Pablo Tauta: entre la cruz católica y el resguardo indígena

21 de Septiembre de 2025 21:30

Pablo Tauta, un indigena del resguardo de Cota, situado en los templos importantes de su comunidad. Está de perfil con una gorra gris, un chaleco amarillo.
Por: Sylvana Contreras Restrepo
8 Min

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Con las manos llenas de asfalto y polvo, Pablo siempre está dispuesto a ayudar. Es fácil reconocer a qué comunidad pertenece. Suele utilizar su gorra negra desteñida, con algunas tonalidades grises, lleva el título ¨Resguardo Indígena de Cota¨, y sus típicas botas cubiertas de barro seco. Pasa la mayor parte de su tiempo en la Iglesia Católica, pero su raíz es muisca. Encontró su lugar seguro en esas paredes que ayudó a construir. El sacerdote que lo condujo acababa de llegar a Cota cuando Pablo y su hermana lo recibieron con un gesto antiguo como ofrenda: una gallina en las manos.

Juan Pablo Tauta Segura, de 58 años, es oriundo de Cota, Cundinamarca. Ha sido indispensable en la parroquia San Pablo Apóstol de Cota, fundada el 7 de diciembre del 2024, para celebrar el día de velitas. Pablo sentía orgullo de haber colaborado en el proceso de cimentación. Fue el carguero de los santos, vendedor de empanadas, obrero y todero. Sus manos siempre han estado al servicio de la comunidad. “Yo soy indígena, pero también soy católico”, dice convencido. Tiene presente a la luna, el sol y la tierra, junto con la cruz; es la combinación que, sin proponérselo, le ha generado un puente entre dos creencias que parecían irreconciliables.

Pablo recuerda que “La infancia fue normal, con necesidades, pero sin limitaciones”. Su familia tenía una huerta que les brindaba sustento a todos, vendían hortalizas en la plaza, todas sembradas, cultivadas y cosechadas por ellos. Nunca vivió dentro de la delimitación actual del Resguardo, pero para él ser indígena se lleva en la sangre, “aunque a veces la sociedad le haga sentir que es distinto”.

La expresión de sus ojos cambió al hablar de su niñez. En la escuela intentaban hacerlo sentir menos. “Nos aislaban, los hijos de los profesores a un lado, y los pobres al otro”, recuerda Pablo. La discriminación nunca fue directa, pero el trato indiferente sí lo fue. En varias ocasiones ha experimentado la misma sensación por ser pobre e indígena. Pablo dejó de sentir vergüenza y comenzó a sentir orgullo, pues entendió que ser indígena es raíz, historia y comunidad.

Su orgullo también se refleja en su conocimiento sobre el resguardo. Conoce a la perfección las escrituras, las complicaciones que atraviesa, los habitantes y cada detalle. Explica que en la escritura 1276 se reconocen 505 hectáreas. Hay personas que viven en el casco urbano cotense, y son indígenas, es una decisión consciente: “cuando me dicen indio, yo no me ofendo; lo digo con orgullo, soy indígena de Cota”.

El resguardo tiene cabildo propio, gobernador y una política particular. Un amigo abogado reconoció las capacidades de Pablo y lo animó a integrarse al cabildo del Resguardo Indígena. Su sobrina, Lina Tauta, afirmó: ¨La gente siempre lo busca para defender el territorio de cualquier cosa… mi tío es la voz del pueblo¨. Hoy es fiscal; su rol es escuchar a la comunidad y ser el contrapeso del cabildo. Lo buscan porque saben que, si él puede, siempre va a estar para la comunidad. Pablo ha ejercido el cargo varias veces: del 2013 al 2015, del 2021 al 2023 y en la actualidad. Debe leer leyes, la Constitución del 91, derechos humanos y el mando orgánico de los muiscas de Cota, su ley interna.

Su celular recibe notificaciones cuando un miembro de la comunidad requiere su servicio: revisa adjudicaciones y determina qué le corresponde a cada quien. Así se ha ganado el respeto, la autoridad y la confianza. Su objetivo es el servicio, nunca el poder.

Su vida es una dualidad; mantiene su tiempo muy ocupado. Como dice Lina Tauta: ¨Si no está en la iglesia, está en el resguardo, o viceversa¨. Su jefe, Jorge Enrique Monroy, arquitecto de la iglesia, confesó: ¨Es una versión mejorada de lo que es un indio muisca en este momento, con responsabilidades y costumbres¨. Según Lina, siempre lo ha visto untarse las manos para ayudar, tanto en parroquias como en el resguardo. Incluso si ayudar implica quemarse los brazos por evitar que una olla de ajiaco se volcara. En el ¨ajiacatón¨, la celebración para compartir la sopa hecha de papa amarilla, realizada cada año, estaba Pablo avivando el fuego. Por poco se volca el ajiaco y, muy asustado, sostuvo las ollas con un tubo hirviendo hasta que se le 'achicharró' el cuero de la mano. Pablo mencionaba que para curarse usó cremas naturistas, su cura fue la sábila y el sulfato de plata.

Nació siendo indígena, pero le inculcaron la religión católica, y esa crianza lo ha definido. “Una cosa es la religión y otra cosa es lo indígena. Yo crecí con ambas y no me avergüenzo de ninguna”, sostiene. Es un hombre dispuesto a ayudar, no sabe decir que no, es complaciente. Para Lina, él no se da el tiempo que requiere personalmente. Gracias a Pablo, Lina pudo entrar a la universidad, fue el único que la apoyó.

Pablo es una persona de palabra. Para él, lo más valioso que tiene una persona es ser confiable y honesto. El arquitecto Jorge comentó que ¨su palabra es como un contrato. Si él me dice que va a hacer algo, lo hace. Y cuando dice no, es un no que cumple¨. Se mantiene fiel a su criterio.

Terminando la quinta, subiendo por toda la montaña, en un camino semi destapado, y lleno de vegetación, están los templos del resguardo. Cerca de uno, Pablo reflexionó diciendo: ¨mis dioses me hablan en la tierra, pero mi fe me sostiene en la cruz”. Demostró una faceta íntima por medio de sus palabras, hay coherencia entre lo que predica y lo que hace. Su rol es mantener a dos comunidades, de las que está proporcionalmente creado. Sostiene la iglesia, sostiene el resguardo.

Los días de Pablo pasan rápido entre sus responsabilidades. Vive solo, pues sus padres fallecieron hace más de 15 años. Como narraba Jorge Monroy, ¨Pablito es una persona servicial que en todos los bazares de la iglesia está dispuesto a servir a ningún costo. Él no cobra nada por su servicio¨. No fue hasta que la parroquia tuvo presupuesto cuando comenzó a recibir un pago; antes, todo era voluntad y vocación.

Hoy, Juan Pablo Tauta Segura dedica su vida a ese equilibrio que ha encontrado. ¨Soy ambas cosas, y así está bien¨, afirma con su mano en el pecho, las pupilas dilatadas y la voz menos tensa. Ser muisca y católico es su centro. Sus manos gastadas de tanto trabajar, su gorra desteñida del resguardo con letras rojas y verdes, sus botas embarradas y la pechera con espacio limitado para el celular, son los símbolos que lo representan.

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