Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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31 de Marzo de 2026 09:30
En el quirófano, Juan Fernando Ramón parece quedar en un estado de concentración distinto al de las demás personas que lo rodean. El ruido externo se desvanece en su cabeza y solo queda con su único objetivo: salvar vidas. Su atención —esa que en la infancia era dispersa e incontrolable— se convierte allí en un rayo fijo, casi implacable. El TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), una condición del neurodesarrollo que afecta la atención, el control de impulsos y la regulación de la energía, que de niño le costó materias y autoestima, en cirugía se transforma en un foco absoluto.
A sus 56 años, es neurocirujano con maestría en epidemiología, profesor del Colegio Americano de Cirujanos (ATLS), especialista de la fundación Santafé de Bogotá y presidente de la Asociación Colombiana de Neurocirugía. Su hoja de vida habla de liderazgo y disciplina, pero detrás de esos cargos hay un patrón que lo acompaña desde siempre: alta intensidad.
El diagnóstico no llegó cuando él era pequeño. Reconoció esta condición cuando identificó en su hijo los mismos rasgos: era distraído, impulsivo, y tenía demasiada energía. Cuando era estudiante decía que necesitaba “estudiar tres veces más” para compensar. Rendía en exámenes, pero olvidaba entregas; posponía trabajos hasta el último momento y acumulaba todas las frustraciones. “Perder materias me afectó mucho la autoestima”, admitió. El TDAH no era una etiqueta: era una lucha que él pasaba en silencio.
Con los años entendió que esa misma condición le daba una ventaja: Puede hacer veinte cosas en un día: operar, dictar clases, coordinar clínicas, nadar y escuchar música. La energía parece que nunca se acaba. Sin embargo, el costo también se siente: olvidos frecuentes, reacciones impulsivas, estrés. Ha aprendido a medicarse de forma intermitente y, sobre todo, a entrenar el autocontrol emocional, a pausar antes de responder y a no reaccionar desde la inmediatez.
Su mayor apoyo en todo este proceso ha sido la natación, un deporte que le permite enfocar la mente y canalizar la intensidad con la que vive. Nada a diario; es su ritual y el único espacio verdaderamente propio, libre de interrupciones. Ha participado en el World acuátics master championship y, gracias a esa disciplina sostenida en el tiempo, ha competido en países como Canadá, Brasil, Quatar, Singapur, Italia y Rusia.
Esa intensidad se trasladó inevitablemente a su vida familiar. Felipe Ramón Aristisabal, de 21 años, su hijo menor, reconoce que se parecen tanto que chocan. Ambos comparten rasgos de déficit de atención y alta capacidad intelectual. Las discusiones, a veces, escalan rápido. Hubo una pelea que los mantuvo dos meses sin hablar. Aun así, cuando ocurre una emergencia médica, no hay dudas: el primero al que llaman es a él, incluso de madrugada. El TDAH que complica la comunicación también construye una confianza profesional absoluta.
Valentina Ramón Aristisabal, su hija mayor de 26 años, por otro lado, lo describe como amoroso, resiliente y honesto. Lo recuerda bailando salsa con ella, llorando con canciones y actuando como un “Peter Pan” fuera del hospital, pero también lo ha visto en sus momentos de tristeza en los cuales parece desbordarse. En casa, como en el hospital, el desafío ha sido regular esa energía.
Una de sus pacientes, Andrea Duque, conoció al neurocirujano Juan Fernando Ramón hace siete años en el servicio de urgencias de la Clínica Santa Fe. Había llegado viendo doble por el ojo derecho y, tras numerosos exámenes sin respuestas claras, una resonancia reveló un tumor benigno en la base del cráneo. Ese día llamaron a neurocirugía y apareció él. Le explicó que debía operarla y decidió dejarla hospitalizada para agilizar las aprobaciones del procedimiento.
Aunque no lo conocía de antes, Andrea recuerda haber sentido, desde ese primer momento, que estaba en las mejores manos. La operación salió bien y su recuperación fue rápida. Cuando despertó, el doctor resumió todo con una frase que ella aún recuerda: “Dios guio la cirugía”. Desde entonces se ven una vez al año para revisar que todo siga bien, y en ese tiempo se ha formado un vínculo de doctor y paciente que Andrea valora profundamente. Para ella, Juan Fernando Ramón no solo es un gran profesional, sino también un ser humano maravilloso.
Una de las experiencias que más lo marcó como médico, fue la de una pequeña paciente de nueve años a quien le diagnosticaron un tumor cerebral maligno sin posibilidad de curación. Juan Fernando, decidió operarla, no con la expectativa de salvarla, sino de darle un poco más de tiempo y calidad de vida. Durante ese proceso, el vínculo con la niña y su familia se volvió cercano: en varias ocasiones se reunieron, conversaron y él trató de mostrarle que, al menos, existía la posibilidad de intentar algo desde la cirugía. Con el paso de los meses, el deterioro fue inevitable. Juan Fernando, acompañó a la niña y a sus padres hasta el final, y también estuvo presente en la misa de su sepelio. Para él fue una experiencia muy dura: ver cómo una niña llena de vida iba perdiendo poco a poco sus capacidades, sabiendo que, pese a todos los esfuerzos médicos, no se podía cambiar el desenlace.
La misma persistencia lo llevó a reintroducir la neuroendoscopia en la Fundación Santa Fe de Bogotá, una de las instituciones hospitalarias más reconocidas del país por su nivel de complejidad y estándares internacionales. La neuroendoscopia es una técnica mínimamente invasiva que permite intervenir el cerebro a través de pequeñas incisiones y el uso de una cámara endoscópica, reduciendo riesgos y tiempos de recuperación.
En Colombia, su implementación ha significado un avance importante en el tratamiento de patologías como la hidrocefalia y ciertos tumores. Tras formarse en Estados Unidos y Europa, Juan Fernando Ramón logró consolidarla como práctica rutinaria semanal en la institución, donde antes había sido abandonada. Su filosofía resume ese proceso: mejorar un uno por ciento cada día.
El TDAH no desapareció. Sigue allí, en la velocidad mental, en la cantidad de tareas que lleva día a día, en la emoción intensa, pero Juan Fernando Ramón aprendió a convertir esa condición en herramienta. En el quirófano es precisión; en casa, aprendizaje constante. Entre la distracción y el foco, ha construido una carrera brillante y una familia que, pese a las tensiones, sigue llamándolo primero cuando algo importa y aún, cuando no.
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