Jairo Becerra, el abogado aeroespacial que busca salvar a la Antártida

6 de Abril de 2026 22:30

Por: Catalina Lleras

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“Yo me amarraba al barco para que, si algo pasaba, pudieran encontrar mi cadáver”, cuenta Jairo Becerra entre risas, casi como si fuera un niño narrando alguna travesura. Podría reírme de la broma, excepto por ese filo de verdad en sus palabras que corta el aire. 

Un escalofrío se abre paso por mi columna vertebral a la vez que su voz pinta la escena: se encuentra en la Antártida. El mar se despliega con impaciencia en todas las direcciones hasta consumir el horizonte. Temblores frenéticos parecen apoderarse de sus huesos mientras el cuerpo entiende, antes que la mente, que, frente al universo, el ser humano es inevitablemente insignificante y aquella inmensidad puede devorarlo en una milésima de segundo. 

Becerra no es un pirata. No lleva una brújula colgada en el cuello ni persigue el rastro desdibujado de un viejo mapa. Es un abogado aeroespacial y en sus travesías, el tesoro aparece en forma de cifras, registros y mediciones. "Todo es un dato", menciona con convicción, revelando el lente a través del cual percibe al mundo. 

Para él, los fragmentos de información son las piezas que, al unirse, delatan las transformaciones de un planeta en cambio constante. Esta pasión por la data lo llevó a trabajar con Julián Rodríguez, profesor de la Universidad de Texas, en el documental Decisiones: Datos y Cambio climático, nominado a los Premios Emmy Internacionales 2024. Quiere que el mundo vea, escuche y sienta sus hallazgos, cuya función, más allá de crear un sentido de catástrofe, es orientar las decisiones de la comunidad global. 

Entre sus propias paredes

Sin embargo, esa no es la escena en la que yo lo conocí. En el patio de la casa de Becerra, me recibió un sol pálido, casi abatido por el anochecer. El espacio estaba cercado por árboles y el pasto se extendía libre sobre el suelo en parches irregulares de verde. Creí hallar un rincón del mundo que se movía de forma desobediente, pues como por capricho, se rehusaba a acompasarse con el mundo de afuera.

Me adentré en la casa y mi mirada fue capturada por un tinte dorado que brotaba de manera incontenible fuera de un cuadro pintado por Jeice Hernández, la esposa de Becerra. La figura central, en un rojo profundo, era un ave y sus colores intensos parecían llenar el hogar de vida. 

Sala de Becerra, desde donde se ve el cuadro pintado por su esposa Jeice. Fotografía: Catalina Lleras.

 

Su hijo Eric, de 11 años, no tardó en aparecer, entusiasmado, para enseñarme cada milímetro de su casa recién remodelada. La recorrió con el orgullo de un rey en su castillo. Cada esquina del hogar evocaba una porción de su familia, ya fuera por los objetos traídos de sus viajes, las pinturas de Hernández, o aquel pasillo que, decorado con fotos familiares, rebosaba de memorias. Esto me bastó para entender que después de haber estado en algunos de los lugares más remotos del planeta, el abogado había construido un mundo propio, un hogar cuidadosamente levantado para sus hijos.

Subí las escaleras y me invitaron a sentarme en el estudio familiar, donde conviven computadores, cables, frascos de pintura, pinceles y tubos de óleo. Todo parecía obedecer a una doble lógica: como si el razonamiento y el arte trabajaran sobre una misma mesa. 

 

El estudio en la casa de Jairo. Fotografía: Catalina Lleras. 

 

Jairo es un hombre de tez clara y rasgos sencillos que, justo antes del destello de la cámara, desliza sus gafas para revelar su mirada. Viste de forma casual y sin pretensiones. Bajo el verdor de un saco de lana, asomaba el vivo contraste de una camisa de color rojo rotundo. Sin embargo, lo que realmente captura la atención es su sonrisa: un gesto tan genuino que resulta imposible no sonreír de vuelta. Sus ojos, ahora libres de los cristales, se entrecierran con una calidez vibrante, convirtiendo lo que podría ser un retrato genérico en el reflejo de una alegría profundamente contagiosa.

Tenacidad

Incluso en un lugar lleno de pedacitos de él, quien quiera entender el gusto de Becerra por el espacio debe empezar por donde suele nacer toda obsesión, su infancia. Con apenas tres años de edad, su papá ya le ponía naves espaciales entre las manos, pues aquellas maquinitas alimentaban su curiosidad desmedida. 

