El capitán Juan Valderrama después del 'estruendo'

31 de Marzo de 2026 09:25

Por: Valeria Valderrama Mendieta/El coronel (R) Juan Valderrama dispara su pietro beretta 92FS en la Escuela de Postgrados de Policía (ESPOL)

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El carnaval estaba en su auge cuando se escuchó un estruendo que rompió el aire y partió el día en dos. Minutos antes había música y mercado en la plaza; ahora solo polvo, puertas cerradas y un silencio atravesado por ráfagas. Desde la azotea, el comandante vio el parque vaciarse en segundos. Abajo, la estación. Al frente, su casa. Dentro, su esposa y su hijo pequeños. No hubo espacio para dudar. Bajó con una orden clara: defender las instalaciones, sus uniformados y la población civil.

Juan Carlos Valderrama, de 50 años, no improvisó su carácter. Lo construyó.

Ingresó a la Policía Nacional de Colombia el 25 de enero de 1994 con una convicción clara: servir al país en uno de los momentos más complejos de su historia, por cuenta de la violencia del narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo. Valderrama inició su formación en la Escuela de Cadetes General Francisco de Paula Santander, donde durante tres años se preparó como cadete para luego graduarse como subteniente.  

No fue un proceso sencillo. Sacrificio, disciplina, exigencia física y mental y la capacitación en cursos de contraguerrilla, y de comandos especiales COPES y jungla moldearon su carácter y lo prepararon para enfrentar escenarios de alto riesgo.

A finales de septiembre del 2003, mientras se encontraba en Bogotá, recibió un llamado que cambiaría el rumbo de su trayectoria. El frente 29 del Ejército de Liberación Nacional (ELN) había desarrollado una toma guerrillera en el municipio de Samaniego, Nariño, a 893 kilómetros de Bogotá. 

Dejó tres policías muertos y la estación destruida. Por orden del comandante del departamento, el coronel Báez Estepa, el capitán Valderrama debía apoyar la retoma del pueblo junto con unidades Escuadrones Móviles de Carabineros (EMCAR) y contraguerrillas del Ejército.

El desplazamiento se inició esa misma noche, la vía de acceso al municipio tenía retenes de grupos guerrilleros, lo que impidió que su llegada fuera más rápida; cuando ingresaron, el pueblo parecía en calma, pero el miedo y el impacto de lo ocurrido seguían latentes. Después de la retoma recibió otra orden que implicaba una responsabilidad aún mayor: quedarse como comandante de la estación de Samaniego. Llegó con 25 patrulleros recién egresados, jóvenes que enfrentaban por primera vez una situación real de guerra.

Analizó cómo había ocurrido la toma. Fortaleció la seguridad con trincheras, garitas, muros de contención y sistemas de protección contra explosivos. Sin embargo, el mayor desafío no era únicamente la seguridad estructural, sino la afectación psicológica de los uniformados. Cada noche se preparaban como si el ataque fuera inminente. El enemigo no solo buscaba atacar físicamente, sino sembrar miedo e incertidumbre.

El momento más crítico ocurrió en enero de 2004, durante el Carnaval de Negros y Blancos de Nariño. El pueblo estaba lleno de vida cuando fueron alertados de movimientos de la insurgencia. Un sábado en la tarde se transformó de fiesta a escenario hostil. Fueron los hombres del Frente 29 del ELN, quienes camuflados entre campesinos y costales, buscaron repetir la estrategia de la toma anterior. 

El parque se vació en segundos, la alegría fue opacada por las detonaciones estremecedoras de ráfagas de fusil. Minutos después, hacia la 1:30 de la tarde, iniciaron las explosiones. 

El capitán Valderrama activó el plan defensa. El enfrentamiento duró aproximadamente dos horas. Los uniformados repelieron el ataque, sin muertos ni afectaciones a la población.

Estaba en su casa frente a la estación. Subió a la azotea, vio la plaza desolada y ordenó a su segundo al mando, al intendente Arenas, reforzar las trincheras y comunicación constante con el personal. Se dirigieron a la estación.

El impacto de las granadas lanzadas contra las vallas del búnker, que el capitán había construido con su personal, estremecía el suelo, los cilindros rebotaban por las mallas, lo que evitó que los guerrilleros se tomaran la estación de policía. El hostigamiento ocasionó daños en estructuras pero no afectó vidas. 

Dejó a su esposa Darling Mendieta de 23 años y su pequeño hijo Juan Diego Valderrama de un año en la vivienda donde residían, con un arma calibre 38 para su defensa; la historia lo decía, las familias eran tomadas a la fuerza para que los uniformados se entregarán.

Cuando los identificaron y supieron dónde se estaban quedando, Darling sintió que el peligro dejaba de ser una noticia distante y se tornaba en una amenaza directa para su hogar. Miró a su hijo y pensó que ya no se trataba solamente de su esposo uniformado,  sino de su familia. “Sentí temor y angustia”, recuerda. Sabía que en esa zona operaban varios grupos armados y que otros uniformados habían ofrendado la vida en municipios cercanos. 

Darling pensó en lo vulnerable que podía ser una casa frente a una estación, en lo que significaba quedarse, en lo que podía pasar si intentaban presionarlo a través de ellos. Pero también entendió que su papel era mantenerse firme: proteger a su hijo, confiar en las decisiones de su esposo y sostener la calma incluso cuando por dentro todo temblaba.

Eran los suegros del comandante. Jorge Enrique Mendieta, 57 años; Luz Enith Mesa, 47 años. Desde que subieron al avión hacia Pasto, capital de Nariño, entendieron que ese viaje no era una visita cualquiera. De allí tomaron un carro hasta Samaniego por una carretera angosta, bordeada de abismos, con montañas desde donde decían que bajaban los guerrilleros. No podían decir quiénes eran. Si alguien preguntaba, respondía que eran familiares del alcalde; jamás del capitán Valderrama. En el taxi nadie habló: el silencio era protección.

En el parque sentían las miradas; en un pueblo pequeño todos saben quién es forastero. Aun así, entraron a la estación humilde, de una o dos alcobas, donde dormían su yerno y los patrulleros. Cuando la toma obligó a su hija y al nieto a salir, comprendieron que el riesgo era real. Volvieron a Pasto y no regresaron más a Samaniego. Desde entonces, las visitas se hacían en Pasto, más lejos del fuego. 

Durante más de 31 años de servicio, el coronel Valderrama acumuló ascensos, cursos y reconocimientos. Cada ascenso y logro institucional tenían un costo.

Reconoce que la vida después del uniforme ha sido un proceso de adaptación. Sin embargo, ha encontrado en su retiro la posibilidad de reconstruir espacios familiares que antes eran interrumpidos por el deber. Fue llamado para el curso de Brigadier General, un reconocimiento muy significativo, pero la vida le tenía otro camino: lo llena de inmensa felicidad, ser el mejor hombre de su familia, padre y esposo.

Hoy no hay detonaciones que interrumpan la tarde, ni carreras hacia la estación. El uniforme cuelga en un armario y el radio ya no está. Las calles que antes cruzaba bajo fuego, ahora se cruzan sin afán. Afuera no hay ráfagas, no hay gritos, ni caos; adentro se respira tranquilidad, y, cuando cae la noche, nadie espera ningún estruendo ensordecedor. 

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