Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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31 de Marzo de 2026 15:00
De los 40 soldados, 39 ya se habían confesado. El padre se dirigió al último y le preguntó:
— Rivero, ¿por qué no se va a confesar?
El soldado le contestó:
— Padre, porque, confesándome o no confesándome, es lo mismo: me muero.
Juan Bautista Rivero León fue el soldado con placa N°10919 del Batallón Colombia en la guerra de Corea. Esa identificación la porta en el bolsillo izquierdo de su camisa azul perfectamente planchada, junto con un bolígrafo y su filiación como veterano.
De los siete hermanos, Juan Bautista fue el único que no corrigió su apellido después de que en la partida de bautizo escribieran su apellido con “v” y no con “b”. Su nombre inevitablemente remite al personaje bíblico que anunciaba en el desierto la llegada del mesías. Él, en cambio, creció entre cafetales y trapiches en Chima, municipio de Santander, a 306 km de Bogotá, la capital de Colombia.
Una de sus hermanas menores, Teresa Ribero León, siempre lo consideró una persona protectora que jugaba a cocinar con piñuelas; pero por las noches, Juan Bautista apuntaba con una escopeta a las faras (zarigüeyas comunes) cuando se comían los zapotes y desarmaba los nidos de las avispas con ramas de los árboles.
En 1946, su hermano Bernardo Ribero León, entonces alcalde del municipio, lo postuló como candidato para prestar servicio militar. Fue así como a sus 17 años, Juan Bautista ingresó a las Fuerzas Armadas de la República de Colombia.
Días después de ser ascendido a dragoneante (rango militar superior al soldado), su general lo trasladó al municipio de Génova en Caldas (actualmente parte del departamento de Quindío), donde combatió contra Pedro Antonio Marín, conocido como Manuel Marulanda, quien unos años después sería el fundador del grupo armado organizado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP). Debido a su notable desempeño, fue trasladado a Armenia y posteriormente a Usaquén, donde recibió dos meses de entrenamiento para ser parte del Batallón Colombia.
En 1952 partió de la base naval de Cartagena junto a 250 soldados que viajaban para relevar a las tropas colombianas desplegadas en el frente. El trayecto para atravesar el mar Caribe y el océano Pacífico duró 32 días y 32 noches, lo que para él fue especialmente difícil, pues solía marearse.
Su nieta, Diana Cristina García Rivero, recuerda esos episodios en una de aquellas anécdotas con las que creció en su infancia y confesó que, pese a que sus náuseas eran constantes, encontró la cura perfecta: “le daban muchas náuseas con el movimiento y todavía estaban lejos para llegar a tierra firme. Entonces le dieron un medicamento y ¿sabes?, él jamás en la vida se volvió a marear”. Así, Diana consideró que ese fue: “en palabras de mi nono: un medicamento de primera”.
En medio del océano, donde lo único que se vislumbraba eran cantidades infinitas de agua, los soldados entrenaban cuerpo a cuerpo, y hacían apuestas frente a quién caía primero. En una de sus primeras peleas, Juan Bautista noqueó a su oponente. Llegó incluso a pensar que lo había matado, pero entre risas, mientras se acomodaba la manga derecha de su camisa, comentó que él no tenía la culpa, porque “para qué lo habían puesto en eso”.
Estuvo en Corea durante 14 meses, hasta que en 1954 se firmó el armisticio entre el representante de la ONU, el teniente William Harrison y el General de Corea del Norte, Nam II. Los relatos de Juan Bautista y los de su hija, Liliana Rivero Gómez, coinciden en la nevada del 1 de noviembre de 1952 y el combate del cerro durante la madrugada.
Juan Bautista conoció la nieve por primera vez en el campo de batalla. En temperaturas bajo cero, alcanzó a sentir un dolor intenso entre sus uñas y sus dedos. “Él se acuerda mucho de sus manitas congeladas. Cuando se quitaba las capas de guantes, podía poner sus manos encima de una plancha caliente, y aunque esta superficie chirriaba, no se quemaban del nivel de congelamiento que tenían”, afirmó su hija con una sonrisa en su rostro.
Unos meses después, escogieron a 40 soldados para ejecutar una operación, y debido a las condiciones críticas de las hostilidades, les permitieron a todos los soldados confesarse. Iniciaron combates a las 3 de la madrugada y tomaron el cerro dos horas después.
Al contrastar los archivos de la guerra, las narraciones y los periodos, Juan Bautista se refirió a su participación en la Operación Old Baldy, que se desarrolló desde la noche del 23 de marzo a la madrugada del 24 de marzo de 1953, donde murió el 40% del total de los soldados colombianos. Estas acciones en batalla por parte de los colombianos fueron reconocidas por altos líderes del Ejército estadounidense y el presidente designado Roberto Urdaneta (1951-1953) de Colombia, conforme consta en el Museo Virtual de Veteranos en la Guerra de Corea.
En su vida castrense fue un hombre de pocos amigos y un soldado de alto desempeño. Por ello, el coronel Alberto Ruiz Novoa le concedió el diploma de distintivo en combate y 12 días de descanso en Tokio, la capital de Japón. En su regreso a Colombia solicitó la renuncia ante el mismo coronel. Le concedieron su tarjeta de identificación como “honorable servidor de la patria” y logró, a través del coronel Ruiz, conseguir un trabajo en Ecopetrol.
Antes de comenzar esta nueva labor, regresó a Chima y le llevó a su familia unos manteles para mesas pequeñas, pero, más allá de los regalos, “la alegría de verlo fue mucha”, recordó Teresa Ribero. Cada vez que vuelve a hablar con él, dice que surgen nuevas anécdotas que antes no había contado. Sin embargo, hay recuerdos que regresan con más fuerza: “había combates y mataban mucha gente. Él se acostaba en medio de los muertos, haciéndose el muerto, para que no le fueran a hacer nada”, evocó su hermana.
Al regreso de las tropas colombianas, “el país no estaba preparado para recibir a sus héroes”, de acuerdo con el mayor general (R) Gustavo Adolfo Ocampo, responsable de la Dirección de Veteranos y Rehabilitación Inclusiva (DIVRI) del Ministerio de Defensa. Independientemente del tiempo, hay eventos que marcan la vida del veterano. Diana reconoce que a pesar de los años, Juan Bautista nunca pudo volver a dormir toda la noche, “de repente uno ve a mi nono y se levanta en la noche o muy temprano, tiene el sueño ligero o así. Tiene esas cosas y lo marcaron bastante”.
Desde 1992 se cultiva en Colombia la cultura del veterano. A través del DIVRI y otras dependencias, se exalta a aquellos individuos que buscan la paz, tras vivir en la guerra. Así, en honor al hombre que desayuna huevo, arepa de maíz y un espeso jugo de durazno, que aprovecha cada encuentro para jugar dominó y que se sienta a escuchar las noticias en la radio cada mañana, su historia no queda únicamente consignada en los archivos institucionales, sino también en la memoria de quienes se detienen a escucharlo.
“La guerra es una cosa muy berraca que uno no se alcanza a imaginar”, repite el veterano. Juan Bautista terminó su relato, suspiró y con las dos manos se acomodó su cachucha azul oscura. Colocó los brazos sobre sus rodillas, volteó la mirada y con una sonrisa dijo: “96 años, tengo historia, ¿no?”.
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