Sin embargo, a los diez años llegó el golpe: se enteró de que el Challenger había estallado. “Mi mamá me sentó y me lo dijo especialmente, porque sabía que a mí me iba a afectar la situación”. Así, el espacio lo cautivó con algo más que asombro: lo llenó de preguntas, pues él mismo cuenta que investigó y revisó las noticias para comprender qué había ocurrido.

Eso se refleja ahora en la casa de Becerra, donde las preguntas no se responden, se desmontan, se inspeccionan, y se vuelven a armar. “Nosotros somos muy de método científico… incluso con los niños”, dice Jeice. Lo entendí con una anécdota que cuenta como si todavía le causara gracia. Le llegó una nota del colegio: su hijo había intentado entrar por una ventana. Leyó el papel, se rió, y pensó que lo primero era indagar, entender, preguntarle a su hijo: "¿Y tú qué piensas? ¿Qué viste? ¿Qué fue lo que pasó?” Es casi una forma de habitar el mundo: primero observar. Actuar después.

“Él es perseverante, eso también viene de cómo era de niño”,  dice ella sobre su esposo. Becerra solía bromear con que temía que sus hijos crecieran igual de inquietos que él. En esa broma se distingue un tono de intuición. Heredaron la tenacidad: tener hambre de actividad, de mundo, de vida. “Cuando vemos eso en los niños, nosotros nada más nos miramos y sonreímos”, cuenta Jeice. 

Con esa misma obstinación construyeron su vida. Durante años caminaron frente a vitrinas mirando cosas que aún no podían pagar. “No importa —se decían—, vamos a seguir ahorrando hasta que nos alcance”. Así fue con la casa. Durante casi dos décadas la imaginaron, sin que existiera todavía, y siempre aparecía con una terracita. Cuando el constructor les comentó que solo había suficiente tiempo para terminar las puertas o la terraza, ellos respondieron: “preferimos que no haya puertas, pero la terraza tiene que estar”. No era impulsividad. Era la terquedad compartida por un sueño del que no estaban dispuestos a desistir. 
 

La casa de Jairo por la noche. Fotografía: Catalina Lleras.

 

Becerra tiene dos hijos, Eric y Tabata. “Papá tiene tres partes —explica su hijo—, la cabeza, para pensar; la barriga, donde guarda todos los sentimientos; y las rodillas, donde nos empuja para continuar nuestro camino". Y en esa curiosa anatomía aparece, quizás, su retrato más preciso.

El asombro deja huella

Becerra nació en Bucaramanga. “Hice todo el bachillerato ahí y después estudié Derecho en la Universidad Autónoma de Bucaramanga”. Su camino, sin embargo, no fue lineal. Antes de hallar su pasión por el Derecho, había empezado a estudiar ingeniería mecánica en la Universidad de Los Andes. “Pero me di cuenta de que realmente no era lo mío”, recuerda. 

El giro que definió su futuro profesional llegó en octavo semestre cuando aprendió acerca de un campo que hasta entonces le era desconocido: el derecho aeroespacial. “Ahí dije: esta es mi área”, relata.  Desde ese momento orientó todo su trabajo hacia esto, empezando por su tesis y hasta hizo una práctica en la Oficina de Asuntos del Espacio Exterior de Naciones Unidas. 

Tras graduarse, decidió continuar su formación en Europa. “Hice todos mis estudios de posgrado en España: especialización, maestría y doctorado”. Entonces, descubrió un mundo poco común que, de algún modo, le permitía unir dos inquietudes que siempre habían estado presentes en su vida. “Es algo raro, sobre todo porque aparentemente son cosas muy distintas, pero precisamente eso fue lo que me llevó por ese camino”. 

Me resultaba extraño: ¿por qué habría decidido volver a Colombia cuando estudiar en Barcelona le había abierto las puertas para quedarse en países con mayor presencia en el ámbito aeroespacial? Ante la pregunta, sus ojos se achinaron ligeramente mientras una sonrisa tenue se asomaba en su rostro. Reconocí de inmediato el gesto de quien guarda una buena historia. 

Cuando comenzó a narrar, supe que algo en él se había desplazado. Su cuerpo permanecía en el estudio, pero por un instante pareció ausente, como si su mente hubiese regresado a aquella tarde en Barcelona cuando, caminando por la playa frente a su casa, le dijo a su esposa: 

—Vámonos un fin de semana a París.

Becerra me explica que, cuando es temporada baja, hacerlo es sorprendentemente sencillo. Los tiquetes se consiguen por una fracción de su precio habitual y se viaja de un día para otro. Pero la respuesta de ella cambió el rumbo de la conversación.

—Si pudiera irme a algún lado —le dijo— me iría de fin de semana a Colombia.

Ambos habían nacido ahí. Y en esa frase, tan simple como inesperada, empezó a insinuarse la idea de regresar.

