Sigue la celebración del Día del Periodista de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana
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23 de Mayo de 2026 02:00
Una mirada brillante y expresiva, combinada con un estilo cálido que irradia vitalidad, define la presencia de Ivón Paola Guevara Marín. Psicóloga de formación y docente de vocación, lleva veinte años convirtiendo las aulas de la Universidad de La Sabana en un lugar donde el conocimiento y la vida se encuentran. Hoy se desempeña como profesora de Core Curriculum Persona & Cultura en ILFARUS, instituto dedicado a la investigación, la docencia y la proyección social para el fortalecimiento familiar. Al mirar atrás, ella misma resume su trayectoria con absoluta certeza: "Si tuviera que definirla en dos palabras, diría resiliencia y gratitud."
Detrás de la académica que hoy guía a cientos de estudiantes hay una mujer que disfruta del tenis de campo, el ejercicio, la lectura y el cine. Su camino hacia la psicología y la docencia se tejió de manera sutil y casi imprevista, como ella misma lo describe: la vida fue acomodando cada pieza en el trayecto, y cada logro le devolvía una felicidad profunda. Desde temprano desarrolló una convicción que orientaría toda su carrera: las transformaciones sociales impactan directamente los vínculos familiares, y ante eso, "siempre se puede".
Su formación comenzó en su ciudad natal y continuó en Bucaramanga, donde se graduó como psicóloga en la Universidad Pontificia Bolivariana. De regreso a Cartagena, dio sus primeros pasos profesionales en escenarios de alta complejidad social: la Cárcel de Ternera y Ecopetrol, donde lideró los programas de prevención en la regional norte. Esas experiencias tempranas le enseñaron que la psicología no es solo una disciplina académica, sino una herramienta de transformación real.
Su vínculo con la Universidad de La Sabana nació a la distancia. Mientras trabajaba en Cartagena, llegó a sus manos un ejemplar del antiguo periódico institucional, donde descubrió la convocatoria para la especialización en Desarrollo Personal y Familiar. La modalidad era presencial: los docentes viajaban desde el campus principal hasta la capital de Bolívar cada sábado. Ivón reconoció de inmediato que el programa se alineaba con sus pasiones, y decidió inscribirse. Con el título en mano, tocó las puertas de ILFARUS.
Su ingreso al instituto implicó un cambio radical: trasladarse a una nueva región, adaptarse a una cultura distinta y aprender las lógicas de una institución de dimensiones que no conocía. Recuerda sus primeros días con una mezcla de humor y afecto: "Cosas muy nuevas, diferentes, un proceso de adaptación." En ese inicio, destaca el acompañamiento de Marcela Ariza, directora del instituto en ese momento, a quien recuerda con gratitud por haberla guiado y haber depositado su confianza en ella desde el principio.
Su primera asignación formal fueron las clases de Familia y Sociedad. Con una pizca de picardía, confiesa: "Yo no tenía ninguna experiencia previa en docencia, pero igual uno tiene que vivirlo." Lo que comenzó como una cátedra se fue expandiendo con los años hacia la entonces Facultad de Psicología, donde dictó electivas de profundización familiar para estudiantes de últimos semestres y supervisó prácticas en psicología educativa. Más adelante se consolidó en el área de investigación de ILFARUS, explorando temáticas como el comportamiento prosocial y problemático en adolescentes: un campo que exige rigor, sensibilidad y una mirada de largo plazo sobre los procesos humanos.
A lo largo de estas dos décadas, Ivón ha sido testigo de la metamorfosis del campus. "La universidad ha tenido un crecimiento enorme en todo sentido: estructura física, planta docente, comunidad estudiantil. Creo que siempre ha estado abanderada en su forma de crecer", afirma. En su memoria persisten los días en que no existían el edificio Adportas, la Arena Sabana ni el CAF, y recuerda cómo espacios como el restaurante El Mesón fueron transformándose junto con una oferta de actividades extracurriculares que no dejó de ampliarse.
El ejercicio de la docencia también ha traído consigo desafíos que la han obligado a reinventarse. Hoy identifica como retos principales el manejo de grupos numerosos y la necesidad de adaptarse a nuevas dinámicas de enseñanza mediadas por las redes sociales y las tecnologías emergentes, un territorio en permanente movimiento que exige del docente una actualización constante.
El hito más difícil de su historia institucional ocurrió el 25 de abril de 2011, cuando el desbordamiento del río Bogotá inundó el campus. "Es ese dolor, esa impotencia, esa sensación de pérdida. Ver cómo un lugar que uno quiere está en esa situación no es fácil", rememora con la voz aún cargada de emoción. Aquel día se dirigía a dictar clase cuando se encontró con la emergencia vial: tardó seis horas en llegar a su casa. La magnitud del desastre solo la dimensionó cuando vio las imágenes en los medios. Su oficina, en el primer piso del edificio E2, quedó completamente cubierta por el agua. Libros, apuntes y documentos de años de trabajo desaparecieron bajo el barro.
La respuesta institucional, sin embargo, dejó una huella más duradera que la propia tragedia. La universidad habilitó sedes alternas para garantizar la continuidad académica —a Ivón le correspondió enseñar en un colegio de la vía Arrayanes y en el edificio North Point en Bogotá— y esa decisión le enseñó algo que no olvidaría: el valor real de una institución no reside en sus edificios, sino en su comunidad. Lo material siempre se puede recuperar.
Años después, la pandemia trajo otro escenario de incertidumbre que exigió transformaciones inmediatas. El tránsito repentino a la virtualidad obligó a Ivón a reestructurar metodologías y dominar plataformas digitales prácticamente de un día para otro. La universidad respondió con jornadas de inducción técnica y, más adelante, con un acompañamiento que llegó hasta los hogares de sus colaboradores: facilitó el traslado de herramientas ergonómicas y garantizó el monitoreo de los equipos. Un gesto que ella recuerda como muestra de que el cuidado por las personas no se detiene en la puerta del campus.
Mantener el equilibrio entre las exigencias académicas y el bienestar personal ha sido posible, en gran parte, gracias a ese mismo respaldo. Ivón valora los espacios que la institución propicia para integrar a las familias de sus colaboradores, así como la flexibilidad que le ha permitido estar presente en los momentos clave del crecimiento de su hija. Para ella, la Universidad de La Sabana trasciende con creces el rol de empleador: es el lugar donde se mantiene intelectualmente activa y donde su trabajo tiene un impacto real en la sociedad. "Lo fascinante y retador es que te lleva a estar permanentemente estudiando, actualizando, investigando, mirando nuevas opciones y aprendiendo mucho de los propios estudiantes." Ese intercambio cotidiano con los jóvenes alimenta su motivación y renueva, día a día, su vocación como educadora.
Con la mirada puesta en los próximos años, Ivón aspira a continuar sembrando conocimiento en las aulas, quizás con una carga académica más moderada que le abra espacio para la asesoría personal, familiar y el coaching de equipos, siempre desde una visión humanista. Y, de paso, para volver con más tiempo a los pasatiempos que tanto disfruta.
Su historia es el retrato de una vida académica construida desde el servicio, sostenida por el rigor intelectual y afirmada, a lo largo de veinte años, sobre dos pilares que ella misma eligió: la resiliencia y la gratitud.
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