su perro Tambor que descansa a su lado.

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