Hoy, él es Director del Centro de Investigaciones Socio Jurídicas CISJUC de la Universidad Católica de Colombia, donde también ejerce como profesor de posgrado. 

De todos modos, esto no implicó que dejara de viajar, pues en foros internacionales, Becerra se ha hallado a sí mismo en conversaciones decisivas. Defendió la necesidad de repensar el Outer Space Treaty ante miembros de la Royal Society y la British Science Association. Además, en Sídney participó en una discusión sobre inteligencia artificial en el espacio, junto a representantes de Amazon, United Nations y la International Telecommunication Union. Su intervención provocó asentimientos y conversaciones que continuaron después del panel. Becerra narra estas escenas con el orgullo de quien sabe que está dejando una huella en el mundo. 

Seguir avanzando

“A medida que avanza, uno empieza a entender mejor el juego de la vida”, dice Jairo. Tal vez eso sea lo que antes llamaban madurez. Al principio muchas decisiones parecen casuales, pero luego el camino empieza a tomar forma. Aprendió a dejarse llevar, pues cuando todo empezó, jamás imaginó que terminaría en la Antártida. Venía de un recorrido estrictamente jurídico: desde el derecho TIC hasta la responsabilidad del Estado en el uso de la información. Así, encontró una puerta inesperada: la del Big Data. Quería entender cómo se tomaban las decisiones a partir de los datos y entonces, junto con Rodríguez, halló un caso de estudio: el cambio climático. 

En ese entonces no imaginaba las aventuras que lo esperaban al adentrarse en ese camino. Tampoco faltaron quienes dudaron de que llegaría lejos. “Dicen que soy muy soñador…me alcanzaron a hacer creer que era una debilidad.” Más tarde entendió algo curioso: su historia generaba una expectativa insaciable en los demás. “Cuente bien”, le decían, pues querían escuchar una historia heroica, esa en donde triunfa un intrépido explorador. “Esperaban un Indiana Jones … pero yo pongo cara de terror porque recordar eso me da miedo”, afirma Jairo.

No fue una épica hazaña, fue un recuerdo de la fragilidad humana. Lo entendí mientras Becerra narraba una escena cruda, casi incómoda. Él y un compañero bajaban del camarote del segundo piso cuando alguien dijo: “Los que puedan bajen y traigan comida”. Al llegar al comedor encontraron a un hombre tirado en el suelo. “Parecía muerto”, recuerda. Lo siguiente que oyeron por la radio fue: “cayó otro… cayó otro…”. Sin embargo, nadie dijo nada.“Con la mirada se dice todo, si se murió pues se murió, nosotros vamos para adelante”. Y es ahí donde entendí que no fue indiferencia, sino algo más primitivo: el instinto de supervivencia. Me pareció que Becerra tiene esa rara capacidad de mantener su mente en blanco para sobrevivir cuando el caos aprieta.

Entre más me contaba, el relato se sentía más pesado. Rodríguez pasó días acostado en su cama mientras comía manzanas. “Luego me enteré de que ni siquiera le gustan las manzanas”, explica Becerra. Al parecer, era lo único que no le hacía vomitar.

Esta historia no se desarrolló en un solo capítulo, pues requirió de varios intentos, como si el viaje mismo se negara a empezar. La primera vez, Becerra decidió detenerlo todo. La pandemia lo obligó a elegir entre los intereses profesionales y algo más difícil de sostener: la ética. En otra ocasión, una pasajera sufrió un accidente cruzando el paso de Drake, por lo que debieron regresar. 

Tuvieron éxito la segunda vez que partieron, pero fue la noche anterior cuando Becerra les comentó a sus hijos que volvería a la Antártida. Tabata, que recordaba el accidente del primer intento, entró en pánico. “Empezó a llorar”, recuerda él. “Y yo también estaba asustado de irme”. La pregunta que vino después cargaba con un peso inquietante, pues, confundida, su hija le preguntó: “¿Tú te vas porque quieres… o porque te toca?”

Tal vez fueron ambas cosas. Sin embargo, la mañana siguiente, antes de subir, él y Rodríguez permanecieron quietos. Observando el barco, se apoderó de ellos el miedo de la primera vez que intentaron el viaje. Entonces Becerra le dijo, casi en broma: “¿Qué pasa si decimos que el barco nos dejó?”. Ni el propio profesor parecía entender cómo había terminado allí otra vez, ni cómo se había dejado convencer de volver. 

A lo mejor se subieron a ese barco porque descubrieron algo que muchos no entienden jamás: la vida se vive como un juego. Y como en todo buen juego, hay solo una regla: seguir avanzando.

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